miércoles, septiembre 24, 2025

Silvio Rodríguez: canto de soberanía y dignidad viva

 

Silvio Rodriguez en el Auditorio Municipal Villa de Vallecas, Youtube.

Así lo anunció hace unos días en sus redes sociales; su próxima gira por América Latina comenzaría en Cuba, en la escalinata de la Universidad de La Habana

María Teresa Felipe Sosa 22/09/25 |

Actualizado: 22/09/25 | 13:15

El concierto que trascendió la música

A las siete en punto de la noche del pasado 19 de septiembre, en la emblemática escalinata de la Universidad de la Habana, la voz de Silvio abrió con Alas de colibrí. La nostalgia y la poesía se entrelazaron de inmediato, devolviendo a los allí presentes, la certeza de que el tiempo puede suspenderse cuando las canciones tocan fibras profundas. Quienes estuvieron allí dicen que revivieron los años de la Nueva Trova, con la misma pasión y la misma intensidad. Ser testigos de que uno de los pilares vivos de aquel movimiento, aún compartiera su canto, es un privilegio que pocos pueblos pueden darse.

Incluso el presidente de Cuba asistió, diluido entre la multitud como un cubano más. Ese detalle, aparentemente menor, revela el carácter profundamente popular del concierto; ni tribuna oficial ni acto ceremonial, sino pueblo fundido en canción.

Dicen que Silvio, antes de empezar, levantó su cámara para guardar en una imagen a la multitud que lo esperaba, jóvenes en su mayoría. Luego se acomodó en su silla, y con apenas los primeros acordes de su guitarra, nos recordó que todavía se puede amar a esta isla, con todos sus defectos.

Uno de los asistentes relató que, desde el inicio, Silvio habló de los ausentes en el concierto, refiriéndose a los tres trovadores inmensos que fueron Noel Nicola, Vicente Feliú y Pablo Milanés, que ya no están, y a los que rindió homenaje con sus canciones más emblemáticas.

Lo afirmo con orgullo, lo que ocurrió, el pasado viernes en Cuba, trasciende lo musical para erigirse como el acontecimiento cultural más significativo de la Cuba de los últimos años

El trovador compartió piezas de su más reciente disco Quería saber, entre ellas Botar el sofá, .Nuestro después y Viene la cosa, canciones de una contundente crítica social y política. Más tarde, en complicidad con el pueblo, regaló algunos de sus himnos eternos: El necio, con esa estrofa que tantas veces se ha convertido en declaración de vida —“la necedad de vivir sin tener precio”—; Ángel para un final, el más terrible y feroz de sus cantos; la imprescindible Ojalá; La era está pariendo un corazón; para despedirse con un Venga la esperanza sin importar que venga del pasado siglo o del actual.

La ética irreductible de Silvio

Y es que la singularidad de Silvio Rodríguez reside en una tríada ética irreductible. La coherencia como brújula, la dignidad como destino, la lealtad como fuerza vital.

Cuba ha parido gigantes, sí,pero la trayectoria de Silvio es la de permanecer siempre. Frente a la diáspora fácil o el silencio cómplice, él optó por la resistencia. Cargó, y carga aún, con el peso de la utopía—el dolor y la esperanza de su pueblo—, transformando su obra más allá del arte, en un proyecto político y moral. Y lo poderoso es que logra instaurarse en una fidelidad que no es la de la sumisión, es la de una obstinación luminosa que engrandece su figura hasta lo simbólico.

El acontecimiento cultural de la Cuba actual

Lo afirmo con orgullo, lo que ocurrió, el pasado viernes en Cuba, trasciende lo musical para erigirse como el acontecimiento cultural más significativo de la Cuba de los últimos años.

