jueves, agosto 26, 2010

Analisis de El vigia


silviofilos

lars larsen

EL VIGIA

Agua me pide el retoño
que tuvo empezar amargo
va a hacer falta un buen otoño
tras un verano tan largo
el verde se esta secando
y el viento sur se demora
pero yo sigo esperando
que lleguen cantando
la lluvia y mi hora.

Yo soy de un oficio viejo
como el arroyo y el viento
como el ave y el espejo
como el amor y el invento
yo solo soy un vigia
amigo del jardinero
con la pupila en el dia
que llegara el aguacero
yo solo soy un vigia
amigo del jardinero.

Agua me pide el retoño
que tuvo empezar amargo
va a hacer falta un buen otoño
tras un verano tan largo
el verde se esta secando
y el viento sur se demora
pero yo sigo esperando
que lleguen cantando
la lluvia y mi hora.


Para empezar, vamos al final: observen la singular elipsis operando poco antes de entrar a la repetición de la frase que cierra la canción: “yo solo soy un vigía / amigo del jardinero / con la pupila en el día / que llegará el aguacero”.

Así como está dicha, la frase no tiene sentido, incluso es agramatical: pero nosotros entendemos perfectamente; nosotros, en nuestro rol de receptores activos (de “lectores hembra” como sugería Cortázar en una de sus morellianas), oímos esa frase como “con la pupila ENFOCADA en el día que llegará el aguacero”.

Y como enseñó Freud, en estas elipsis, en estos lapsus del habla, se encierran las grandes verdades del discurso, en estos vacíos de sentido es que nos saltamos las represiones impuestas por el poder que nos somete (sea este poder del talante que fuere).
Se sabe, al menos desde Barthes, que el lenguaje es la estructura más fascista que ha creado la humanidad, ya que el fascismo consiste no tanto en impedir decir, como en obligar a decir (dentro de un idioma sólo puedo usar los símbolos autorizados y usarlos según lo prescribe la gramática: si salgo de esto, soy ininteligible, estoy fuera de la ley intrísecamente fascista de la lengua).

Hay que leer, entonces, este lapsus y el hermetismo todo de la canción como una astucia sutil de desafío a cierta represión, a cierta estructura censora, inquisitorial.
Me explico: “El vigía” opera, como un todo, del mismo modo que esta elipsis del cierre: deja muchos espacios vacíos para ser rellenados desde nuestra escucha activa. De más de una manera, toda la canción es un espacio vacío, un impasse zen, si se quiere.
Mejor todavía, desde los espacios en blanco, desde lo no-dicho de “El vigía”, es que podemos llegar a concebir la totalidad de su(s) sentido(s) posible(s).
Hubo un tiempo, en Sudamérica, en que todos teníamos que hablar así, como en código, para cortocircuitar el aparato represivo.

Nótese que el vigía repite eso de que él es “solo” un amigo del jardinero.
¿Para qué o por qué se ve uno urgido a repetir algo?
Para marcar un punto, para insistir en algo, para asegurar que lo que se dice quede claro, más allá de cualquier duda.
[Convendría tener esto en mente].
Está claro, pues, que la relación que une al vigía con el jardinero es de absoluta importancia (al menos para el vigía). Tanto así que es su única seña positiva de identidad.

Ahora sí, vamos a la primera estrofa.
Es una suerte de noticioso, ¿verdad?
El vigía, el narrador de la canción, da un informe de la situación. Un informe completo, si bien es breve, sucinto, esquemático. Evidentemente, por lo que nos informa “el amigo del jardinero”, las cosas están rematadamente mal en esos parajes: “el verde se está secando”, “el viento sur se demora” (no sé qué pueda significar el “viento para un cubano, un habanero, pero intuyo que presagia lluvia y por tanto es promesa de alivio de la insolente y opresiva canícula estival).
Y, curiosamente, todos los signos de ese estar mal las cosas en ese jardín que es atendido por el amigo del vigía nos son presentados por inversión: con lo cual el vigía transmuta en guía turístico por el reino del revés: tradicionalmente, en términos populares, según la sabiduría rural (pertinente acá al estar el meollo de la canción sobreinscrito en una metáfora sobre el ciclo agrícola), el tener un verano largo es algo bueno, lo no tan bueno es que el invierno o el otoño sean largos, ya que, entre otras cosas, ello amenaza la posibilidad de buena cosecha. Así es que cuando otoño y/o invierno son largos o crudos nace la esperanza de que sobrevenga un buen verano.
Eso es lo normal, lo natural. Esto lo aprendimos hace mucho, cuando andábamos en bolas y a los gritos, dibujando bisontes en las cuevas de Altamira.

En esta canción las cosas están mal, no es un panorama grato el que describe el vigía, eso salta a la vista, pero lo que no cierra es que los síntomas de ese malestar no sigan el patrón usual: el verano ha sido largo y por ello se tiene la esperanza (y más que eso, ya que se dice “va a ser falta”: es decir, se tiene la necesidad) de que venga un “buen otoño”.


¿Qué es un otoño bueno? ¿Es posible un “buen otoño”?
El otoño es la estación de tránsito entre verano e invierno, es el período en que la exuberancia de todo cuanto vive comienza a declinar, a languidecer, a prepararse para morir (la vejez es el otoño de la vida, etc).


