Madrugada de este 12 de febrero de 2025 acaba de partir Sosa, otra madrugada, otro 12 de febrero de 2014 partió Santiaguito. Las madrugadas son para trovar, no para morir.
Ni Santiago Feliú ni Eduardo Sosa se han ido a otra parte que no sea a nosotros mismos. Los medios sacarán el duelo, se inundarán las redes, nos toca que no sean noticia, que sus esencias que están en un puñado de recuerdos, pero sobre todo en sus canciones, sean réplicas incesantes y crecientes de cataclismos. No por ellos, no solo por ellos, si no por todos; porque esas canciones son necesarias para afincarse a la tierra, para hacer el amor como un acto poético, para vivir creciendo. Santi y Sosa no van a morir, podemos morir nosotros si nos dejamos vivir sin ellos.
Cuando pasa esa dura de saber que se ha ido un viejo amigo uno busca la punta de esa amistad; No puedo precisar pero las primeras historias son de los 90, Sosa y Ernesto eran Postrova, y Palomino el rey de las charlas, su representante. Sacamos una entrevista en Somos Jóvenes, rodamos habanas cuando vinieron como los Matamoros desde el oriente, me hicieron bromas anti industrialistas tras aquel play off en que la Planadora santiaguera nos aplastó en el juego 7. Rodamos “cafetines” descargando.
Sosa es un santiaguero de pura cepa, por su manera de ser... abierto, sincero –sin darte vueltas y tajante- el trovador directamente heredero de la “vieja” trova del oriente. De gran cultura, podía estar horas disertando sobre diversos aristas de la historia o cultura cubanas sin que decaiga la atención. Y de la trova, y de Santiago... para qué. Analítico agudo de la situación del país, por el que siempre andaba entregado y ocupado; martiano, fidelista.
Tengo además ese gozo supremo de tener grabada su versión de “Te vi pasar”, en el disco La voz del Diablo Ilustrado, con un sabor trovadoresco sublime, todo nostálgica ternura. Es una canción que compuse inspirada en Ernesto Rancaño, un día en su estudio observándolo pintar, crear y musitando el amor.
Te vi pasar como algo que no fue
como si no dejaras nada atrás,
pero nadie está libre de su ayer:
somos lo que hemos sido en los demás.
En el 2003, por el 150 aniversario del natalicio de José Martí, la Asociación Hermanos Saíz convocó a trovadores para hacer un disco con textos musicalizados del Maestro. Asistía a casi todas las sesiones de grabaciones imantadas por los misterios de un estudio. El productor era Emilio Vega. Yo estaba escribiendo los textos para el libro Confesiones y un capítulo serían las impresiones de esas noches madrugadas en los legendarios Estudios de la EGREM de San Miguel.
Mi recuerdo cardenal de Eduardo Sosa, es el momento de verlo Texto grabar a Martí, obra realmente estremecedora. Aquí el fragmento de ese capítulo, en brindis por la eternidad de mi compañía... por esta vez no digo Industriales (como siempre que nos veíamos) sino Santiago campeón.
(Fragmento)
Hasta ese momento todo parecía un juego creativo, una mecánica divertida, que daría un buen disco gracias a (como suele decirse en el mercado discográfico (las habilidades de músicos competentes. En ese preciso instante, sentí que Emilio le daba un punto de giro a lo que hacía y me develaría el trasfondo dramático: la prueba de que no estaba asumiendo un trabajo más y que, detrás del entusiasmo contagioso, estaba el creador debatiéndose entre la duda y la esperanza de todo el que aspira a tocar las nubes (o, a los seres humanos, desde un concepto de arte osado). Se quedó pensativo, reposado en su taburete, con las manos detrás de la nuca, como respirando la atmósfera para que el olfato le dijera si era el momento. Se echó hacia adelante, dio un resoplido, una fuerte palmada y: —¡Vamos a meterle
! set pidiendo una silla:
—Voy a ponerla sentada; Por vez primera, quiero hacerlo como cuando tengo la guitarra entre las piernas.
Se dio un trago y pidió repasar tres veces para ir calentando la voz: (Vamos, esta es la que vale.
Vierte, corazón tu pena
Donde no se llegue a ver.
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.
Aquella confesión brotaba como una brisa con acento de mar, como un amigo que nos tira el brazo por el hombro invitándonos a la dicha de entregarnos abiertamente, en la más plena pureza. El silencio en la cabina se ensanchaba. Sólo las miradas, intercambiadas fugazmente, hablaban de una cofradía espiritual.
Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.
Ahora arrullaba dialogando con el verso sujeto. Empezaba a flotar un tremendismo como de padre que mece a la única huella que dejará sobre la tierra. La música pasaba a un segundo aire, como una ola que abandona su niñez. El bombo marcaba un nuevo peldaño hacia la intensidad.
Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, conscientes
En enturbiar tus corrientes
Con cuanto me agobia el alma.
Como en la socorrida secuencia del cine hollywoodense, nos fuimos parando todos —hasta el propio grabador—, y acercándonos a Emilio como para apoyarlo, para reafirmarle: “estamos contigo”, mientras él estiraba los brazos hacia sus lados pidiendo desde el gesto que no se moviera nadie.
Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.
Sosa saltaba en su silla, sacaba ahora un torrente de voz que se elevaba endemoniado: desgarramiento puro, como poseído por el sufrimiento del Poeta. Si había algún fallo, se podía perfectamente parar y empezar de arriba o editar; pero había un pavor generalizado ante la posibilidad de que la voz se quebrara, surgiera un ruido o se le escapara una palabra; un misterio sin lógica aparente nos situaba al borde de un abismo: como si fuese imprescindible que aquel joven cerrara ese tema abofeteando todo imposible, como si fuese de vida o muerte un remate ciclónico; como si se librara en su voz un combate total contra las tinieblas del arte, de la historia, de la vida. Vino el respiro de un fraseo y la arremetida final donde la utopía que habíamos puesto en el disco entraba al sendero de otra más abarcadora: la de todos los pobres de esta tierra:
¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!
Hubo aplausos y abrazos. Sardiñas, a mi lado, se llevó las manos a la cabeza y sintetizó con un seco: “¡Coñó!” Yo tuve un nudo en la garganta hasta que abracé a Sosa: “¡Así se canta, cojones!” Emilio, se había apartado hacia un rincón: aquel mulato ambientaloso, alto y fuerte como una muralla, había sacado su pañuelo y no quería que lo vieran secándose el rostro. Pero era el padre de la criatura y se vio sorprendido por todos; él, que no hacía concesiones ante nada ni nadie, se vio obligado a hacerla ante su machismo. No obstante, trató de suavizar: —Este cabrón me ha hecho llorar.
