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lunes, octubre 27, 2025

Ángel para un final. Apuntes sobre la última gira de Silvio Rodríguez


 – Por Diego Sztulwark

Diego Sztulwark asistió al último recital de Silvio Rodríguez en Buenos Aires y escribió estos apuntes sobre el gran trovador cubano, siempre lejos de la perfección y cerca de lo necesario, como las revoluciones. Si el trovador puede seguir maravillando con sus canciones de siempre, escribe Sztulwark, es por su saber sobre la esperanza (el mundo aún no está maduro para ella) y sobre la necedad (un rechazo a las promesas de felicidad que se nos ofrecen). La esperanza y la necedad así entendidas, colocan a Silvio en un lugar distinto, a salvo del oportunismo, de la desilusión y de la decadencia.


Por Diego Sztulwark*


(para La Tecla Eñe)

Fotos: Kaloian Santos Cabrera.

Óyeme, tú sabes que yo soy malo para recetas, no creo en las recetas. Que cada cual sea como le dé la gana de ser. Esa es la receta verdadera, esa es la verdad de la vida


Soy más de hacer preguntas que emitir respuestas: ¿pa’ qué sirven las respuestas? Pa’ hacerse nuevas preguntas


Silvio Rodríguez, 21 de octubre de 2025


1. Cuando supe que Silvio Rodríguez iniciaba una gira que pasaba por Buenos Aires tuve una reacción más bien distante. No exactamente indiferente, sino algo perturbadora. Una reacción dirigida a moderar y reprimir un afecto temible al que podríamos llamar “nostalgia de izquierda”. Quiero decir, la tendencia a amar símbolos que nos reconfortan en la medida en que nos recuerdan un tiempo en el que creer en lo que queríamos nos hacía mejores. Esa nostalgia impudorosa, que contrasta con las impotencias políticas del presente, es una dulce cápsula monomaníaca que acompasa una incapacidad de pasar del duelo a la actividad. Si esto puede sucedernos a quienes jamás compusimos canciones revolucionarias –pensé–, cómo le pasará a Silvio. Cómo hará él para sobreponerse a este sentimiento patológico del pasado.


2. Esta hubiera sido mi actitud definitiva si no hubiera reparado en las crónicas e imágenes que publicó el gran fotógrafo cubano Kaloian Santos Cabrera del primer recital de la gira, realizado en la Escalinata de la Universidad de La Habana, en el Vedado, Cuba. De inmediato me llamó la atención la actitud algo esquiva de Silvio ante lo que a todas luces parecía una escena consagratoria. Ya casi octogenario, amado hasta la histeria por caribeñxs de todas las edades, y en presencia del presidente Díaz Canel, se presentó con un gorro oscuro portador de una inscripción epigramática: “aprendiz”.



3. Esa aparente evitación de Silvio capturó mi curiosidad. No pude sino seguir cada vez más de cerca su tour por Santiago, Buenos Aires y Montevideo. Me mantuve al tanto de su comportamiento dentro y fuera del escenario. El gorro y la guitarra siempre juntos, ausencia de pantallas que agiganten su figura en los conciertos, renuencia a dar entrevistas en medios locales (ni siquiera a los amigxs). Observé con interés cómo, si bien se fotografió con las principales figuras políticas del progresismo de cada ciudad que visitó (dos presidentes en ejercicio y una ex presidenta detenida perseguida), se ocupó ante todo de visitar a la familia de Víctor Jara en Chile, el barrio Cuartel V en Moreno, y a Lucia Topolansky en Uruguay. Asombra la serenidad de sus movimientos, de sus palabras. Sorpresa, entonces: el viejo izquierdista no se avergüenza, no hay patetismo en sus gestos. Silvio puede cantar “en este tiempo y en este instante” y “soy feliz porque soy gigante” (Pequeña serenata diurna, 1974) porque puede ser parte de este momento del mundo, llevándose razonablemente bien consigo mismo.