El verano, por el contrario, denota el período de mayor plenitud. Durante esta fase todo cuanto vive alcanza su máxima potencia. Por tanto, no sólo que nadie se queja de tener un verano largo sino que un verano largo es lo más deseable. Las ideas de verano largo y excelente cosecha van de la mano.


Repito, entonces, la perplejidad: ¿cómo es posible que un otoño sea “bueno”?
Lo único consistente con el “normal” orden de las cosas es que aquel retoño que tuvo un empezar amargo pida agua porque la sequía lo va aniquilando todo (“el verde se está secando”). Lo cual parece indicar que el retoño tendrá final amargo también.
El resto, cada una de las cosas existentes en este reino, está todo invertido, patas p’arriba.
Y la devastación avanza (imparable, al parecer).


Y no hay ya más esperanza (el verde se está secando, justamente). Es más, como dice el vigía, se anhela “un buen otoño”, es decir urge decaer de una buena vez (¿será eso un buen otoño?) y acabar cuanto antes en el invierno final.
Luego, como es apenas natural, todo recomenzará una vez más.

Bueno, hasta aquí no se ha hecho más que seguir el texto a pie juntillas. Ahora trataré de dar el salto del tramado de símbolos al desierto de lo real.
Este texto es riquísimo.
Da para cualquier lectura.
Ninguna de las posibles interpretaciones, sin embargo, podría alentar ningún tipo de optimismo: “El vigía” es una canción de bajón, amarga (como el empezar del retoño), una canción de borde, como la terribilísima “Variaciones sobre un viejo tema”.

Se me ocurre una lectura de tinte social en sentido amplio, sería una crítica del narrador a la generación inmediatamente posterior a la suya: esta generación que hubo tenido amargo comienzo se consume, según el vigía, sin dar el fruto esperado, se queda en retoño, no florece, no prolifera: le ha sido dado todo (puesto que el verano ha sido largo) y no obstante sigue pidiendo agua.

El vigía afirma no ser parte de esto, no estar metido en ello, no tener culpa ni cargo, ya que por toda seña de identidad él nos dice que es amigo del jardinero.


Y tan sólo eso. Ser amigo del jardinero le basta y sobra como definición de su ser-en-el-mundo.
El vigía está más allá de los pasajeros y acaso triviales, ciclicos conflictos de generaciones, ya que su oficio, es decir su rol social, no depende de estructuras eventuales o circunstanciales: su rol es viejo, antiguo, es algo ligado al curso ciego de la naturaleza, no sujeto a humana expectativa, dice el vigía.


Su rol está ligado al invento, a lo que está en constante movimiento como el ave y el viento; a lo que da vida en quietud, como el arroyo, como el amor. Pero es ambiguo este enumerar. No precisa un determinado oficio: no nos dice: soy programador de computadoras, contrabandista de heroína o profesor de dactilografía. Dice tantas cosas, establece tantas comparaciones vagas, que no dice nada concreto.


Lo único claro en toda esta ambigüedad es la marcada diferencia con el entorno agrícola que define a este reino: invento, ave, viento, espejo... ninguno de ellos pertenece a la sociedad que cuida el jardinero.


El oficio del vigía, se diría parafraseando un evangelio, no es de este mundo.
Así las cosas, puesto que el viento sur se demora, el vigía, feliz y contento de ser amigo del jardinero, es decir satisfecho con estar del lado del poderoso, espera que llueva.
Espera y espera, cantando porque sí, como el viento.


Reflejando las cosas que aparecen ante su superficie inmediata, como el espejo. Vale decir, de modo estéril, sin dimensión, sin voluntad.
Porque sí nomás.
No mueve un dedo para evitar que el verde se siga secando.


No es su oficio, el no es jardinero, él únicamente es amigo de jardinero, lo suyo es, a lo sumo, tener la pupila en foco en el futuro, un futuro que se entrevé despojado de todo delirio utópico, un futuro que es apocalipsis pleno: “el aguacero”, lo llama el vigía (y acá es imposible no recordar el aguacero de “Rabo de nube”, por más que, dado que estamos en el reino del revés, el aguacero ya no augura nada agradable).

Tener la pupila en el día que llegará el aguacero (y no hacer más nada y que precisamente ése sea el oficio viejo de vigía) equivale a decir que el vigía afirma que su oficio único es negar el presente, borrarse de éste, y a la vez servir de testigo, de narrador o cronista de hechos de este presente que en el futuro lejano serán ya pasado, ya que dada su posición privilegiada (su cercanía del jardinero) él puede ver más cosas que nadie (es un vigía justamente, está definido por su capacidad de visión) y decir cosas que otros no pueden. Si bien las dice de modo sibilino, enrevesado (ya se dijo que este autonominado vigía es un cronista del reino del revés, de ahí que su oficio sea viejo como el invento y sobre todo como el espejo: es decir, lo que refleja es percibido patas p’arriba).