 Y su trascendencia y belleza radica en su poder de convocatoria unificadora. Logró lo que parecía una quimera en estos tiempos de fractura; aglutinar, en un mismo canto, a la Cuba múltiple, a la Cuba de todos los colores y credos. Él fue el catalizador. En su figura—necia, irreductible, fidelista— se condensa la ética de la no renuncia. En su voz habita la columna vertebral moral de la Revolución, la impronta de Fidel Castro, la convicción de que la soberanía no es una opción, es la condición indispensable para un mañana viable y entonces, lo más sublime, el cierre. Tras el agradecimiento del trovador, la respuesta orgánica del pueblo. Esas voces alzadas en un coro unánime—"Gracias, Silvio"— fue el instante en que la historia devino eufonía. Fue el pueblo, en su totalidad, erigido en canción.

El fracaso de la contrarrevolución

Por eso incomoda. La contrarrevolución esperaba otro desenlace. Un Silvio crítico hasta la ruptura, un trovador que abjurara de su historia, un símbolo fracturado que pudieran ondear como bandera. Pero lo que vieron fue distinto; fue un pueblo cantando con su poeta, acompañado incluso por el presidente, su esposa y sus hijos, integrados como uno más en el público. Ese gesto desarma.

Incapaces de aceptar la verdad, fabricaron la mentira: que fue un mal concierto, que Silvio ya no es referente moral ni artístico. Sin embargo, las imágenes y testimonios los contradicen; miles de jóvenes cantando, llorando, estremecidos.

Uno de esos testimonios basta para desmontar cualquier calumnia:

“Llegué casi a la hora de comenzar y estaba bien atrás. Me ericé cuando empezó leyendo a José Julián (José Martí), el Héroe Nacional de Cuba. Disfruté de la emoción de los que estaban a mi lado. Canté Yolanda completa. Aguanté las lágrimas hasta Ángel para el final. Grité para que tocara Ojalá. Lo sentí muy cerca cuando dijo: ‘Los de lejos se sienten cerca’. Puedo contar tantas cosas… ustedes no me entenderían”.

Ese “no me entenderían” define el abismo, los detractores nunca podrán comprender lo que significa que un pueblo entero se funda en canto, emoción y dignidad compartida.

Canto de soberanía

A Silvio, se le cuestiona con ligereza, por su cercanía al proceso revolucionario liderado por Fidel, siendo constantemente foco de crítica por parte de quienes no han podido ni querido comprenderlo en toda su complejidad. Silvio es ese, sí; pero también es el trovador que ha llevado su música a prisiones de toda Cuba, que ha ofrecido cientos de conciertos en barrios periféricos. Lo siguen quienes nacieron décadas después de sus primeras canciones, en contextos radicalmente distintos, pero que reconocen esa coherencia rara de encontrar en sus canciones sus vivencias actuales.

La semilla de Silvio—de ideas, de guitarra y de patria— echó raíces hace décadas. Hoy florece en canciones que acompañan luchas, sostienen esperanzas y dan sombra a generaciones enteras

Silvio incomoda, y quizás ahí radique su mayor valor. No ha sido complaciente con nadie. No canta para agradar, sino para expresar una verdad que a veces duele, otras reconcilian, pero siempre invita a pensar. Demonizarlo dice más de quienes lo atacan que del propio trovador.

La contrarrevolución puede enfadarse, mentir o despreciar. Nosotros, mientras tanto, seguiremos cantando. Y dentro de unos días, cuando Silvio recorra Sudamérica y llene plazas y teatros con la misma pasión, quedará demostrado una vez más, el trovador de Cuba sigue siendo lo que siempre fue para los pueblos.

Grandeza auténtica. Dignidad viva.

La semilla de Silvio—de ideas, de guitarra y de patria— echó raíces hace décadas. Hoy florece en canciones que acompañan luchas, sostienen esperanzas y dan sombra a generaciones enteras.

A Silvio lo quiere mucha gente dentro y fuera de Cuba. Porque es la encarnación sonora de un proyecto de país. Porque su canto es, en sí mismo, un acto de soberanía. Gracias por eso

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