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viernes, julio 26, 2024

La historia de amor de Mario Benedetti y Luz López llega al cine


El documental “Benedetti: sesenta años con Luz”, estrenado en España, México y Brasil, revela una desconocida faceta de la vida del escritor uruguayo: su esposa, compañera y también, mecenas.



📽️El filme reconstruye los sesenta años de relación del escritor y su mujer, mediante entrevistas, documentos inéditos y testimonios de amigos de la pareja, entre ellos los de los cantautores cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés o el expresidente uruguayo José Mujica.


La relación, como sacada de “esos cuentos de hadas entre adolescentes que son vecinos, entre una casa y la otra”, estuvo marcada desde sus inicios por un “encanto mágico”, explicó el director del documental, Andrés Varela.


En el documental "Benedetti: 60 años con Luz" se profundiza sobre los efectos que el Alzheimer de su esposa tuvieron en el célebre autor

Mario y Luz se conocieron siendo adolescentes por mediación de sus padres, un bioquímico y un rentista que habían trabado amistad gracias a su afición compartida por el arte. “Mario entra en la familia de Luz y genera un lugar de comodidad, como amigo primero y como pareja después”, indica Varela, que cree que Luz estimuló la “curiosidad” del escritor, que tuvo que dejar la escuela a los 14 años para ayudar económicamente a su familia, pero siempre fue un gran autodidacta.


📚Además de ser su mayor inspiración -le dedicó cerca de cuarenta obras-, Luz ejerció desde el inicio de la relación como el gran apoyo económico, literario y vital de Benedetti: una labor que, con el éxito de crítica y ventas a partir de los años cincuenta, no hizo sino intensificarse.


“Cuando Mario encuentra el reconocimiento hay un gesto de generosidad muy grande por parte de Luz, que resigna parte de su vida a acompañar a Mario. Nunca tuvo la pretensión de ser una artista reconocida ni de vivir de eso, pero resigna sus posibilidades artísticas para acompañarlo de forma leal”, asegura el director.


El documental muestra la faceta más íntima del gran autor uruguayo.

La película detalla cómo, a menudo, el sueldo que Luz percibía como funcionaria aduanera era el único sustento económico de Benedetti, que entre 1973 y 1985 estuvo exiliado hasta en cuatro países distintos -Argentina, Perú, Cuba y España- ante las amenazas de la dictadura cívico-militar uruguaya.


El escritor y su mujer permanecieron separados la mayor parte de ese tiempo, una situación aún más difícil por la avanzada edad de las madres de ambos, de las que Luz tuvo que hacerse cargo ella sola ante la ausencia forzada de su esposo.


El regreso de la democracia a Uruguay fue también el de Benedetti, que acordó con Luz que a partir de ese momento pasarían medio año en Montevideo y medio año en Madrid. Este arreglo se mantuvo durante cerca de dos décadas y sólo se rompió cuando a Luz le diagnosticaron alzheimer, una enfermedad que se cebó con su memoria y que Benedetti vivió como una “tragedia”.


Aunque Mario Benedetti estuvo casado con Luz López por seis décadas

“Cuando la muerte lleva consigo el olvido de la persona que amas y que estás devotamente acompañando frente a sus últimos momentos y esa persona no sabe quién sos… Y fue la persona que te acompañó durante toda tu vida y de repente vos acompañas eso… Creo que Mario no estaba preparado para eso”, resume Varela.


Luz falleció en 2006 -tres años antes que Mario-, pero su influencia “gigantesca y definitiva” aún vive en la narrativa de Benedetti y, por extensión, en la literatura universal y en los corazones de millones de lectores en todo el mundo.


Fuente: EFE

Por

Carlos Caselles Calle

martes, mayo 26, 2009

En memoria de Mario Benedetti

Por muchas razones, y hasta sinrazones, Silvio Rodríguez es un cantante fuera de serie. Cofundador, con Pablo Milanés, Noel Nicola, Vicente Feliú, Eduardo Ramos, Sergio Vitier (y aunque nadie sabe quién la bautizó así) de la Nueva Trova, ha aportado su indudable prestigio a un movimiento que revitalizó la canción cubana y la catapultó en el plano internacional. No obstante, aún dentro de un núcleo tan fermental, con el que siempre se sintió plenamente identificado, Silvio es un talante inconfundible.


Curiosamente, su voz no es cálida ni grave ni particularmente seductora, sino más bien aguda, de un timbre casi metálico y sin embargo frágil. Al escucharlo, uno llega a temer que en cualquier momento se le quiebre, y ese riesgo ( que en su caso no es deliberadamente buscado sino más bien lo asume como algo irremediable) también forma parte de su extraño atractivo. Con características que en cualquier otro cantante serían anticarismáticas, Silvio funda precisamente su carisma. Quizá el secreto resida en que siempre transmite una gran sinceridad, una honestidad a toda prueba, un no aparentar lo que no es, y, en estos tiempos de famas prefabricadas, de engendros de la machacona y mistificadora publicidad, esa actitud, a la que el público accede sin intermediarios, significa una bocanada de aire fresco en un ámbito, como el del espectáculo, por lo común tan especulativo como artificial.