Irónicamente, lo único activo en el vigía es su pasividad: “Yo sigo esperando”, dice, literalmente (un “pero” precede a esta afirmación: recordemos que “pero” es un nexo de conjunción adversativa, vale decir un elemento del lenguaje que permite la continuidad de un discurso por el recurso de contradecirlo, transgredirlo, oponerlo, relativizarlo. Lo cual es muy interesante --los marxistas estarán encantados, me imagino).


Lo que espera el vigía es “que lleguen cantando” la lluvia y “su hora”.
No hay otras noticias de cosas en movimiento en este reino del revés, el único gerundio se usa para describir la espera del vigía (esa pasividad activa) y la sequía que avanza, aniquilando lo verde: es decir aniquilando lo nuevo y la esperanza.


No hay salida, está diciendo entrelíneas el vigía; pero a pesar de tener plena conciencia de ello, él no hará nada, seguirá en lo suyo cantando al vacío como el viento, firme en su oficio viejo de espejo, y no moverá un dedo.
Hasta que llegue la lluvia y con ella su hora.
Si es que llega.
(¿Recuerdan la novela Desde el jardín? Su autor es un polaco de apellido difícil. Es la historia de un jardinero que por una confusión acaba siendo presidente de su país. Fue muy leída en los 70 y 80. Hay incluso una película, protagonizada por Peter Sellers).

“El vigía” podría leerse como una suerte de respuesta de Silvio al público joven, al público conformado por esos jóvenes cubanos nacidos luego del triunfo de la revolución: unos jóvenes que nacieron en pleno fervor utópico, unos jóvenes a los que se les prometió el paraíso de la revolución.


Ocurre que cuando esta nueva generación empieza a alzar la voz, se les da por cuestionar a Silvio, por reclamarle su silencio cómplice ante los multiples (t)errores del régimen, se le reclama que el semicalvo ya no es crítico y protestón como cuando era joven, como en las primeras canciones. En aquellos viejos tiempos, Silvio podía ironizar cantando “si un funcionario y un poeta amaran la misma mujer, etc”, pero resulta que no sólo ya no es ese joven sino que ahora, horror de horrores, ha devenido funcionario él también.


En fin (por supuesto, Silvio es mucho más que un simple funcionario, pero nosotros lo vemos desde fuera, muy cómodos, nosotros no vivimos en Cuba, estamos muy lejos de los dolores de un pueblo que, literalmente, se caga de hambre desde hace décadas. De seguro, uno leería muy de otro modo lo que hace Silvio si lo siguiera desde la isla).

La nueva generación, esos retoños que tuvieron difícil comienzo, se resiste a aceptar la visión de la realidad nacional que Silvio describe. Si a ratos hasta pareciera que al fin Silvio ha logrado su sueño mayor, que se ha vuelto un extraterrestre –a juzgar por lo divorciado que está de los problemas diarios que esos jóvenes confrontan.


El siempre estuvo atento al sentir de su generación. El dio belleza y fuerza a las preguntas de esos jóvenes, contemporáneos suyos, que empezaron a hacerse hombres al comienzo de la revolución. Pero estos otros jovenes, hijos de aquellos a los que Silvio canta en “Oda a mi generación”, traen un reclamo que Silvio no entiende, que lo excede, una demanda visceral a la que él no puede dar voz, unas preguntas que Silvio no puede amplificar ni menos responder. Y eso lo jode. Eso le mueve el piso. Esa tensión recorre todo el Tríptico, desde “Llover sobre mojado” hasta “Leyenda”.


¿Han notado como el Tríptico está saturado de imágenes de lluvia?

En esta lectura situada, el retoño sería la generación de cubanos nacidos luego del triunfo de la revolución, apenas luego del baño de sangre entre hermanos y del caos de una sociedad que trataba de hacer pie, que renacía de sus propias cenizas.


El verde que se seca sería la menguante esperanza de esta gente que creyó en la revolución y tambien la creciente carencia de alimentos: el pueblo del jardinero, ese amigo del vigía, es un pueblo que pasa hambre.
Y esa sequía que seca todo lo verde avanza incontenible.

“El vigía” se publica en el segundo disco del Tríptico. Por tanto debe haber sido compuesta entre 1981 y 1983. Antes de salir en disco, Silvio la cantó en sus shows en el Río de la Plata. Y en varios otros lados.
La verdad es que la tocaba mucho por esos días.
Desde el 90 no la ha vuelto a cantar.
El 90 significa la caída del regimen soviético.
Significa, para Cuba, la entrada en el “período especial” y después en la terrible “opción cero”, en una de las crisis económicas más agudas de la historia de esta gente tan sufrida y tan linda (¿han visto los ojos de los cubanos que viven en la isla? No recuerdo haber visto rostros más desolados).


Que esta canción haya sido lanzada en el 84 significa que ya entonces Silvio percibía que las cosas iban mal en Cuba y que lo peor estaba por llegar, venía avanzando a paso acelerado. Y tal vez ese sea el aguacero que este vigía, con la pupila puesta en el futuro, vio venir: es decir, el desastre que se inicia desde los 90 y que sigue hasta ahora. Recordemos que Silvio tiene onda con la tradición romántica del poeta, que se ratonea con esa idea del poeta-profeta, del poeta visionario, el adelantado, el que entre los temblores del presente descifra los signos definitivos de lo que vendrá.
El verano ha sido largo y el retoño sigue pidiendo agua.
El viento sur se demora.