Un año ya... y sigues entre nosotros; hoy se te canta en la "Trova sin traba" de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba - UNEAC donde eras vicepresidente. Y yo puedo volver a escribir estas palabras que te dediqué entonces. El vacío siempre estará repleto de música y de tu inigualable voz que "a mí me gusta compay":
Al “nagüito” lo va a extrañar Cuba. Es de los artistas elegidos que se han robado el corazón del pueblo. Y no hay más explicación para ese amor desbordado: entender a Eduardo Sosa Laurencio como un cantor que nunca renegó de sus orígenes. Andaba por el mundo sin arreboles, de cubano sencillo y orgullosamente pueblerino, pero todos sabemos que pocas veces le crecen a la nación artistas de su calibre.
Si ha habido en la contemporaneidad un cultor de las tradiciones musicales patrias, ahí está como el primero Sosa. Y si ha existido en nuestros días un trovador de pura cepa, bien pegadito a la guitarra y al cancionero mayor que nos identifica, él germina como referente inexcusable. Desde Tumba Siete en el lomerío oriental, bajó a los llanos con la influencia de Sindo Garay hasta los tuétanos y los guateques guajiros en la memoria con la cual recreaba sonoridades y melodías.
Lo descubrimos en los noventa cuando se hizo a la luz con el Dúo Postrova para luego de cinco años en dueto iniciar en solitario una prodigiosa carrera que lo llevó a actuar con los más notables músicos de Cuba y en muy diversos escenarios del mundo. Su voz clara, potente y melodiosa, de una afinación envidiable, nos devolvió el frescor de las lomas, el verdor de las palmas, el rocío mañanero de las montañas con el canto de aves que despiertan al alba.
Atravesamos el país en un largo viaje y llegamos a Guantánamo, donde soñamos y rogamos, como todos los cubanos, poder volverle a escuchar en el divertimento junto a Pepe Ordás, porque “a mí me gusta compay vivir aquí donde vivo”. Quienes le acompañaron en sus últimas actuaciones en el lomerío guantanamero, describen su alegría en medio de los rigores de la Cruzada Teatral. Con el grupo de artistas que, en su palmaria vocación de servicio, apuestan por brindar sus creaciones a los pobladores de esos intrincados parajes rurales, gozó la dicha de seguir siendo uno más entre sus iguales, rodeado del amor de quienes llegaban agradecidos a escucharle.
Sosa, nos rondan los poemas de José Martí que supiste cantar de modo sublime y en ellos intentamos encontrar una respuesta a tu vida breve y de suma utilidad. Vuelve como grácil cinquillo la reflexión eterna de la existencia humana, entre la vida y la muerte: “Verso, nos hablan de un Dios a donde van los difuntos. Verso, o nos condenan juntos, o nos salvamos los dos”. Y nos dice el Apóstol en su eterna sabiduría: “Vierte, corazón, tu pena donde no se llegue a ver” porque tu vida Sosa, en martiana procesión “así se encamina/ Al cielo limpia y serena.”
Silvio, mira la foto que acabo de encontrar, que no recordaba haber tomado. Eduardo Sosa dándote en el Centro Pablo su disco, donde tú cantas con él su canción Era miel. Enero de 2008.
Del carajo, hermano. Abrazo inmenso. Se te quiere.
Kaloián
Era miel.
AMIGOS QUE SE ME VAN
“Cuando un amigo se va”
cantaba Alberto Cortés.
Y ahora soy yo: cada mes
un nuevo amigo no está.
No sé qué puedo hacer ya.
En mi terruño, tan mío,
tan de palmera y bohío,
otro amigo se me ha muerto.
Y tiene razón Alberto:
“Queda un espacio vacío”.
Se me están muriendo amigos:
Paquita, Ireno, Oliver.
Trozos del mejor ayer.
De mis sonrisas, testigos.
Voy desanudando ombligos
como un triste cirujano.
No sé qué hacer con la mano
con la que antes saludaba.
Ya nada está donde estaba.
Quiero ser feliz en vano.
Se me está muriendo gente
que debería estar viva.
Gente buena. Creativa.
Sensible e inteligente.
Sigfredo Ariel (de repente).
David Lenker (sin aviso).
Diana Lío (sin permiso).
Pompillo (sin anunciarlo).
Y yo no puedo evitarlo:
tiro el corazón al piso.
Es como si se cerrase
un capítulo, una etapa.
Como si de un viejo mapa
más de un país se borrase.
Es como si me faltase
aire para respirar.
Ya no están. No van a estar.
Es más gris cada mañana.
La Habana es menos Habana.
Lagrimales con pleamar.
Y ahora Eduardo Sosa, el Gordo,
el guajiro, el trovador.
Muerte, para, por favor.
Silencio, basta, hazte el sordo.
Eduardo Sosa va a bordo
del último vuelo. Adiós.
Escenarios y platós
visten de negros crespones.
Pero quedan tus canciones.
Y tu sonrisa. Y tu voz.
Se van amigos, a diario.
Algunos sin despedirse.
¿Así será siempre? ¿Irse?,
¿bajarse del escenario
dejando este innecesario
sabor a muerte detrás?
Es la edad. Tiempo a compás.
Cuerpo bajando peldaños.
Es la vida. Son los años.
Juventud, descansa en paz.
Alexis Díaz Pimienta
____________________
LA PATRIA LE ENTRÓ CON SINDO GARAY*
Por Jorge Fuentes
Si bien casi todos los trovadores cubanos participan o han participado, de actos públicos y fiestas revolucionarias, Sosa era el que más se parecía a los que surgieron en los años 60 y luego fundaron el Movimiento de la Nueva Trova. Como venía de Oriente, era grande su conocimiento de la Trova tradicional que allí tiene su espacio y su corazón. No dejó nunca de cantarla. En eso se parecía a su coterráneo "Chispa", a quien se recuerda poco y del que tengo, clavado en mi memoria, aquel verso: "tomeguín del cantar del tiempo, cántaro azul". Se parecía, porque como dice la gente ahora, "no se creía cosas", teniendo sin embargo un timbre privilegiado y una afinación admirable. Tocaba la guitarra tan bien, como que cubría las necesidades de su canto y soltaba sus dos manos, con naturalidad ejemplar, cuando acompañaba a otros. Sosa, como los trovadores de los sesenta, o con ellos, había descubierto el deber de cantar. Eso viene de muy lejos, del juglar y la canción trovadoresca. Era un hombre de tradición y en Cuba la tradición siempre ha hecho grandes a los artistas que la salvan. La patria le entró con Sindo Garay y todos aquellos que le pusieron música a este país, en medio de nuestras luchas por la libertad. Es por estas y muchas otras razones que Eduardo Sosa, ha tenido todos estos días al país expectante. Es por eso que la noticia rotunda ha puesto a llorar a un pueblo. Ha muerto el trovador que cantaba en las esquinas y en las plazas. En las casas de los amigos y los grandes teatros, a la patria y las mujeres hermosas que también son la patria. No lo volveremos a ver, pero su voz seguirá cantando. Y acaso vuelva.
