lunes, octubre 06, 2025

De la fe revolucionaria a la fe estética»

.Por: Mónica Barrios Calleja

Por De Frente Columnas de Opinión

5 octubre, 2025

«El público es variado, aunque predominan las canas. Se diferencian tres grupos: aquellos que corean todas las canciones; la mayoría que canta solo las más antiguas y combativas; y los más jóvenes, fans de Silvio, Rodríguez y Domínguez, en adelante. Muy pocas pancartas fueron desplegadas. Conté dos, ambas desde galería: una bandera cubana y un pequeño lienzo rojo con dos rostros. Identifiqué a Allende junto al Che o a Gladys Marín. Le pregunté a mis vecinos si veían mejor que yo; con suerte identificaron a Allende, así que me rendí.»

Por: Mónica Barrios Calleja


El tiempo no pasa en vano. Silvio envejece ante nosotros, como un espejo. Las miles de personas que el 1 de octubre llenamos el Movistar Arena contemplamos, ordenadamente sentadas,  un ícono de un pedazo de historia que se niega a desaparecer.


Nunca había visto una cancha tan tranquila. Si no se escuchara la voz de Silvio, parecería un concierto de José Luis Perales. El ambiente es tal que cuesta imaginar que muchas de estas personas —quizás alguna vez, al calor de una ochentera barricada— cantaron Playa Girón.


“¡Cuba, Cuba, Cuba; Chile te saluda!”, gritan lánguidamente unas cinco personas.


“¡Shhhh!”, se escucha con más fuerza.


No hay lugar a consignas. El público sabe que está frente a un notable de la canción popular y sospecha que probablemente presencia su última gira en Chile.


Silvio se nos presenta al final de su madurez, en el umbral de un declive que ninguno de nosotros quiere aceptar. Su tránsito desde la Nueva Trova y las utopías revolucionarias hacia la reflexión y el desencanto está culminando en una mutación: de la fe política a la fe estética.


Pero no se trata de la fe resistente de los noventa, la del álbum Silvio. En aquellos años —sumergidos en pleno auge concertacionista— nos encontramos perplejos con un cantautor que, desde una Cuba poscaída del muro y en pleno Período Especial, ya no era aquella inspiración de solo voz y guitarra que mezclaba arenga política con vivencias íntimas. Era un hombre múltiple que interpretaba prácticamente todas las guitarras y voces de sus armonías: gesto que no comprendimos como ego, sino como metáfora de necesidad de sobrevivencia en el abismo. Un hombre solo frente al silencio.


“¡Chile no será colonia norteamericana!”, se escucha desde la Platea Alta Golden Norte.


“¡Anda a comprarte una Coca-Cola afuera!”, responden desde la Platea Alta Silver Sur.


“¡Shhhh!”, se escucha desde la cancha.


Y todos callan para escuchar a la leyenda viva que es Silvio.


La fe estética ocupa el lugar que antes tuvo la fe revolucionaria. Se evidencia en los nuevos arreglos de sus canciones, que parecen envolver sus letras e historias —muchas veces crípticas— en un bello paquete de composición musical correcta y medida. Listas para ser lanzadas en un concierto-mar, cual náufrago que pone a la deriva un mensaje dentro de una botella; cual maestro que abandona a la suerte sus esperanzas.


La fe estética no se sustenta en un Silvio solo, pues ante el abismo ya estamos todos. Requiere polifonías y una formación de grupo de cámara de estilo jazzístico. Así, sobre el escenario del Movistar Arena lo acompañaban una segunda guitarra (Rachid López) y un tres cubano (Maykel Elizarde), ambos con estilo eléctrico/folk/latino; un contrabajo acústico (Jorge Reyes); vibráfono (Emilio Vega); un piano de armonías extendidas (Jorge Aragón) que, junto a la batería (Oliver Valdés) por momentos recordaba al estilo de Los Jaibas; acompañamientos y coros femeninos discretos realizados por Malva Rodríguez, que imperceptiblemente aparece y desaparece de escena; y la flauta y el clarinete de Niurka González, quien se lleva los mayores aplausos por su evidente y desbordante talento —no por ser la pareja de Silvio—.


La identificación del público con la flauta también responde a que dialoga con Silvio, incorporando —institucionalizando— la voz interior de los oyentes, sustituyendo con contramelodías y hermosos glissandos nuestros suspiros, lágrimas y respiros contenidos que transforman la memoria en sonido.


Y sin embargo, no nos confundamos. La fe estética no reemplaza a la fe revolucionaria: la traiciona y la conserva al mismo tiempo. Es la puerta de escape que nos permite seguir creyendo sin pagar —ni asumir— los costos. O sea, es una actitud dialéctica, pero neoliberal. Silvio canta y uno se emociona, pero en el fondo sabemos que lo que nos conmueve ya no es el futuro, sino la evocación misma de quienes sobrevivimos a dictaduras y pandemias.


El gesto minimalista de Silvio —voz y guitarra— era (y sigue siendo) un gesto político, una poética del testimonio: pocos recursos, máximo contenido. Hoy es artificio consciente. El canto ya no busca proclamar, sino preservar la memoria sonora de su propia fe. Las melodías originales se conservan, pero la armonización las desideologiza: el foco ya no está en el texto, sino en el color, que de «leninista» se ha transformado en «debussyano».


“¡Justicia para Julia Chuñil!”


Aplausos.


Nadie pidió silencio.


Aún nos queda patria, ciudadanos.


El público es variado, aunque predominan las canas. Se diferencian tres grupos: aquellos que corean todas las canciones; la mayoría que canta solo las más antiguas y combativas; y los más jóvenes, fans de Silvio, Rodríguez y Domínguez, en adelante. Muy pocas pancartas fueron desplegadas. Conté dos, ambas desde galería: una bandera cubana y un pequeño lienzo rojo con dos rostros. Identifiqué a Allende junto al Che o a Gladys Marín. Le pregunté a mis vecinos si veían mejor que yo; con suerte identificaron a Allende, así que me rendí.


Silvio, siempre muy cauto, contó la historia de una barbería donde se hablaba de que “estaba mala la cosa”. Aclaró que en Cuba la cosa aludía a la política y a la situación nacional, y que el barbero había puesto un letrero que decía: “Prohibido hablar de la cosa”. Otra anécdota fue cuando desde platea le pidieron una antigua y emblemática canción, y respondió: “Si me acuerdo, la cantamos luego afuera”.


La idea de muerte y legado envolvió el concierto. Fue evidente en la sección dedicada a compositores fallecidos —Vicente Feliú, Noel Nicola, Pablo Milanés— y en la mención a Pepe Mujica y al poeta cubano Luis Rogelio Nogueras, de quien recitó el poema Halt!, que nos tuvo a todos nerviosos porque parecía una alegoría al sufrimiento judío durante el Holocausto, hasta que llegó el necesario y esperado viraje pro Palestina.


Llevábamos dos horas de concierto y parecía que todo recién comenzaba. Salió dos veces a repetir, y la tercera lo hizo con luz sala, después de unos diez minutos de imparables aplausos.


Merecido homenaje.


Hasta siempre, Silvio.

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