No hay esperanza de mucho, tanto que va a hacer falta un buen otoño.
Estamos, ya se dijo, en el reino del revés, siguiendo la crónica del vigía, quien dice practicar un oficio viejo, similar al amor, el invento y el espejo. Por ello dice que espera que “lleguen cantando” la lluvia y su (propia) hora: es decir, la hora de cumplir su rol, su oficio viejo de salir a cantar, como la lluvia, del otro lado del aguacero.

La revolución debía darlo todo a todos, ser el antídoto contra todos los males de este mundo. Ser el mundo nuevo para los retoños.
El vigía no dice nada respecto al jardinero, no dice si fue bueno o malo, parece ser que el vigía entiende que todo se va al carajo por razones que exceden la pericia de su amigo el jardinero: estaba todo dado para que la cosecha fuese buena (el verano había sido largo, tan largo que llevaba como un cuarto de siglo al momento de la creación de “El vigía”), pero hoy el verde se está secando y la lluvia no llega.


¿Por qué esa esperanza de un otoño largo?
El otoño es la antesala del invierno, la fase que precede a la muerte.
En la revolución del planeta alrededor del sol, el ciclo verano-otoño-invierno-primavera es un ciclo de muerte y resurrección.
Es un ciclo natural, eterno.


La naturaleza sigue una ley mayor que la de cualquier revolución de los hombres, todo lo que florece debe perecer. Así el retoño. Tanto más cuando a pesar de un largo verano no se llegó a mucho o a nada o casi nada que no es lo mismo, etc etc.


La única esperanza es, por tanto, un buen otoño, un aguacero apocalíptico que acabe con todo y facilite la renovación de las cosas para la próxima revolución planetaria, para el próximo verano.
En este orden fatal, el vigía, amigo del jardinero, no hace más que testimoniar lo que ve: los retoños piden agua y el jardinero no puede hacer nada para mantenerlos con vida, se resigna a esperar la lluvia.


Es más, el vigía parece decirnos que él no cree que habrá lluvia, por ello es que afirma que hará falta un buen otoño.
En todo caso, la lluvia que espera el vigía no es la lluvia que saciará la sed de los retoños, es un aguacero, un vendaval, algo que pasará y arrasará con todo.

Como ya expuse antes, el vigía se dice amigo del jardinero pero cuando tiene que identificarse se salta la lógica agrícola que define el espacio en que ocurre la narración del texto y define su estirpe personal en elementos tan disímiles como el arroyo, el invento y el espejo. Llegando incluso a definir su oficio por comparación con estos elementos. Es decir, el vigía se disocia de la crisis general. Se pone más allá. A un lado. De ahí que diga que solamente espera que llueva, que lo único que él hace es tener la pupila en el día que caerá el aguacero aquel.
Hay un desagarro en esa toma de conciencia.

La canción acaba por un regreso al comienzo, porque así tiene que ser, porque es la única salida, dado que es una metáfora del ciclo agrícola, de la danza cósmica de renovación de las generaciones de los hombres: es decir, tal y como al verano sigue el otoño y a éste el invierno y a éste la primavera para volver otra vez al verano, a recomenzar todo otra vez.
Ese recomenzar será ciego y mecánico, como la vida de las imágenes que refleja el espejo.
No hay nada que esperar, nada más, ya no.

Tómense la molestia de escuchar las versiones en vivo de esos años.
La versión en Buenos Aires, por ejplo. Cuánto dolor que se oye cuando Silvio canta la parte final, esa del “verano tan laaaaargo y verde se esta secaaaando”.
Y cómo frasea esa parte de “la pupila en el día que llegará el aguacero”.
Estira d-i-i-i-i-i-a de tal forma que uno casi siente el peso de esa espera.
El peso hijueputa de tener que esperar por un día tan jodido.

“El vigía” podría ser, también, una canción dirigida contra cierto anquilosamiento burocrático de la revolución cubana. Desde esa sospecha, “El vigía” debería escucharse junto a “Jalisco Park” y “Guillermo Tell” de Carlos Varela (canciones que serían algo así como la debacle vista con la pupila de los retoños).


Si esta interpretación fuese válida, resultaría impresionante que Silvio haya logrado deslizar esta canción, tan dura, tan jodida, debajo de las narices de la censura y de la asfixiante represión del régimen.
Y que sin embargo poco después, como buen amigo del jardinero, incluso haya llegado a ser diputado.
Se entendería, entonces, por qué ya no la canta en público.

Intuyo que lo que digo acá no le caerá bien a la mayoría de los silviófilos, seguramente ustedes tendrán otra lectura de esta canción. Sólo puedo decir que escucho al semicalvo desde hace más de veinte años y que interpreto “El vigía”, como todas sus canciones, con la mayor buena fe.
Ustedes diran.
Ralle

El motivo central del texto constituye -en la superficie- una metáfora del ciclo agrícola
Veamos:
el retoño pide agua
el retoño tuvo empezar amargo.
hará falta un buen otoño.
el verano ha sido muy largo.
el verde se está secando.
el viento sur se demora.
El verano ha sido largo y el retoño sigue pidiendo agua.
El viento sur se demora.