a la Cumbre de los Pueblos en Mar del Plata, Argentina, en noviembre de 2005, que significó la paletada a la tumba del proyecto imperialista del ALCA. Su voz y su guitarra se oyeron junto al clamor de los representantes de los pueblos de nuestro continente. En el avión le tomé esta foto en la que aparece también Omar Valiño, actual director de la Biblioteca Nacional de Cuba
Habana-. La muerte del cantautor Eduardo Sosa conmociona hoy al pueblo de Cuba ante la partida de uno de los principales exponentes de la música tradicional y un representante del trabajo comunitario.
La obra de Sosa deja una huella significativa en la escena cultural de la nación caribeña por su calidad musical y capacidad para trasmitir mensajes profundos, muestra de ello fue la preocupación reciente de la comunidad artística y sus seguidores por su estado salud.
Guitarra en mano y con un estilo auténtico conquistó al público de la isla durante sus más de 20 años de carrera artística, pero su obra trasciende lo musical, pues también fue un defensor activo de proyectos comunitarios y trabajó intensamente para llevar el arte a los lugares más intrincados del país.
El artista demostró su compromiso con la comunidad al ser elegido por primera vez como diputado de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba (ANPP) en el 2023.
“Yo no me veo como trovador en la ANPP, me veo como ciudadano, que tiene sus inconformidades y sus alegrías, y tengo la intención de hacer mi trabajo de forma transparente para que las cosas mejoren”, aseguró a Prensa Latina previo a los comicios generales de ese año.
Como representante del capitalino municipio de 10 de Octubre confesó el temor lógico de asumir por primera vez una responsabilidad tan cardinal y en especial en un contexto económico nacional e internacional convulso.
Sin embargo, aceptó este reto con valentía, coherencia y transparencia para poder presentar ante el órgano legislativo las principales inquietudes de la población y buscar las mejores soluciones posibles.
Consiente del complejo escenario de Cuba y recordando sus raíces como pedagogo, fue un fiel defensor de mejorar los diálogos y debates entre los parlamentarios y los ciudadanos para que comprendiesen mejor cada una de las decisiones gubernamentales.
Trovador, hombre de barrio, diputado y, sobretodo, cubano, son cualidades que no se pueden desligar al hablar de Eduardo Sosa, de ahí que él mismo describiese su labor como parlamentario con estos versos del héroe nacional, José Martí: Verso, nos hablan de un Dios/A dónde van los difuntos/Verso, o nos condenan juntos/O nos salvamos los dos.
Amarga es siempre la noticia del deceso de un hombre joven; y si a ello se suma el hecho de haber sido un cantor talentoso, querido y respetado por el público y sus allegados…
No tuvimos una relación cercana, pero coincidimos varias veces en eventos nacionales: siempre muy cariñoso y ameno. En su repertorio diverso —donde mezclaba temas de su autoría con obras de trovadores coetáneos y tradicionales— pude escucharlo entonar excelentemente «Si no fuera por ti», una canción de mi autoría. Un trovador arraigado en la tradición y abierto a la contemporaneidad. Kaloian Santos me refrescó que una vez el bardo me entrevistó en el marco de las «Romerías de Mayo», en Holguín, en el espacio «Destrabando la trova» —una experiencia muy hermosa y atrevida.
Lamento sinceramente su temprana desaparición física, aunque sé que vivirá en el recuerdo cariñoso del pueblo y sus afectos.
Siempre el momento de la partida es doloroso, ya sea porque nos vamos sin avisar o porque nos mantenemos en una angustiosa pausa de espera antes de iniciar el viaje, pero todos sabemos cuál será el desenlace final. Y realmente, duele mucho porque no te tocaba todavía. Eras muy joven. Te quedaban muchas canciones por componer, muchas versiones qué hacer y muchas actividades por realizar.
Es cierto que me llamaste la atención con el Dúo Postrova, pero de verdad-verdad, cuando naciste para quedarte en el seno de tu pueblo, fue con la canción “A mí me gusta, compay”. Y aunque se dice muy fácil, todos sabemos que lograr semejante aceptación es toda una hazaña como compositor, porque el pueblo no se equivoca. Nada mas que de citar el nombre de ese cubanísimo tema, ya todo el mundo sabe que tú eres su creador. Pero al conocerte personalmente, pude comprobar que eras justamente lo que decías en la canción: un cubano franco, abierto y sencillo, sin mayores pretensiones, pero que no intentaran alejarte de los tuyos porque era como quitarte el oxígeno que todos respiramos a tu lado en esta querida Isla del Caribe.
“…cuando naciste para quedarte en el seno de tu pueblo, fue con la canción ‘A mí me gusta, compay’”.
Además, siempre estabas en algo que tuviera que ver con la trova, ya fuera en la organización y dirección del Festival de la Trova “Pepe Sánchez” en Santiago de Cuba; en la conducción junto a Marta Campos del programa televisivo Entre Manos o poniendo tu voz en canciones emblemáticas para la nación cubana como “Cabalgando con Fidel” al lado de las voces de Raúl Torres, Luna Manzanares y Annie Garcés.
Precisamente por la intensidad vital de tu emotivo canto, no pocos fueron los reclamos que recibiste para realizar vibrantes y hermosas versiones como “Magdalena” con los versos del Apóstol para el disco de otro hermano nuestro, Martí en Amaury, o en tu versión de “La bayamesa”, ese otro himno patrio que tenemos de Céspedes, Fornaris y Castillo, canción que te ha inmortalizado con un sublime video clip.
Hermano, si te he hablado un poco acerca de tu huella, es para que sepas que siempre estarás entre nosotros porque honramos tu memoria con este pensamiento del Apóstol: “Yo no conozco mas muerte que una, y es la de perder la fe en mis compatriotas, y de eso, sé que no he de morir”.
