Opinión/Le funoir
Javier Puga Llopis
Cada vez aceptamos peor que nuestras ideas y nuestros gustos puedan llevarse mal entre sí
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| El icónico trovador cubano Silvio Rodríguez, uno de los artistas más influyentes de la música contemporánea, inicia su esperada gira por España, en la que celebra más de 50 años de carrera, con un concierto este martes en el Liceu de Barcelona en el que repasa sus grandes éxitos y presenta temas de su último álbum, 'Quería saber', aparecido en 2024. EFE/Quique García / Quique García / EFE |
Hace unos días una conocida escritora hispano-cubana le afeaba a alguien en X que le gustara Silvio Rodríguez. Unos meses antes, ante los rumores de una intervención norteamericana en la isla, el cantante, vehemente, había reclamado al gobierno de Cuba que le diera un fusil para defender a su país del invasor, pues parece que vivimos tiempos de invasiones.
En una ceremonia de propaganda, el líder del régimen cubano le hizo entrega de un fusil AKM de combate, aunque luego supimos que era una réplica, pues el arsenal cubano parece andar escaso de fierros.
La escritora, ferozmente opuesta al castrismo y que decidió exiliarse para vivir en libertad, parecía considerar que una cosa llevaba necesariamente a la otra. Si Silvio apoya al régimen cubano, que te guste Silvio dice algo -malo- de ti. Y eso me dio que pensar, porque cada vez aceptamos peor que nuestras ideas y nuestros gustos puedan llevarse mal entre sí.
Si eres de izquierdas, te tiene que gustar Silvio. Si eres de derechas, debes denostarlo. Y así con todo. Como si fuera el orden natural de las cosas, como si una canción y un régimen político fueran lo mismo, por mucho que a veces lo sean. En ese maniqueísmo se mueve España desde tiempo inmemorial y el mundo desde que existen las redes sociales. En eso somos unos adelantados a nuestro tiempo, sin duda.
Romperlo debería ser una obligación moral y una forma de objeción de conciencia. Siempre he sido amigo de la incoherencia, lo que me ha llevado a sonados fracasos amorosos, pero me ha hecho también sentir más vivo, más libre.
A mí, no siendo de izquierdas, me encanta Silvio Rodríguez y me emocionan algunas de sus canciones, que he escuchado en bucle cientos de veces. Uno de mis lamentos de juventud es no haber podido entrar en uno de sus conciertos, siendo estudiante, porque no tenía los sesenta euros que costaba la entrada. Un precio, para 2004, muy poco comunista, he de decir.
Intenté colarme, sin éxito. Nunca se me ha dado bien saltarme las reglas, pero sí tratar de pensar por mí mismo, lo que, en cierto modo, supone saltarse las normas no escritas que la mano invisible contemporánea nos impone.
Además, ser de derechas le limita mucho a uno la oferta cultural, por lo que también hay que saltar de una trinchera a otra de vez en cuando. Por lo que sea, el mundo de los artistas e intelectuales ha estado, al menos desde la segunda mitad del S.XX hasta hoy, dominado por la izquierda. Algo parecido ocurrió en Iberoamérica, como si hubiera existido una división del trabajo por la que la derecha se quedaba con el poder -por las buenas o las malas, con notables y terribles excepciones- y la izquierda con las canciones, los libros y las películas. Fue un mal negocio para la primera.
El poder cambia de manos, los mandarines caen, se exilian o mueren, pero, al cabo, “Cien años de soledad” o “El unicornio azul”, permanecen. También “El Aleph” o “La fiesta del chivo” por poner grandes contraejemplos de escritores liberal-conservadores.
Afortunadamente la vida se empeña en estropear esas rigideces y el Gran Hermano no fiscaliza todavía nuestras filias, aunque está en ello. Le hacemos el trabajo en X. A Salvador Sostres le gusta mucho la música de Lluís Llach.
Dice haber acudido a los nueve conciertos que dio el cantante en Barcelona. A mí, aunque me cuesta más separarla del personaje político, también. A raíz del enésimo chiste sobre Ismael Serrano, recuerdo haber oído hace unos meses a Peláez o a Soto Ivars u otro de los referentes de la derecha de hoy —no recuerdo cuál de ellos— defenderlo y decir, en pleonasmo, que le gustaban todos los cantautores de izquierdas.
Y así debe ser. A muchos nos gusta Sabina -aunque ya no sea de izquierdas- y a todos Serrat. Todos hemos besado a una chica con Aute de fondo y no por ello queremos planes quinquenales, ni colectivización, ni vivir en una “komunalka”, por mucho que lo de tener un techo esté hoy complicado. Ahora nos venden las ideas en lotes, como platos congelados. Si uno piensa de determinada manera sobre los impuestos o la vivienda, debe pensar también de una manera concreta sobre inmigración, la guerra de Ucrania, Israel, los toros o Clint Eastwood.
Y si se sale del carril en un solo renglón de esa matriz, siempre viene alguien pidiendo explicaciones. El poder que gobierna el mundo quiere acabar con nuestro pensamiento crítico, en su afán por mantener una tensión permanente en la sociedad antes de que las máquinas acometan el nuevo gran reemplazo. Nos exigimos una coherencia que no existe en la vida real.
La libertad existe para los que están dispuestos a ejercerla, con todas sus consecuencias, sin miedo a ser incoherente ni al “qué dirán”, pues la incoherencia es la militancia que nos hace humanos mientras llegan los robots a acabar con nosotros.
Por eso, si Silvio vuelve a tocar en España pienso pagar la entrada, pues ahora me la puedo permitir. El dinero habrá tardado veintidós años en sanar aquel pequeño trauma de no poder ver en directo a un comunista con una guitarra por ser demasiado caro para el estudiante que un día fui.