Como ya expuse antes, el vigía se dice amigo del jardinero pero cuando tiene que identificarse se salta la lógica agrícola que define el espacio en que ocurre la narración del texto y define su estirpe personal en elementos tan disímiles como el arroyo, el invento y el espejo.




Maine Puede ser, aunque creo que de la realidad de Cuba sólo podemos tener una visión mediada (mediatizada), por lo menos desde donde estoy yo, se me escapan las realidades que pueden provocar esas quejas y me siento muy ignorante de todo eso. Será cuestión de hostigar con preguntas a nuestros silviófilos cubanos.

Fernando Hummmmm... es extraño lo que pasa 8) 8) 8) ..... bueno a quí les vá lo que Lars había posteado...:

Luego de esta definición de la unidad de lugar de la trama, aparece el cantor/narrador diciendo que espera, (“PERO yo sigo esperando”) que lleguen “la lluvia y su hora”. Por lo que este personaje nos dice (y su versión es toda la información disponible para la interpretación del texto), entendemos que él no es un retoño, es de otra especie, y además que no hace nada, solamente espera.


Es, pues, un ente pasivo, si bien más adelante nos contará algunas cosas más sobre su quehacer y, al hacerlo, pasará a ser una suerte de cronista o testigo de lo que pasa y/o amenaza pasar en ese “jardín”.
(No olvidemos, sin embargo, aquel teorema de silviología elemental que dice: “siempre que se hace una historia se habla de un niño, de un viejo o de sí”).

En la segunda estrofa, el narrador nos dice quién es él: no lo hará de modo positivo y abierto sino vagamente, con ambigüedad, con recelo, digamos: el narrador dice ser “el vigía”. No dice ser “un” vigía más, sino “el vigía”. Y como tal, este vigía se pretende parte (o descendiente) de una estirpe practicante de un oficio viejo y se define a sí mismo por comparaciones con arroyo, viento, ave y espejo.


¿Qué pueden tener estos diversos elementos en común con una actividad humana?
Y hacia el final de esta estrofa dirá algo más: “yo solo soy un vigía, amigo del jardinero”.
Añadiendo el dato de que tiene “la pupila en el día que llegará el aguacero”.
Luego de esta auto-presentación, que es también una auto-inclusión en el escenario de la narración, el narrador/vigía entra a la última estrofa; la cual, oh casualidad, es exactamente la misma estrofa del comienzo.


Con lo cual la canción entra en un bucle, se muerde la cola, queda irresuelta, a la expectativa, “esperando su hora” ella también.
Bueno,¿qué diablos está pasando acá?

Para empezar, vamos al final: observen la singular elipsis operando poco antes de entrar a la repetición de la frase que cierra la canción: “yo solo soy un vigía / amigo del jardinero / con la pupila en el día / que llegará el aguacero”.


Así como está dicha, la frase no tiene sentido, incluso es agramatical: pero nosotros entendemos perfectamente; nosotros, en nuestro rol de receptores activos (de “lectores hembra” como sugería Cortázar en una de sus morellianas), oímos esa frase como “con la pupila ENFOCADA en el día que llegará el aguacero”.


Y como enseñó Freud, en estas elipsis, en estos lapsus del habla, se encierran las grandes verdades del discurso, en estos vacíos de sentido es que nos saltamos las represiones impuestas por el poder que nos somete (sea este poder del talante que fuere).
Se sabe, al menos desde Barthes, que el lenguaje es la estructura más fascista que ha creado la humanidad, ya que el fascismo consiste no tanto en impedir decir, como en obligar a decir (dentro de un idioma sólo puedo usar los símbolos autorizados y usarlos según lo prescribe la gramática: si salgo de esto, soy ininteligible, estoy fuera de la ley intrísecamente fascista de la lengua).

Hay que leer, entonces, este lapsus y el hermetismo todo de la canción como una astucia sutil de desafío a cierta represión, a cierta estructura censora, inquisitorial.
Me explico: “El vigía” opera, como un todo, del mismo modo que esta elipsis del cierre: deja muchos espacios vacíos para ser rellenados desde nuestra escucha activa. De más de una manera, toda la canción es un espacio vacío, un impasse zen, si se quiere.


Mejor todavía, desde los espacios en blanco, desde lo no-dicho de “El vigía”, es que podemos llegar a concebir la totalidad de su(s) sentido(s) posible(s).
Hubo un tiempo, en Sudamérica, en que todos teníamos que hablar así, como en código, para cortocircuitar el aparato represivo.

Nótese que el vigía repite eso de que él es “solo” un amigo del jardinero.
¿Para qué o por qué se ve uno urgido a repetir algo?
Para marcar un punto, para insistir en algo, para asegurar que lo que se dice quede claro, más allá de cualquier duda.
[Convendría tener esto en mente].
Está claro, pues, que la relación que une al vigía con el jardinero es de absoluta importancia (al menos para el vigía). Tanto así que es su única seña positiva de identidad.