Siempre el momento de la partida es doloroso, ya sea porque nos vamos sin avisar o porque nos mantenemos en una angustiosa pausa de espera antes de iniciar el viaje, pero todos sabemos cuál será el desenlace final. Y realmente, duele mucho porque no te tocaba todavía. Eras muy joven. Te quedaban muchas canciones por componer, muchas versiones qué hacer y muchas actividades por realizar.
Es cierto que me llamaste la atención con el Dúo Postrova, pero de verdad-verdad, cuando naciste para quedarte en el seno de tu pueblo, fue con la canción “A mí me gusta, compay”. Y aunque se dice muy fácil, todos sabemos que lograr semejante aceptación es toda una hazaña como compositor, porque el pueblo no se equivoca. Nada mas que de citar el nombre de ese cubanísimo tema, ya todo el mundo sabe que tú eres su creador. Pero al conocerte personalmente, pude comprobar que eras justamente lo que decías en la canción: un cubano franco, abierto y sencillo, sin mayores pretensiones, pero que no intentaran alejarte de los tuyos porque era como quitarte el oxígeno que todos respiramos a tu lado en esta querida Isla del Caribe.
“…cuando naciste para quedarte en el seno de tu pueblo, fue con la canción ‘A mí me gusta, compay’”.
Además, siempre estabas en algo que tuviera que ver con la trova, ya fuera en la organización y dirección del Festival de la Trova “Pepe Sánchez” en Santiago de Cuba; en la conducción junto a Marta Campos del programa televisivo Entre Manos o poniendo tu voz en canciones emblemáticas para la nación cubana como “Cabalgando con Fidel” al lado de las voces de Raúl Torres, Luna Manzanares y Annie Garcés.
Precisamente por la intensidad vital de tu emotivo canto, no pocos fueron los reclamos que recibiste para realizar vibrantes y hermosas versiones como “Magdalena” con los versos del Apóstol para el disco de otro hermano nuestro, Martí en Amaury, o en tu versión de “La bayamesa”, ese otro himno patrio que tenemos de Céspedes, Fornaris y Castillo, canción que te ha inmortalizado con un sublime video clip.
Hermano, si te he hablado un poco acerca de tu huella, es para que sepas que siempre estarás entre nosotros porque honramos tu memoria con este pensamiento del Apóstol: “Yo no conozco mas muerte que una, y es la de perder la fe en mis compatriotas, y de eso, sé que no he de morir”.
Quién sabe por cuál intuitiva inocencia, a merced del enigma del futuro, me dio por decirle a Eduardo Sosa, aquel día, en mitad de un diálogo cordial, que nosotros nos veíamos poco, pero casi siempre en momentos lindos.
¿Cómo podía adivinar que estábamos cruzando justo el último de esos hermosos días compartidos? Eran fines del mayo pasado, en el Teatro Martí, en algún instante de los ensayos para el memorable concierto dedicado a la obra de Silvio ligada a la infancia, en el 5to Encuentro CORAZÓN FELIZ.
Mis palabras no tuvieron ninguna carga premonitoria de despedida, ni tono de recuento trascendental alguno.
Ahora pueden sonar así, en medio de este tristísimo suceso,
pero no…aquella era simplemente una charla desenfadada, típica de colegas que se reencuentran como parte de una emoción colectiva irrepetible, y entre chistes, momentos de concentración musical, temas terrenales, se deslizan también gestos y expresiones de cariño.
Probablemente mis palabras nacieron en respuesta a alguna frase suya alegrándose por estar juntos una vez más en una aventura privilegiada.
Ese breve diálogo, del que recuerdo su tono cálido y su sonrisa, ocurrió en un lateral del escenario, entre telones replegados, y el ir y venir de cantantes, instrumentistas, técnicos, productores, en función del concierto, donde Sosa interpretó magistralmente
“El güije”, una de las versiones más estremecedoras de esa noche.
El día que se publique el audiovisual de “Concierto para repartir canciones” verán que no estoy agrandando su mérito, bajo el efecto de esta dolorosa circunstancia. Fue “objetivamente” genial.
Al guajiro cantor lo conocí en 1998, justo en la misma región de Cuba que el destino eligió para que partiera de esta vida.
Fue en un encuentro en Guantánamo, con trovadores de varias provincias , organizado por la AHS, donde escuché a Sosa cantar por primera vez, como integrante del dúo Postrova, junto a su compinche Ernesto Rodríguez, y tengo el recuerdo claro de esas dos voces santiagueras maravillosas empastando sus dos colores distintos, y el sonido volando en el aire de la noche sobre el parque concurrido, dándole un acento nuevo a los versos martianos que por alguna razón de contundencia poética, es de los que sobresalen en el inmenso legado del apóstol y suelen quedarse en la memoria solo por haberlos leído:
“…Verso, o nos condenan juntos o nos salvamos los dos” …
Y luego seguir escuchando a Postrova en la Habana, en múltiples descargas trovadorescas, entre las que recuerdo especialmente una en la terraza de la inolvidable gorda Sara González, quien gozaba con esos temas del dúo, de montaje tan elaborado como relajado: “Santiaguera, dime que sí” o en la versión asombrosa de “Son de la loma” o la jocosa canción de todas las Marías, cuyo título no es ese exactamente, un texto que recorre desde la Virgen María, hasta María Caracoles…
Momentos lindos, compartidos con el compay nacido en el Jobo y criado en Tumba Siete, hay para contar. Por ejemplo, “Un canto viajero” concierto dedicado a la música infantil latinoamericana, en Bellas Artes, en diciembre de 2002 organizado por el Centro Pablo, donde participó ya como solista, y me dijo con un brillo de inmensa ternura en los ojos, refiriéndose a la vivencia de cantar para el público infantil : “Es que esto es otra cosa... es que este público… ¡Qué público más lindo!”.
Me pareció un gesto muy especial para alguien tan recorrido y tan altamente ranqueado en escenarios. Me dio la impresión de que estaba descubriendo algo.
Poco después, en enero de 2003, en la misma sala de Bellas Artes, estuvo entre mis invitados en el concierto “Desde la edad de oro” cantando esos versos martianos que ya inevitablemente, muchos tenemos ligados en el imaginario a la voz de Sosa y a esa melodía.
