viernes, septiembre 01, 2023

Guillermo Rodríguez Rivera

 

Desde «Segunda cita»:

silvio dijo...

🎂 Hoy Guillermo Rodríguez Rivera cumple 80 años. Creo que aquí mismo dije que le conocí en el semanario Mella, a principios de los 60. La matemática de los años no falla: entonces él tendría 19 y yo 15. Por aquellos días no intercambiamos mucho, porque él iba a entregar sus colaboraciones periodísticas y yo le veía de lejos, desde mi mesa de dibujo. Empezamos a acercarnos después que me desmovilicé del ejército, en 1967, cuando ya Guillermo era jefe de redacción de El Caimán Barbudo y yo tuve que ir al periódico Juventud Rebelde, donde quedaba la sede del Caimán, a pedirle al director (Félix Sautié) que me diera una carta que garantizara que yo tenía empleo en la vida civil. Sin aquel documento no me daban la baja, aún cuando yo estaba pasado en tres meses de los tres años que marcaba la ley de servicio militar.

Sautié, como creo que también he contado, en unas horas me entregó la certificación. Por supuesto, esto implicaba mi compromiso de integrarme al departamento de dibujo del periódico. Pero aun así su solidario director, sabiendo que yo me estaba iniciando en la música, me dijo que me tomara el tiempo que necesitaba y que después decidiera.

El caso es que por aquella visita volví a encontrarme con Virgilio Martínez, con José Luis Posada, con Víctor Casaus y con Juan Ayús, que eran antiguos y muy apreciados compañeros del Mella; también conocí a Luis Rogelio Nogueras (El Rojo) y a Jesús Díaz, y tuve la oportunidad de empezar a intercambiar impresiones con el ya cultísimo Guillermo, a quien todo el mundo le decía “El Gordo”.

Mi comienzo en el –para mí– extrañísimo mundo de la televisión no fue errático y generó cierta respuesta de público y de prensa. Así que me fui quedando por allí, pensando que si aquello no resultaba podría volver a mis orígenes dibujantes. Paralelamente, el vínculo con los antiguos y nuevos compañeros del Caimán no sólo continuó, sino que se fue incrementando.

Víctor Casaus también trabajaba en el departamento de documentales de la televisión; aquella cercanía extra profundizó la amistad y empezamos a vernos cada noche en la recién inaugurada heladería de Coppelia, justo frente a los estudios del entonces Instituto Cubano de Radiodifusión (ICR). Allí se forjó el núcleo de amistad más fuerte que tuve al reincorporarme a la vida civil. Y en aquellas mesas de variados sabores, noche tras noche, gocé del imaginario de aquella generación a punto de egresar de la escuela de Letras, donde siempre brillaban las observaciones, bromas, referencias e invenciones de Guillermo Rodríguez Rivera.

Guillermo, como bien dice Jorge Fuentes, era un conocedor y cultivador de la canción. Disfrutaba ese mundo por tradición y pensaba en él. Recuerdo que, en una de las primeras conversaciones que tuvimos, me hizo una observación de trabajo que me resultó reveladora. Me preguntó si me estaba proponiendo incrementar el léxico en las canciones, porque veía que yo usaba palabras que habitualmente no se cantaban. Seguidamente empezó a improvisar un inventario ideal de voces como zapato, travesaño, punzón, cartílago y otras muchas que, según aseguraba, sería muy bueno decir cantando.

Sinceramente, yo no me había dado mucha cuenta de aquello; y tal conversación me hizo tomar consciencia de algo que hacía naturalmente, porque leyendo uno adquiere cierta riqueza literaria y después usa aquellos lenguajes que se le hacen familiares. Tanto me tocó aquello que recuerdo que, durante algún tiempo, cada vez que hacía una canción, la revisaba, comprobando si había incluido o no nuevas palabras.

Conste mi aprecio afectuoso y sin fin al “columnista” Guillermo que, por su artrosis, podría acumular grasa corpórea, pero nunca pensando.

21 de agosto de 2023, 5:57

Para leer más 🤓👇:
https://segundacita.blogspot.com/2023/08/pasaron-los-anos.html?m=1



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