Ahora sí, vamos a la primera estrofa.
Es una suerte de noticioso, ¿verdad?
El vigía, el narrador de la canción, da un informe de la situación. Un informe completo, si bien es breve, sucinto, esquemático. Evidentemente, por lo que nos informa “el amigo del jardinero”, las cosas están rematadamente mal en esos parajes: “el verde se está secando”, “el viento sur se demora” (no sé qué pueda significar el “viento sur” para un cubano, un habanero, pero intuyo que presagia lluvia y por tanto es promesa de alivio de la insolente y opresiva canícula estival).

Y, curiosamente, todos los signos de ese estar mal las cosas en ese jardín que es atendido por el amigo del vigía nos son presentados por inversión: con lo cual el vigía transmuta en guía turístico por el reino del revés: tradicionalmente, en términos populares, según la sabiduría rural (pertinente acá al estar el meollo de la canción sobreinscrito en una metáfora sobre el ciclo agrícola), el tener un verano largo es algo bueno, lo no tan bueno es que el invierno o el otoño sean largos, ya que, entre otras cosas, ello amenaza la posibilidad de buena cosecha. Así es que cuando otoño y/o invierno son largos o crudos nace la esperanza de que sobrevenga un buen verano.


Eso es lo normal, lo natural. Esto lo aprendimos hace mucho, cuando andábamos en bolas y a los gritos, dibujando bisontes en las cuevas de Altamira.

En esta canción las cosas están mal, no es un panorama grato el que describe el vigía, eso salta a la vista, pero lo que no cierra es que los síntomas de ese malestar no sigan el patrón usual: el verano ha sido largo y por ello se tiene la esperanza (y más que eso, ya que se dice “va a ser falta”: es decir, se tiene la necesidad) de que venga un “buen otoño”.


¿Qué es un otoño bueno? ¿Es posible un “buen otoño”?
El otoño es la estación de tránsito entre verano e invierno, es el período en que la exuberancia de todo cuanto vive comienza a declinar, a languidecer, a prepararse para morir (la vejez es el otoño de la vida, etc).


El verano, por el contrario, denota el período de mayor plenitud. Durante esta fase todo cuanto vive alcanza su máxima potencia. Por tanto, no sólo que nadie se queja de tener un verano largo sino que un verano largo es lo más deseable. Las ideas de verano largo y excelente cosecha van de la mano.


Repito, entonces, la perplejidad: ¿cómo es posible que un otoño sea “bueno”?
Lo único consistente con el “normal” orden de las cosas es que aquel retoño que tuvo un empezar amargo pida agua porque la sequía lo va aniquilando todo (“el verde se está secando”). Lo cual parece indicar que el retoño tendrá final amargo también.


El resto, cada una de las cosas existentes en este reino, está todo invertido, patas p’arriba.
Y la devastación avanza (imparable, al parecer).
Y no hay ya más esperanza (el verde se está secando, justamente). Es más, como dice el vigía, se anhela “un buen otoño”, es decir urge decaer de una buena vez (¿será eso un buen otoño?) y acabar cuanto antes en el invierno final.
Luego, como es apenas natural, todo recomenzará una vez más.

Bueno, hasta aquí no se ha hecho más que seguir el texto a pie juntillas. Ahora trataré de dar el salto del tramado de símbolos al desierto de lo real.
Este texto es riquísimo.
Da para cualquier lectura.
Ninguna de las posibles interpretaciones, sin embargo, podría alentar ningún tipo de optimismo: “El vigía” es una canción de bajón, amarga (como el empezar del retoño), una canción de borde, como la terribilísima “Variaciones sobre un viejo tema”.

Se me ocurre una lectura de tinte social en sentido amplio, sería una crítica del narrador a la generación inmediatamente posterior a la suya: esta generación que hubo tenido amargo comienzo se consume, según el vigía, sin dar el fruto esperado, se queda en retoño, no florece, no prolifera: le ha sido dado todo (puesto que el verano ha sido largo) y no obstante sigue pidiendo agua.


El vigía afirma no ser parte de esto, no estar metido en ello, no tener culpa ni cargo, ya que por toda seña de identidad él nos dice que es amigo del jardinero.
Y tan sólo eso. Ser amigo del jardinero le basta y sobra como definición de su ser-en-el-mundo.
El vigía está más allá de los pasajeros y acaso triviales, ciclicos conflictos de generaciones, ya que su oficio, es decir su rol social, no depende de estructuras eventuales o circunstanciales: su rol es viejo, antiguo, es algo ligado al curso ciego de la naturaleza, no sujeto a humana expectativa, dice el vigía.


Su rol está ligado al invento, a lo que está en constante movimiento como el ave y el viento; a lo que da vida en quietud, como el arroyo, como el amor. Pero es ambiguo este enumerar. No precisa un determinado oficio: no nos dice: soy programador de computadoras, contrabandista de heroína o profesor de dactilografía. Dice tantas cosas, establece tantas comparaciones vagas, que no dice nada concreto.