En otro momento cercano a esas fechas fuimos juntos a trovar a Cárdenas y en el viaje de ida me recuerdo negociando el espacio con el corpulento compay para acomodarnos con otros acompañantes en el pequeño carrito de Omara Mirabal, y luego allá compartiendo juntos escenario con esa maravillosa tropa del proyecto “La suerte de los cangrejos” y el trovadicto público cardenense.
Justo en ese viaje a Cárdenas en alguna sobremesa, donde fluyen los cuentos y las vivencias, supe por su relato en primera persona del día que coincidió en España en un restaurante con Fito Páez, y se le acercó campechano a cantarle con todo su torrente de voz, uno de los temas del propio Fito.
¡Cuántos pequeños detalles gratos guarda la memoria y acuden como bálsamo para la tristeza!
Esta madrugada de febrero ha partido un auténtico trovador del pueblo, un creador de canciones bien bordadas, llenas de energía limpia, canciones transparentes como su "arroyito de piratas que en susurro me contaba de sus duelos con el mar, él que no pudo llegar, pero soñaba” (Imagen hermosísima de su canción “Mañanita de montaña”).
La obra de Eduardo Sosa abarca la alegría, la nostalgia, el amor, el humor, la patria en múltiples dimensiones.
Y fue paralelamente a su trabajo de creación, un artista que llevó en su voz canciones hermosas de todos los tiempos, y les renovó el vuelo.
Me alegra mucho haberle dicho, así casi de la nada, que aunque nos veíamos poco, era casi siempre compartiendo momentos lindos. Hay muchos modos de dar las gracias.
Buen viaje, compay. Te fuiste demasiado temprano. Dicen que los guajiros madrugan y a estas horas ya debes estar trovando en los cielos con los cantores que partieron antes.
Como decía uno de ellos, uno de los grandes, Vicente Feliú: “¡Ovación!”
¡Ovación para tu vida, llena de música, cubanía, amor, amistad y plenitud de vivir, Eduardo Sosa!
Abrazo cantor.
Mis condolencias a sus hijos, a su familia y allegados. A todos los que hoy lo despiden.
Tere Felipe
Hace unos meses, para mi sorpresa, recibí un mensaje suyo en el que me expresaba su admiración por mi trabajo en las redes. Le agradecí sus palabras y le confesé que siempre había admirado su música, su arte y su profundo amor por Cuba. En una de esas conversaciones, me habló de Mijaín y de "que estaba puesto pa la tarea" de que se dedicara un día a la lucha cubana en su honor. "Ayúdame en eso", me dijo 😁. Durante un tiempo, intercambiamos mensajes sobre la posibilidad de verlo en vivo, de compartir, él en el escenario, yo de público; pero, por diversas razones, no pudo ser. Hoy más que nunca cobra sentido aquel refrán: "No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy".
Despertar con esta noticia es muy fuerte... Ha fallecido Eduardo Sosa. Es profundamente triste perder a alguien, pero duele aún más cuando se trata de una persona que irradiaba tanta pasión por la vida, que era tan valiosa y útil para los demás. Hoy siento una tristeza inmensa, difícil de expresar con palabras. Tenía la esperanza de que despertara, de que nos regalaras una vez más su voz, su poesía, y que pudiera leer cuánto pensamos y deseamos su recuperación.
A pesar de la tristeza, me quedo con la tranquilidad de haber tenido la oportunidad de expresarle mi admiración y cariño. Eduardo; gracias por tu poesía, tu difelidad al pueblo, tu pasión por esta tierra nuestra, tu defensa en otros lares a esta patria... Te querremos siempre, compay🥺🤍
Eduardo Sosa , en estos momentos las emociones dicen más que las palabras .
Me he despertado con la noticia de tu partida y aunque ese era un posible escenario, no puedo creerlo compay. Te había hablado hace un mes de hacer un nuevo disco juntos y la idea te pareció hermosa.
Te conocí en los festivales de aficionados, me llamó inmediatamente la atención, tu voz y tu manera de interpretar, me dije, - ese gordito tiene talento!! Aunque nunca pude ganarte en esos festivales, te gané como amigo, te llevé a mi casa y te presenté a mi mamá. En ese tiempo éramos jóvenes trovadores y también cantábamos a dúo: tú con Bárbara y yo con María Isabel Prado Asef . Recuerdo que quedaste de primero como trovador en el festival provincial de aficionados( no recuerdo el año) María Isabel y yo quedamos como dúo. Nos fuimos al festival nacional, por esos días hice mi primera canción " Julio" hecha a Yisel Benitez Reymon mi primera esposa y madre de Ernestico . Tuviste la gentileza (después de escucharla), de cantarla en el festival de Varadero. Ese año ganó Axel Milanés , el dúo con María Isabel tampoco cogió nada. Improvisamos un trio María Isabel , tú y yo con la canción de Rafael Clemente Hechavarria " Que lindo el amor" y nos llevamos el primer premio. Recuerdo que el cantante Joaquín Moré ganó el gran premio y cuando me escuchó cantar , me preguntó, -tú vienes de trovador por Santiago? - no, le dije. - Hay uno que canta mejor que yo y te presenté a Joaquinito .
Una vez nos fuimos a cayo Coco con una brigada de la AHS , venían también el folklórico de Oriente y el cuarteto Iglesias con Zulema Iglesias y Adolfo Iglesias Salazar . Era un gran espectáculo, con la idea de que algún grupo se quedara trabajando en el hotel que dirigía un español. Abría y cerraba magistralmente el folklórico Oriente, el cuarteto Iglesias harían un set de varias canciones, a nosotros nos dijo Víctor que hiciéramos una sola canción, tú te enfadaste mucho y no querías cantar, a mí me tocó convencerte y te dije - Sosa vamos a cantar compay, ya estamos aquí, sabemos que no nos van a elegir por encima de estos mostros! Tú me dijiste , - Hemingway, lo voy a hacer por tí! Cantamos el " Son de la loma" de Matamoros, una versión que hicimos William Vivanco y yo cuando éramos el dúo Willer,. Después del Show, el gerente se reunió con todos los artistas y dijo, - todo maravilloso, de primera , pero nos quedamos con el dúo! . Sosa, tu cara de sorpresa no se me olvida!
Nos regresamos a Santiago y le dijimos a nuestro representante Salvador Palomino Menéndez , -Palomino, triunfamos, nos quedaremos trabajando en un hotel de cayo Coco. Palomino nos quedó mirando , con la tranquilidad absoluta que lo caracteriza y nos dijo - Eso es una mierda! Si Postrova se queda trabajando en un hotel, se acabó Postrova! - Vamos a ir a la Habana, vamos a hacer radio , televisión y vamos a grabar un disco .Yo te miré y te dije, - Sosa, este tipo o está loco o es un genio, pero vamos a seguirlo compay.