4. ¿Qué hay en su trabajo que pueda ponerlo a salvo de esa nostalgia? Encontré en Kafka una luz para aproximarme a lo que llamaría el pensamiento artístico de Silvio. Un pensamiento sobre el amor en el que coexisten dos actitudes y que podrían parecer excluyentes: “la esperanza” y la “necedad”. En carta a Max Brod, Franz Kafka cita un pasaje de Kierkegaard que dice así: “En cuanto aparece un hombre que trae consigo algo primitivo y, en consecuencia, no dice: ‘hay que tomar el mundo tal cual es’, sino: ‘sea como sea el mundo, yo me quedo con la naturalidad original que no pienso cambiar en aras del bienestar del mundo’; en el mismo instante en que es oída esta palabra comienza a producirse una transformación en toda la existencia. Lo mismo que en la fábula: cuando se pronuncia la palabra y se abren las puertas del castillo encantado desde hacía cien años y todo cobra vida, la existencia se vuelve toda atención. Los ángeles empiezan a tener trabajo y se interesan en ver qué resultará de todo aquello, pues es ésta su ocupación”. (Las marcas en itálica son mías). Basta entonces con que alguien, un necio, se rehúse a adaptar su modo de vida a las exigencias de los tiempos para que el fantasma de la transformación asome y los ángeles, cuasi seres que custodian los posibles, se alboroten.


5. Reparemos en los ángeles (entiendo que se trata de una fuente de inspiración importante para Silvio: el ángel “que pasa”, el “querube” de Rabo de Nubes). Emanuel Taub explica que los ángeles interactúan a la vez con Dios y con los humanos siguiendo ciertas jerarquías burocráticas. Ellos toman parte en la revelación como mensajeros y como traductores, y su ámbito de existencia es el espacio entre lo celeste y lo terrestre. Su función, mediadora, abarca tareas tales como custodiar las puertas del cielo y ser testigos de lo que ocurre en la tierra. 


6. En 1934, una década después de la muerte de Kafka, y cuando ya Hitler gobernaba Alemania, Walter Benjamin y su amigo Gershom Scholem mantuvieron una correspondencia sobre la obra del judío-checo. En una carta del 11 de agosto, Benjamin escribe a su amigo: “yo parto de la pequeña y absurda esperanza, así como de las criaturas para las que, por una parte, vale esta esperanza, y en las que, por otra parte, se refleja este absurdo”. Y el 14 de abril de 1938 Benjamin le confiesa a Scholem que ha hecho suya la “formulación kafkiana del imperativo categórico” de la que se ha apropiado: “actúa de tal forma que los ángeles tengan qué hacer”. Extraigo de estas citas de Kafka y Benjamin las siguientes concusiones provisorias: no hay esperanza para nosotros, sino como reflejo que ilumina el rostro de los condenados; los ángeles, por su parte, sólo se interesan por los necios, seres que tienen su propia relación con las cosas. De algún modo, es la necedad la que alborota y señala otro camino.


7. A la luz de estas conclusiones vuelvo a Silvio. En cuanto a la esperanza dice: “Cuando niño yo saque la cuenta/De mi edad por el año 2000/ El 2000 sonaba como puerta abierta/A maravillas que silbaba el porvenir/Pero ahora que se acerca saco en cuenta/Que de nuevo tengo que esperar/Que las maravillas vendrán algo lentas/Porque el mundo tiene aún muy corta edad”. (Venga la esperanza, 1991). En cuanto a la necedad, basta recordar su célebre manifiesto contra el convite imperial al arrepentimiento, “a que no pierda” y a la indefinición ético-política. La necedad se afirma como “necedad de asumir al enemigo” y “de vivir sin tener precio” (El necio, 1994). Si el trovador puede seguir maravillando con sus canciones de siempre es, en buena medida por este saber sobre la esperanza (el mundo aún no está maduro para ella) y sobre la necedad (un rechazo a las promesas de felicidad que se nos ofrecen). Estas actitudes, pienso, colocan Silvio en un lugar distinto, a salvo del oportunismo, de la desilusión y de la decadencia.


8. Hace ya unos años circula un libro magnífico titulado «Melancolía de izquierda». Su autor, el historiador Enzo Traverso, afirma allí que esta melancolía –a diferencia de la nostalgia paralizante– “envuelve una transición” y “una renovación de la izquierda” como “empatía con los vencidos”. Traverso trabaja ligando “imágenes que piensan” una exploración de “un paisaje de la memoria multiforme y a veces contradictoria”. El pasado así evocado, en Traverso, retorna como inspiración para sacudirse el conformismo siniestro que nos atasca y nos fija a un tiempo en el que el enemigo no deja de triunfar.


9. Hace unos años se hizo evidente un potencial expresivo surgido de poderosas anacronías que –al fragor de las circunstancias– crean nuevas alusiones en sus viejos temas. Silvio canta “La ciudad se derrumba y yo cantando” (Te doy una canción, 1970). Cinco décadas después, la misma frase permite iluminar la crisis descomunal de un mundo que no sabe dar respuesta a casi ninguno de sus problemas. Y a una Cuba que ha sobrevivido huérfana a la implosión del socialismo soviético. Para profundizar este ejercicio de anacronía poética basta con volver a leer «Silvio, que levante la mano la guitarra», ese libro extraordinario escrito por los poetas Víctor Casaus y Luis Rogelio Nogueras, cuya primer edición es de 1984.