Lo único claro en toda esta ambigüedad es la marcada diferencia con el entorno agrícola que define a este reino: invento, ave, viento, espejo... ninguno de ellos pertenece a la sociedad que cuida el jardinero.
El oficio del vigía, se diría parafraseando un evangelio, no es de este mundo.
Así las cosas, puesto que el viento sur se demora, el vigía, feliz y contento de ser amigo del jardinero, es decir satisfecho con estar del lado del poderoso, espera que llueva.
Espera y espera, cantando porque sí, como el viento.

Reflejando las cosas que aparecen ante su superficie inmediata, como el espejo. Vale decir, de modo estéril, sin dimensión, sin voluntad.
Porque sí nomás.
No mueve un dedo para evitar que el verde se siga secando.
No es su oficio, el no es jardinero, él únicamente es amigo de jardinero, lo suyo es, a lo sumo, tener la pupila en foco en el futuro, un futuro que se entrevé despojado de todo delirio utópico, un futuro que es apocalipsis pleno: “el aguacero”, lo llama el vigía (y acá es imposible no recordar el aguacero de “Rabo de nube”, por más que, dado que estamos en el reino del revés, el aguacero ya no augura nada agradable).

Tener la pupila en el día que llegará el aguacero (y no hacer más nada y que precisamente ése sea el oficio viejo de vigía) equivale a decir que el vigía afirma que su oficio único es negar el presente, borrarse de éste, y a la vez servir de testigo, de narrador o cronista de hechos de este presente que en el futuro lejano serán ya pasado, ya que dada su posición privilegiada (su cercanía del jardinero) él puede ver más cosas que nadie (es un vigía justamente, está definido por su capacidad de visión) y decir cosas que otros no pueden. Si bien las dice de modo sibilino, enrevesado (ya se dijo que este autonominado vigía es un cronista del reino del revés, de ahí que su oficio sea viejo como el invento y sobre todo como el espejo: es decir, lo que refleja es percibido patas p’arriba).


Irónicamente, lo único activo en el vigía es su pasividad: “Yo sigo esperando”, dice, literalmente (un “pero” precede a esta afirmación: recordemos que “pero” es un nexo de conjunción adversativa, vale decir un elemento del lenguaje que permite la continuidad de un discurso por el recurso de contradecirlo, transgredirlo, oponerlo, relativizarlo. Lo cual es muy interesante --los marxistas estarán encantados, me imagino).


Lo que espera el vigía es “que lleguen cantando” la lluvia y “su hora”.
No hay otras noticias de cosas en movimiento en este reino del revés, el único gerundio se usa para describir la espera del vigía (esa pasividad activa) y la sequía que avanza, aniquilando lo verde: es decir aniquilando lo nuevo y la esperanza.


No hay salida, está diciendo entrelíneas el vigía; pero a pesar de tener plena conciencia de ello, él no hará nada, seguirá en lo suyo cantando al vacío como el viento, firme en su oficio viejo de espejo, y no moverá un dedo.
Hasta que llegue la lluvia y con ella su hora.
Si es que llega.
(¿Recuerdan la novela Desde el jardín? Su autor es un polaco de apellido difícil. Es la historia de un jardinero que por una confusión acaba siendo presidente de su país. Fue muy leída en los 70 y 80. Hay incluso una película, protagonizada por Peter Sellers).

“El vigía” podría leerse como una suerte de respuesta de Silvio al público joven, al público conformado por esos jóvenes cubanos nacidos luego del triunfo de la revolución: unos jóvenes que nacieron en pleno fervor utópico, unos jóvenes a los que se les prometió el paraíso de la revolución.


Ocurre que cuando esta nueva generación empieza a alzar la voz, se les da por cuestionar a Silvio, por reclamarle su silencio cómplice ante los multiples (t)errores del régimen, se le reclama que el semicalvo ya no es crítico y protestón como cuando era joven, como en las primeras canciones. En aquellos viejos tiempos, Silvio podía ironizar cantando “si un funcionario y un poeta amaran la misma mujer, etc”, pero resulta que no sólo ya no es ese joven sino que ahora, horror de horrores, ha devenido funcionario él también.

En fin (por supuesto, Silvio es mucho más que un simple funcionario, pero nosotros lo vemos desde fuera, muy cómodos, nosotros no vivimos en Cuba, estamos muy lejos de los dolores de un pueblo que, literalmente, se caga de hambre desde hace décadas. De seguro, uno leería muy de otro modo lo que hace Silvio si lo siguiera desde la isla).

La nueva generación, esos retoños que tuvieron difícil comienzo, se resiste a aceptar la visión de la realidad nacional que Silvio describe. Si a ratos hasta pareciera que al fin Silvio ha logrado su sueño mayor, que se ha vuelto un extraterrestre –a juzgar por lo divorciado que está de los problemas diarios que esos jóvenes confrontan.

El siempre estuvo atento al sentir de su generación. El dio belleza y fuerza a las preguntas de esos jóvenes, contemporáneos suyos, que empezaron a hacerse hombres al comienzo de la revolución. Pero estos otros jovenes, hijos de aquellos a los que Silvio canta en “Oda a mi generación”, traen un reclamo que Silvio no entiende, que lo excede, una demanda visceral a la que él no puede dar voz, unas preguntas que Silvio no puede amplificar ni menos responder. Y eso lo jode. Eso le mueve el piso. Esa tensión recorre todo el Tríptico, desde “Llover sobre mojado” hasta “Leyenda”.
¿Han notado como el Tríptico está saturado de imágenes de lluvia?