Nos fuimos a la Habana, nos hicimos la típica foto en el Capitolio. No teníamos ni donde estar. Palomino consiguió que tocasemos en el Gato Tuerto junto con César Portillo de la Luz . Dormimos algunos días en el malecón, hasta que Palomino te llevó para la casa de la tía Ondina y yo me fui a casa de mi tía Nancy. Hicimos varios programas de radio y de televisión, ni siquiera teníamos una maqueta para mostrar.
Nos fuimos al Cuba-disco y le cantamos a muchos en medio de tanto ruido. Tú les cantabas por un oído y yo por el otro. Hasta que llegó el Tosco , después de tocarle los primeros compases del " Son de la loma" , nos hizo seña para que paráramos y nos dijo- vengan conmigo. Nos llevó para la sede de Caribean Production , llevo a varios directores de cultura , llamo a los músicos de NG la Banda , les dijo - ustedes van a escuchar a un dúo fuera de serie. Se volteo hacia nosotros y nos dijo- ahora si muchachos, aprieten.
Son muchas las anécdotas que podría contar a todos, pero mejor será en un libro. No por estás redes.
Sosa, avanza hermano querido. Celebro y celebraré siempre tu existencia! Tus hijos Claudia y Rafa pueden contar conmigo, tú hermano el "Negro " ahora es también mi hermano.
Agradezco mucho a todos nuestros colegas, artistas, fans , amigos del pedagógico Frank País por tantos gestos de humanidad y cariño. Gracias a Rogelio Ramos Domínguez por poner a nuestro servicio su manera única de decir.
Nos fuimos juntos al festival Cervantino en México, y lo primerito que hicimos luego de desempacar la valija fue llegarnos a “La Diana Cazadora” un emblemático Bar de la capital.
Cómo era mi primera vez en el país, y también la primera en que íbamos a compartir escenario fuera de Cuba, el nagüe se convirtió en mi turoperador y mi lazarillo.
Debimos de darle baja a no menos de diez cervezas en la barra mientras Sosa me explicaba como y donde se cambiaban mejor los verdes por el peso, donde estaban las farmacias más cercanas para comprar medicamentos baratos (los lunes)…etc.
luego de esa sensación de empanchurramiento que nos deja el lager a los bebedores cinta negra, decidimos salir al portal donde unos mariachis hacían de las suyas y pedirnos la primera botella de Mezcal; teníamos un par de días de asueto antes del primer espectáculo y podíamos darnos el lujo de emborracharnos. Tres botellas después ya los mariachis y nosotros éramos amigos de toda la vida…La trova tradicional cubana fue coreada por todos los presentes y los variados saladitos fluían a cuenta de la casa en cantidades obscenas. Luego de terminarnos la tercera botella, me dice Sosa:
-oye nagüe, ya está bueno, vamos a pedirnos un par de dobles de tequila pa’ remachar y pa’l hotel.
Y así mismo fue. Pedimos los primeros dos dobles, y a esos dos dobles pues le siguieron cuatro o cinco dobles más. Lo cierto es que nos marchamos cuando ya las mutuas billeteras habían desfallecido, no sin antes bebernos un par de dobles más de Tequila Clase Azul reposado cortesía de un cliente maceta.
Nos marchamos serenitos al hotel y nos despedimos sin mucha pompa.
Al día siguiente no vi a Sosa ni en el desayuno, ni en el almuerzo. A eso de las tres me voy a La Diana Cazadora y cual no fue mi sorpresa cuando vi que el Nagüe le venía entrando por la otra entre calle. Nos saludamos y me dice:
-Sabía que te iba a encontrar aquí, no te vi ni en el desayuno ni en el almuerzo, vengo a llevarte a conocer otro barcito que está aquí a un par de cuadras…y más barato porque aquí ayer nos pelaron al moñito.
Así quiero recordar a mi amigo Sosa… no había quien lo tumbara en materia etílica. Ni en ninguna otra materia.
«Cuba llora a Eduardo Sosa. Se nos ha ido el orgulloso hijo de Tumba Siete, el entusiasta organizador del festival Pepe Sánchez, el que nos trajo de vuelta a Sindo, Corona, Ñico Saquito y ganó con su obra un lugar junto a ellos en el panteón de los grandes. Que no muera su voz», escribió en su cuenta de X el presidente Miguel Díaz-Canel
Foto: Jorge Luis González
Una profunda consternación se percibe por donde quiera que se pasa: Ha muerto el trovador Eduardo Sosa y una isla entera lo llora. Desde hace poco más de una semana su pueblo ha seguido, esperanzado, cada parte ofrecido por el Instituto Cubano de la Música, y en cada casa, en los centros laborales, en cualquier espacio público donde se reunían personas se hablaba del cantor con cariño, y se lamentaba la mala pasada que la salud le jugaba, al sufrir un accidente cerebrovascular, el pasado 3 de febrero.
Dura fue la batalla por la vida del querido artista que puso muy en alto el nombre del género trovadoresco y que cantó el verso martiano con la gracia de los poetas y de las voces que se escuchan llenas de limpideces. Sin embargo, la muerte, otra vez enamorada, aniquiló su resistencia, y apagó su vida, mas no –y nunca podrá lograrlo– la huella de su fecunda existencia.
El Compay Sosa es un ejemplo de coherencia, y de amor a las causas que los seres de bien no deben nunca abandonar. Heredero de sus raíces, noble hijo de su Patria, valiente cantor, será siempre un referente, como Santiago y Vicente Feliú, entre muchos otros, de lo que debe salvaguardar un artista.
Cuba lo supo y lo sintió; lo sabe y lo siente. Por eso hay desolación popular, tristeza en el corazón, y humedad en los rostros. Hoy, que en los homenajes no falta su hermosa voz, hay una conmoción profunda. Un respeto. Una reverencia ante su estatura.
Basta asomarse a las redes sociales. Allí está el mensaje individual, la reacción dolorosa a cada expresión doliente, la palabra colectiva que le profesa un interminable aplauso.
«Mira tu Mayarí como se reúne para despedirte, por encima de las dificultades... hasta después de irte le das un cocotazo a la mediocridad», escribió en su cuenta de Facebook el trovador Ariel Díaz Peña, en alusión al homenaje que se le tributa en Mayarí, donde naciera Eduardo Sosa.