10. Estas anacronías son posibles porque Silvio nunca fue un intelectual oficialista. Si reparamos en algunas de las letras que compilan Casaus y Nogueras, encontraremos temas como «Playa Girón» y «Debo partirme en dos» (ambas del 1969). La primera, compuesta en un barco pesquero que lo alejó de la isla por un tiempo, ante el malquerer que le profesaban sectores de la autoridad política que tampoco veían bien que la juventud cubana escuchara a los Beatles. La segunda, más explícita, dice: “no voy a repetir ese estribillo/algunos ojos miran con mal brillo/Y estoy temiendo ahora no ser interpretado/casi siempre sucede que se piensa algo malo”. Evidentemente no se es poeta por recitar palabras bellas, sino por el modo en el que esas palabras hacen pasar afectos y aspiran a ventilar una época irrespirable, a escapar de ella. Cinco décadas después de aquellas canciones, Rodríguez canta: “Dijo Guevara el humano/que ningún intelectual/debe ser asalariado/del pensamiento oficial” (Tonada del libre albedrio, 2007). En una entrevista reciente vuelve sobre sus recuerdos de disidencias a propósito de la grabación en Madrid de su gran disco «Al final de este viaje» (1978) con estas palabras: “Canté algunas que estaban medio prohibidas aquí en Cuba. Dije, “Voy a cantar lo que me da la gana”, “Canta lo que tú quieras”. Y gracias a eso salieron algunas canciones”.

11. El día 21 de octubre fui a ver su último concierto en Buenos Aires. No pude conseguir entradas, pero tengo la inmensa suerte de tener una “amiga común”, mi antigua amiga María Santucho, que me hizo ingresar cuando ya parecía imposible lograrlo. ¿Qué ocurrió allí? Mas allá de las promesas que la política argentina vino haciendo sobre la necesidad de “nuevas canciones”, el concierto nos transportó hacia el arroyo límpido y maravilloso de temas extraordinariamente viejos. Acompañado por todo tipo de excelencias acústicas –quizás obstaculizado por empedernidxs nostálgicos de izquierda que cantándole encima impedían que se escuchase la sutileza de alguna variación–, las claves del trance volvieron a ser las de siempre, aquellas singularidades que permiten reconocer a este trovador en cualquier lugar del mundo: el modo suelto de rasguear la guitarra, la cadencia angelical de su lengua caribeña y los versos inspirados –“a tu viejo gobierno de difuntos y flores” (Ojalá, 1969), “una mujer con sombrero/como un cuadro del viejo Chagall/corrompiéndose al centro del miedo/Y yo, que no soy bueno me puse a llorar” (Óleo de una mujer con sombrero, 1970). Sólo que en esta gira –en esto quisiera reparar– Silvio introduce ciertos gestos que renuevan la potencia política de canciones provenientes de –y referidas a– un pasado ya mítico. Eso ocurrió de modo eminente cuando cantó, envuelto en una kufiya o keffiheh (pañuelo palestino), “mi sombra dice que reírse/es ver los llantos, como mi llanto/y me he callado desesperado/y escucho entonces:/la tierra llora. (La era está pariendo un corazón, 1968). El gesto fue más allá cuando recitó un poema del ya citado Nogueras, compuesto en Auschwitz, en el que hablando a los judíos israelíes sobrevivientes del nazismo dice: Pienso en ustedes/y no acierto a comprender/cómo olvidaron tan pronto/el vaho del infierno (Halt, 1979). Y hubo más de esos gestos. El homenaje a sus compañeros de generación (Vicente Feliú, Noel Nicola y Pablo Milanés) junto con la celebración del cumpleaños número 100 años de Celia Cruz (Kaloian, irónico, posteó: “La ovación fue tan grande que los censores debieron escucharla en La Habana. Honrar, honra”), la invitación a cantar al jovencísimo Milo J, y la dedicada interpretación de «Unicornio azul» a Tati Almeida. Gestos que hacen de viejas inspiraciones interpelaciones fuertemente actuales. Un rato antes del concierto, se conoció una entrevista brindada a la revista Rolling Stone titulada “Las revoluciones no son perfectas, pero son necesarias”. Eso mismo podemos decir de Silvio: lejos de la perfección, y cerca de lo necesario. Salí del recital cantando: “Ahora comprendo/Cuál era el ángel/Que entre nosotros pasó/Era el más terrible, el implacable, el más feroz”.