Salvo en casos excepcionales, Silvio es autor de la letra y la música de sus canciones. Como en los ejemplos de Pablo Milanés, Chico Buarque. Viglietti, Serrat, Aute y no muchos más, esa doble autoría otorga a sus producciones una unidad esencial. Sean o no el resultado de un desarrollo paralelo, letra y música aparecen como gemelas (jimaguas, diría en Cuba), copartícipes en el acto de la parición. Fundamentalmente, las letras de Silvio, sobre todo las que crea a partir de una duramente adquirida madurez, tienen un nivel textual tan afortunado que (algo no demasiado frecuente en los cantores populares) conservan su validez política aun sin el básico soporte de la música. Alguna vez he sostenido, y su trayectoria posterior corrobora ni diagnóstico marginal, que Silvio es un poeta que canta, y más aun: que es uno de los poetas más talentosos de su generación.






Siempre recordaré como conocí a Silvio y a Pablo en La Habana, allá por el año 1966. Era mi primera visita a Cuba. Unos amigos me habían invitado a cenar en su casa y me anunciaron que más tarde vendrían dos cantantes muy jóvenes, todavía casi desconocidos. Por fin llegaron con sus guitarras y cantaron cinco o seis canciones cada uno. Tuve la rara sensación de que asistía a un viraje importante de la canción cubana: por un lado estaba presente la tradición trovadoresca, y por el otro una propuesta asombrosamente innovadora, que transformaba, enriqueciéndolos, los ritmos heredados e insertaba en las letras un sentido tan comunicativo como el de la poesía conversacional, entonces en pleno desarrollo en América Latina. Varios años después, escuchándolos de nuevo en textos y música de más rigurosa factura, les pedí que cantaran aquellas letras primigenias que les había escuchado en el 66. Pero no las recordaban. Lo cierto es que en ese lapso habían creado tan frenéticamente nuevos cantos, que aquellos iniciales, tan importantes para mí, habían sido cubiertos por su propio olvido.






Este libro de Joseba Sanz tiene un valor inapreciable: inserta la obra del cantante en su vida, las sigue a ambas paso a paso, estrofa a estrofa. No es sólo una cronología ampliada, sino un curriculum espiritual, una efemérides de estado de ánimo. Por primera vez el oyente de Silvio podrá aquilatar no sólo una ruta artística sino también un recorrido vital. Podrá comprobar así que el mayor compromiso (palabra hoy tan subestimada por la dejadez postmodernista) de Silvio es con la vida, a la que no canta de lejos sino metida en ella hasta en los tuétanos. Participando en la campaña de alfabetización, embarcando hasta África en el barco pesquero Playa Girón, empuñando un fusil para defender su Revolución, arriesgando su vida en Angola, cantándole al amor desde el amor, aprendiendo a tratar de igual a igual a las mujeres de su vida, creciendo con sus hijos, la trayectoria de Silvio es el hilo conductor de su canto, y cuando los públicos, leales y fervientes, de cualquiera de los tres mundos, lo aplauden con denuedo y naturalidad, no sólo están premiando su arte, también su coherencia, su fidelidad a la Revolución y a sí mismo, su capacidad de trabajo y su rigor, su calidad humana.


Silvio nunca será un mito; no viaja con su pedestal a cuestas. Sus públicos lo saben y tal vez por eso lo tratan como a un querido y sencillo compañero, que les canta y les dice las felicidades y las desdichas que ellos también quisieran cantar y decir tan entrañablemente como él.
Mario Benedetti
Tomado de: Joseba Sanz, Silvio, Memoria Trovada de una Revolución, Editorial Txalaparta, Navarra

lunes, enero 05, 2009

Silvio y Benedetti

Colabora Silvio Rodríguez con biografía de Mario Benedetti



LA HABANA 16 de diciembre.— El cantante y compositor cubano Silvio Rodríguez es uno de los colaboradores en la edición de la obra biográfica Mario Benedetti: un mito discretísimo, de la autora uruguaya Hortensia Campanella.



La obra dedicada rememora los años en el Colegio Alemán de Montevideo, vivencias junto a su compañera durante 60 años de matrimonio, la participación en la revista Marcha y la militancia en el Movimiento 26 de Marzo en la década de 1970.



Campanella explicó a la agencia EFE que el título de la publicación alude a un poema que el propio Benedetti dedica a Montevideo.



Entre las personalidades que colaboraron en esta obra destacan el propio Benedetti, quien aportó documentos y fotografías de su álbum familiar, los escritores Eduardo Galeano y Manuel Vázquez Montalbán; los políticos uruguayos Felipe y Rafael Michelini, y el cantante español Joan Manuel Serrat.



Después de ser exiliado de su natal Uruguay, Benedetti residió en Argentina, Perú, Madrid y en Cuba, donde se reincorporó al Consejo de Dirección de Casa de las Américas.
El Consejo de Estado de la Isla lo condecoró en 1982 con la Orden Félix Varela; en 1989 con la Medalla Haydeé Santamaría, y en diciembre de 1997 la Universidad de La Habana lo distinguió con el título Doctor Honoris Causa.



El periodismo, los ensayos literarios y políticos, la novela, los cuentos y el teatro constituyen los géneros cultivados por el autor de libros como La tregua (1960), Gracias por el fuego (1974) y —el más reciente— Biografía para encontrarme (2008). (AIN)