4 de febrero llegó la noticia de que el trovador Eduardo Sosa, con solo 52 años, había sufrido un accidente cerebrovascular y estaba ingresado en el Hospital General Docente Dr. Agostinho Neto, en Guantánamo. Desde entonces, varias veces al día, se difunden informes sobre su salud. Nos sacuden siempre unas palabras que se repiten: “pronóstico reservado”.
En las redes sociales, sus amigos, músicos, artistas, y mucha gente que lo quiere y desea verlo regresar recuperado de su condición actual, llevamos días haciendo una vigilia para la que nadie se ha puesto de acuerdo, pero que está resultando una transfusión a borbotones de mensajes de amor y buenos augurios desde muchas latitudes.
Sin planificación, de forma espontánea está naciendo un canto prolongado para espantar la tristeza en medio de la incertidumbre. Así como muchos nos aferramos alguna vez a sus canciones, a sus versos, a su potente voz como refugio y resguardo, ahora enviamos un clamor colectivo para que llegue hasta esa sala de cuidados intensivos donde Eduardo se aferra a la vida.
Mi vigilia me tiene con un ojo constante en el celular, pendiente de los partes médicos diarios, de su familia, de los amigos cercanos que compartimos esta zozobra.
Entre tanto, reviso con nostalgia aquellos rollos fotográficos de hace más de veinte años, donde en algunos fotogramas habita Sosa con su guitarra.
Al mismo tiempo, exploro imágenes más recientes, almacenadas en gigabytes, guardadas en un disco duro o en la memoria de mi teléfono.
Y a medida que emergen las imágenes, los recuerdos se agolpan. Rememoro y entrelazo conciertos, descargas, conversaciones y fotografías mientras, en aleatorio, de fondo, suenan sus canciones.
Foto: Kaloian.
El primer encuentro
“Compay, a mí dime trovador. Yo soy un trovador”, me dijo con una sonrisa cómplice y una dosis de guapería luego de que lo llamara cuatro o cinco veces cantautor como sinónimo de trovador.
Eso fue hace como veinte años, en nuestro primer encuentro. No se me olvida jamás. Comprendí que con Sosa hay que ir de frente, sin medias tintas.
Y tenía razón. Un trovador no es solo alguien que hace canciones y las canta. Los trovadores de hoy vienen de una tradición mucho más larga en el tiempo, y tienen una manera muy suya de vivir la vida y el arte. El trovador propone, intenta no hacer concesiones para gustar, sino para hacer sentir y pensar.
Hay en Eduardo Sosa esa coherencia del trovador, que va desde Pepe Sánchez, y se centra en que la trova, definitivamente, es una sola. Los contextos cambian, mientras que los temas universales —el amor, el desamor y las inconformidades sociales— perduran en las canciones.
Foto: Kaloian.
El hijo de Hilda
El 18 de abril de 1972, nació Eduardo Sosa Laurencio. Fue en el pueblito montañoso de El Jobo, zona cafetalera del municipio Segundo Frente, en Santiago de Cuba, donde su familia, de raíces mambisas, tenía una finca. Poco después se mudaron para Tumba Siete, un pueblo vecino, donde Eduardo pasó toda su infancia y adolescencia.
Un salto en el tiempo nos lleva a tres décadas después, en una noche en la que, de forma casual, pernocté en Tumba Siete durante un viaje con amigos por esas geografías.
Recuerdo claramente que conté a unos lugareños que era amigo de Sosa, y, extrañados, me preguntaron: “¿Quién es?”. Yo respondí: “Eduardo Sosa, el trovador”. Uno de ellos exclamó: “¡Ah, Eduardito, el hijo de Hilda! Es el orgullo del pueblo”.
Para los de su terruño, Sosa sigue siendo “Eduardito, el hijo de Hilda”, aunque llegara a la gran capital y saliera en la televisión, lo paren en la calle para pedirle fotos y autógrafos, gire internacionalmente; incluso logró emocionar al mismísimo Fito Páez con su versión de “Un vestido y un amor”.
Su pueblo se vanagloria con justeza de tenerlo como representante. Y el trovador está orgulloso de su patria chica de Tumba Siete y de ser “Eduardito, el hijo de Hilda”.
La primera canción que recuerda haber escuchado, cuando tenía 4 o 5 años y no levantaba ni un metro del suelo, es “Veinte años”, de María Teresa Vera y Guillermina Aramburu. Se la escuchaba a su abuela Elena, que estaba todo el día tarareándola. Era su preferida.
Para Elena, que le sembró la semillita de la música, Sosa compuso “Mañanita de Montaña”:
Mañanita de montaña
Y mi abuela que cantaba
Para endulzarme el café.
El olor de una guayaba
Y un susto de guardarraya
Cuando el primer amor se fue.
El rocío haciendo magia
Lucecitas que nunca olvidé
Mi arroyito de piratas
Que en susurro me contaba
De sus duelos con el mar
Él que no pudo llegar
Pero soñaba.
Foto: Kaloian.
La guitarra
Su abuela y su madre fueron quienes le regalaron su primera guitarra. Tenía entonces 14 o 15 años y estaba becado en una secundaria en la que, además, alguien le prestó el libro Que levante la mano la guitarra, donde los poetas Luis Rogelio Nogueras y Víctor Casaus entrevistan extensamente a Silvio Rodríguez, e incluyen algunas letras de sus canciones.
A partir de ahí cuentan que, mientras en los parajes de Tumba Siete resonaban en la radio las melodías de Juan Gabriel, Los Pasteles Verdes, José José, Julio Iglesias o Nino Bravo, un guajirito entonaba las canciones de Silvio y recitaba a César Vallejo.
De esa escuela aprovechaba cualquier oportunidad para escaparse a la ciudad. Siempre ideaba un plan, como desatornillar con un bisturí los diminutos tornillos de las patas de sus espejuelos para que parecieran rotos.
Con esa excusa, le permitían un pase para ir a arreglarlos en una óptica del centro y luego, bajando en Plaza de Marte, recomponía sus lentes y corría feliz hasta la Casa de la Trova de Santiago de Cuba, donde pasaba horas escuchando a los viejos trovadores.
Ingresó al Instituto Superior Pedagógico Frank País, donde estudió Licenciatura en Educación Musical. En los festivales de aficionados de la FEU compartió sus primeras canciones. Eran los duros años del Período Especial. En esos escenarios conoció a Ernesto Rodríguez y formaron el dúo Postrova. ¡Nació la leyenda!