Sábado, 25 de octubre de 2025.


*Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.


lunes, octubre 06, 2025

De la fe revolucionaria a la fe estética»

.Por: Mónica Barrios Calleja

Por De Frente Columnas de Opinión

5 octubre, 2025

«El público es variado, aunque predominan las canas. Se diferencian tres grupos: aquellos que corean todas las canciones; la mayoría que canta solo las más antiguas y combativas; y los más jóvenes, fans de Silvio, Rodríguez y Domínguez, en adelante. Muy pocas pancartas fueron desplegadas. Conté dos, ambas desde galería: una bandera cubana y un pequeño lienzo rojo con dos rostros. Identifiqué a Allende junto al Che o a Gladys Marín. Le pregunté a mis vecinos si veían mejor que yo; con suerte identificaron a Allende, así que me rendí.»

Por: Mónica Barrios Calleja


El tiempo no pasa en vano. Silvio envejece ante nosotros, como un espejo. Las miles de personas que el 1 de octubre llenamos el Movistar Arena contemplamos, ordenadamente sentadas,  un ícono de un pedazo de historia que se niega a desaparecer.


Nunca había visto una cancha tan tranquila. Si no se escuchara la voz de Silvio, parecería un concierto de José Luis Perales. El ambiente es tal que cuesta imaginar que muchas de estas personas —quizás alguna vez, al calor de una ochentera barricada— cantaron Playa Girón.


“¡Cuba, Cuba, Cuba; Chile te saluda!”, gritan lánguidamente unas cinco personas.


“¡Shhhh!”, se escucha con más fuerza.


No hay lugar a consignas. El público sabe que está frente a un notable de la canción popular y sospecha que probablemente presencia su última gira en Chile.


Silvio se nos presenta al final de su madurez, en el umbral de un declive que ninguno de nosotros quiere aceptar. Su tránsito desde la Nueva Trova y las utopías revolucionarias hacia la reflexión y el desencanto está culminando en una mutación: de la fe política a la fe estética.


Pero no se trata de la fe resistente de los noventa, la del álbum Silvio. En aquellos años —sumergidos en pleno auge concertacionista— nos encontramos perplejos con un cantautor que, desde una Cuba poscaída del muro y en pleno Período Especial, ya no era aquella inspiración de solo voz y guitarra que mezclaba arenga política con vivencias íntimas. Era un hombre múltiple que interpretaba prácticamente todas las guitarras y voces de sus armonías: gesto que no comprendimos como ego, sino como metáfora de necesidad de sobrevivencia en el abismo. Un hombre solo frente al silencio.


“¡Chile no será colonia norteamericana!”, se escucha desde la Platea Alta Golden Norte.


“¡Anda a comprarte una Coca-Cola afuera!”, responden desde la Platea Alta Silver Sur.


“¡Shhhh!”, se escucha desde la cancha.


Y todos callan para escuchar a la leyenda viva que es Silvio.


La fe estética ocupa el lugar que antes tuvo la fe revolucionaria. Se evidencia en los nuevos arreglos de sus canciones, que parecen envolver sus letras e historias —muchas veces crípticas— en un bello paquete de composición musical correcta y medida. Listas para ser lanzadas en un concierto-mar, cual náufrago que pone a la deriva un mensaje dentro de una botella; cual maestro que abandona a la suerte sus esperanzas.


La fe estética no se sustenta en un Silvio solo, pues ante el abismo ya estamos todos. Requiere polifonías y una formación de grupo de cámara de estilo jazzístico. Así, sobre el escenario del Movistar Arena lo acompañaban una segunda guitarra (Rachid López) y un tres cubano (Maykel Elizarde), ambos con estilo eléctrico/folk/latino; un contrabajo acústico (Jorge Reyes); vibráfono (Emilio Vega); un piano de armonías extendidas (Jorge Aragón) que, junto a la batería (Oliver Valdés) por momentos recordaba al estilo de Los Jaibas; acompañamientos y coros femeninos discretos realizados por Malva Rodríguez, que imperceptiblemente aparece y desaparece de escena; y la flauta y el clarinete de Niurka González, quien se lleva los mayores aplausos por su evidente y desbordante talento —no por ser la pareja de Silvio—.


La identificación del público con la flauta también responde a que dialoga con Silvio, incorporando —institucionalizando— la voz interior de los oyentes, sustituyendo con contramelodías y hermosos glissandos nuestros suspiros, lágrimas y respiros contenidos que transforman la memoria en sonido.