Postrova
Fueron cinco años de intensas vivencias y de consolidar una sonoridad profundamente identitaria. Viajaron a La Habana, durmieron en casas de amigos e incluso en la terminal, y tocaron en cada rincón donde se les brindó una oportunidad. Siempre provocaban comentarios y admiración.
Llegaron a ser apadrinados por el mismísimo José Luis Cortés “El Tosco” y consiguieron presentarse en espacios impensados para dos trovadores como el de la Casa de la Música, en tiempos en que la salsa estaba en pleno apogeo.
También aparecieron en la pantalla grande, en la película Las profecías de Amanda, interpretando una versión de “Nosotros” ante Daisy Granados.
En medio de toda esa secuencia, llegó un contrato y firmaron con una multinacional discográfica. Grabaron su primer disco, con muy buena recepción y críticas. Hoy es una especie de disco de culto. En él está, entre otros temas, “Santiaguera dime que sí”, una versión fuera de serie de “Son de la Loma” y “Texto a Martí”, la musicalización de las dos primeras estrofas del poema XLVI de los Versos sencillos. Este tema, además, se convertiría luego en un clásico de la carrera en solitario Eduardo Sosa.
Cruzaron el Atlántico, aterrizaron en España y grabaron otro disco; contaron con la colaboración de Ana Belén en “La Cleptómana”. Pero nunca vio la luz esa placa. Finalmente, el dúo se separó. Los caminos de Eduardo y Ernesto se bifurcaron.
Llegaron y se fueron los 30’s
A principios de este siglo, cuando Sosa perfilaba su carrera en solitario y circulaban sus canciones —sobre todo un disco titulado Pasado los treinta, grabado en un concierto en vivo en el Centro Pablo de la Torriente Brau, en el espacio “A Guitarra Limpia”— me dio la entrevista de la que hablo en el inicio de este texto-vigilia.
La primera foto que le tomé a Eduardo Sosa. Rollo 35 mm. La Habana, 2004. Foto: Kaloian.
Yo era entonces estudiante de Periodismo en proceso de adentrarme en el mundo de la fotografía. Me cautivó el trovador y su obra. Particularmente, la canción que da nombre al disco.
El tema se convirtió en un espejo donde mirarme a futuro: en sus versos encontraba una postura ante la vida: una declaración de principios.
Foto: Kaloian.
Pasado los treinta sopla igual el viento
Y creo que aún es tiempo de desafiar al reloj
De descubrir misterios, de tener alguno de ellos
De no perder el centro y mejorar lo que pasó.
Pasado los treinta mi alma quiere andar
sin mirar a los lados ni sentir ningún temor
Iluso yo que tanto me lo advierto, iluso yo.
Pasado los treinta sigue la inconformidad taladrando
y me empeño cada día en comenzar
Las calles más estrechas llaman mucho la atención
más cerca de las paredes desafío aún mayor.
Pasado los treinta prefiero no encontrar
mejor es ir tallando paso a paso la razón
lo negro, lo blanco ya tuvieron su momento
y hay mucho más color.
Y sueño tanto y duermo menos
que hace un tiempo atrás me nacen alas en tu cielo
le doy cartas a dios siempre y cuando mis dos manos también decidan en el juego
abro igual los brazos, la muerte sé que espera un día enamorarme.
No hay remedio y mientras tanto
Voy respirando la impaciencia de lo que vendrá
planeando hallarte en cada tregua del camino
izando velas aunque sople algún mal viento
Para quedarme aquí en mi nido
pasado los treinta, creo en la diferencia
y sólo en el amor me fío.
Pasado los treinta ya la pena y la desilusión ya hicieron daño
y más de un trato conmigo
me enseñaron a caminar sin bastón
me dejaron duendes fantasmas y algún amigo.
Pero mal o bien ya no temo a arriesgar
y sé que un buen motivo atrae siempre el rumor
Desvisto ahora mis planes cuando salen a volar
y sigo evitando el desamor.
Un torrente de voz
El algoritmo de Spotify no comprende por qué únicamente selecciono en estos días los discos de Eduardo Sosa para escuchar y, entre ellos, pongo una y otra vez “Pasado los treinta”. Me emociona como la primera vez que la escuché.
Incluso ahora que yo paso de los 40 y que el propio Eduardo conquistó los cincuenta y más; y que desde aquella entrevista de hace más de veinte años comenzamos a ser cercanos y a compartir un círculo de amigos y afectos.
Esa canción, en su torrente de voz, donde asciende en el medio, justo ahí donde dice “me nacen alas en tu cielo”, me sigue protegiendo: “Solo en el amor me fío”.
Nagüe, buen día
Él se ríe siempre cuando yo le pido que cante una y otra vez esa canción. “Compay, que ya pasé hace mucho los treinta”, me dijo en una ocasión. Puedes componer una segunda parte, “Pasados los cincuenta”, le dije, después que, por ejemplo, Rafael y Claudia, sus hijos, llegaron a su universo y se hizo realidad lo anhelado en “Claudia vendrá”, otra de sus más tiernas y sublimes canciones.
Hace un par de años nos vimos en Buenos Aires. “Nagüe, buen día. Te llamaba porque ya estoy listo; cuando quieras, partimos ‘al infinito y más allá’”, me escribió por WhatsApp.
Y así, salimos a desandar la ciudad.
Como en La Habana
Mientras paseábamos por San Telmo, el barrio donde nació Mafalda, nos pusimos al día, conversamos sobre esos afectos que compartimos y nos unen, sobre Cuba, sobre Silvio y Tumba Siete.
Sosa me hizo sentir, sin siquiera saberlo, como si estuviéramos caminando por la habanera calle 23 en dirección al Malecón, para descargar hasta el amanecer —rones por medio— y ver pasar esas canciones de la vieja trova, con sus historias que Eduardo sabe como nadie.
Entre risas y recuerdos, los buenos aires parecían mezclarse con la brisa marinera de La Habana, y la ciudad se convertía, por momentos, en ese puente invisible donde los acordes del trovador flotaban entre nosotros.
Aquí estamos, guajiro “buen corazón”, en esta vigilia que no es más que un latido sostenido, una espera que se llena de memorias y plegarias. Y aunque el desvelo pese, aunque la incertidumbre oprima, seguimos aquí, aferrados a tu voz como ahora mismo tú a la vida, sosteniendo con fe el hilo invisible que nos une a ti.