Y sin embargo, no nos confundamos. La fe estética no reemplaza a la fe revolucionaria: la traiciona y la conserva al mismo tiempo. Es la puerta de escape que nos permite seguir creyendo sin pagar —ni asumir— los costos. O sea, es una actitud dialéctica, pero neoliberal. Silvio canta y uno se emociona, pero en el fondo sabemos que lo que nos conmueve ya no es el futuro, sino la evocación misma de quienes sobrevivimos a dictaduras y pandemias.


El gesto minimalista de Silvio —voz y guitarra— era (y sigue siendo) un gesto político, una poética del testimonio: pocos recursos, máximo contenido. Hoy es artificio consciente. El canto ya no busca proclamar, sino preservar la memoria sonora de su propia fe. Las melodías originales se conservan, pero la armonización las desideologiza: el foco ya no está en el texto, sino en el color, que de «leninista» se ha transformado en «debussyano».


“¡Justicia para Julia Chuñil!”


Aplausos.


Nadie pidió silencio.


Aún nos queda patria, ciudadanos.


El público es variado, aunque predominan las canas. Se diferencian tres grupos: aquellos que corean todas las canciones; la mayoría que canta solo las más antiguas y combativas; y los más jóvenes, fans de Silvio, Rodríguez y Domínguez, en adelante. Muy pocas pancartas fueron desplegadas. Conté dos, ambas desde galería: una bandera cubana y un pequeño lienzo rojo con dos rostros. Identifiqué a Allende junto al Che o a Gladys Marín. Le pregunté a mis vecinos si veían mejor que yo; con suerte identificaron a Allende, así que me rendí.


Silvio, siempre muy cauto, contó la historia de una barbería donde se hablaba de que “estaba mala la cosa”. Aclaró que en Cuba la cosa aludía a la política y a la situación nacional, y que el barbero había puesto un letrero que decía: “Prohibido hablar de la cosa”. Otra anécdota fue cuando desde platea le pidieron una antigua y emblemática canción, y respondió: “Si me acuerdo, la cantamos luego afuera”.


La idea de muerte y legado envolvió el concierto. Fue evidente en la sección dedicada a compositores fallecidos —Vicente Feliú, Noel Nicola, Pablo Milanés— y en la mención a Pepe Mujica y al poeta cubano Luis Rogelio Nogueras, de quien recitó el poema Halt!, que nos tuvo a todos nerviosos porque parecía una alegoría al sufrimiento judío durante el Holocausto, hasta que llegó el necesario y esperado viraje pro Palestina.


Llevábamos dos horas de concierto y parecía que todo recién comenzaba. Salió dos veces a repetir, y la tercera lo hizo con luz sala, después de unos diez minutos de imparables aplausos.


Merecido homenaje.


Hasta siempre, Silvio.

viernes, octubre 03, 2025

Cuba contrajo una deuda invaluable con la lírica de Silvio.

Tere Felip

 Sí, es cierto que Silvio Rodríguez le debe parte de su obra a la Revolución Cubana, a esa revolución entendida en sus años gloriosos, pues aquella épica sirvió de inspiración fundamental. La gesta fundacional, con su carga utópica y su pulsión transformadora, actuó como crisol de su imaginario poético y musical, es así. La Revolución fue la fuente primaria de un suceso colectivo que nutrió la textura de gran parte de sus canciones, dotándolas de un sustrato ético y una urgencia vital.

Pero, a su vez, podría decirse que Cuba —e incluso la imagen internacional de la Revolución— contrajo una deuda invaluable con la lírica de Silvio. Fue a través de la delicadeza, la veracidad y la intimidad de sus canciones, que la causa revolucionaria ha podido en parte, ser transmitida al mundo no como un mero discurso político, ha podido transmitirse también como una aspiración humana de hondo calado estético y ético. Su obra ha sido el vehículo para revelar la belleza que subyace en la lucha por la justicia, conmoviendo la sensibilidad universal.

La Revolución aportó la materia épica, y el artista la tradujo a un lenguaje que, a su vez, mitificó y perpetuó el significado de esa misma gesta. Es esta retroalimentación sublime entre vanguardia política y vanguardia artística lo que forja un fenómeno cultural de tal envergadura. La conjunción de un creador de la talla humana y poética de Silvio Rodríguez con una epopeya histórica de la intensidad de la Revolución Cubana configura un momento singular, cuya réplica en el futuro inmediato se vislumbra improbable. Es, en definitiva, el fruto de una alquimia irrepetible entre un individuo excepcional y un momento de efervescencia colectiva que redefinió los contornos de una nación.

Por eso Silvio llena siempre a donde quiera que va, dentro de su patria y fuera de ella ❤️ y eso es algo poderoso!