En esta lectura situada, el retoño sería la generación de cubanos nacidos luego del triunfo de la revolución, apenas luego del baño de sangre entre hermanos y del caos de una sociedad que trataba de hacer pie, que renacía de sus propias cenizas.

El verde que se seca sería la menguante esperanza de esta gente que creyó en la revolución y tambien la creciente carencia de alimentos: el pueblo del jardinero, ese amigo del vigía, es un pueblo que pasa hambre.
Y esa sequía que seca todo lo verde avanza incontenible.

“El vigía” se publica en el segundo disco del Tríptico. Por tanto debe haber sido compuesta entre 1981 y 1983. Antes de salir en disco, Silvio la cantó en sus shows en el Río de la Plata. Y en varios otros lados.
La verdad es que la tocaba mucho por esos días.
Desde el 90 no la ha vuelto a cantar.
El 90 significa la caída del regimen soviético.


Significa, para Cuba, la entrada en el “período especial” y después en la terrible “opción cero”, en una de las crisis económicas más agudas de la historia de esta gente tan sufrida y tan linda (¿han visto los ojos de los cubanos que viven en la isla? No recuerdo haber visto rostros más desolados).


Que esta canción haya sido lanzada en el 84 significa que ya entonces Silvio percibía que las cosas iban mal en Cuba y que lo peor estaba por llegar, venía avanzando a paso acelerado. Y tal vez ese sea el aguacero que este vigía, con la pupila puesta en el futuro, vio venir: es decir, el desastre que se inicia desde los 90 y que sigue hasta ahora. Recordemos que Silvio tiene onda con la tradición romántica del poeta, que se ratonea con esa idea del poeta-profeta, del poeta visionario, el adelantado, el que entre los temblores del presente descifra los signos definitivos de lo que vendrá.


El verano ha sido largo y el retoño sigue pidiendo agua.
El viento sur se demora.
No hay esperanza de mucho, tanto que va a hacer falta un buen otoño.
Estamos, ya se dijo, en el reino del revés, siguiendo la crónica del vigía, quien dice practicar un oficio viejo, similar al amor, el invento y el espejo. Por ello dice que espera que “lleguen cantando” la lluvia y su (propia) hora: es decir, la hora de cumplir su rol, su oficio viejo de salir a cantar, como la lluvia, del otro lado del aguacero.

La revolución debía darlo todo a todos, ser el antídoto contra todos los males de este mundo. Ser el mundo nuevo para los retoños.
El vigía no dice nada respecto al jardinero, no dice si fue bueno o malo, parece ser que el vigía entiende que todo se va al carajo por razones que exceden la pericia de su amigo el jardinero: estaba todo dado para que la cosecha fuese buena (el verano había sido largo, tan largo que llevaba como un cuarto de siglo al momento de la creación de “El vigía”), pero hoy el verde se está secando y la lluvia no llega.


¿Por qué esa esperanza de un otoño largo?
El otoño es la antesala del invierno, la fase que precede a la muerte.
En la revolución del planeta alrededor del sol, el ciclo verano-otoño-invierno-primavera es un ciclo de muerte y resurrección.
Es un ciclo natural, eterno.


La naturaleza sigue una ley mayor que la de cualquier revolución de los hombres, todo lo que florece debe perecer. Así el retoño. Tanto más cuando a pesar de un largo verano no se llegó a mucho o a nada o casi nada que no es lo mismo, etc etc.
La única esperanza es, por tanto, un buen otoño, un aguacero apocalíptico que acabe con todo y facilite la renovación de las cosas para la próxima revolución planetaria, para el próximo verano.


En este orden fatal, el vigía, amigo del jardinero, no hace más que testimoniar lo que ve: los retoños piden agua y el jardinero no puede hacer nada para mantenerlos con vida, se resigna a esperar la lluvia.
Es más, el vigía parece decirnos que él no cree que habrá lluvia, por ello es que afirma que hará falta un buen otoño.
En todo caso, la lluvia que espera el vigía no es la lluvia que saciará la sed de los retoños, es un aguacero, un vendaval, algo que pasará y arrasará con todo.

Como ya expuse antes, el vigía se dice amigo del jardinero pero cuando tiene que identificarse se salta la lógica agrícola que define el espacio en que ocurre la narración del texto y define su estirpe personal en elementos tan disímiles como el arroyo, el invento y el espejo. Llegando incluso a definir su oficio por comparación con estos elementos. Es decir, el vigía se disocia de la crisis general. Se pone más allá. A un lado. De ahí que diga que solamente espera que llueva, que lo único que él hace es tener la pupila en el día que caerá el aguacero aquel.
Hay un desagarro en esa toma de conciencia.

La canción acaba por un regreso al comienzo, porque así tiene que ser, porque es la única salida, dado que es una metáfora del ciclo agrícola, de la danza cósmica de renovación de las generaciones de los hombres: es decir, tal y como al verano sigue el otoño y a éste el invierno y a éste la primavera para volver otra vez al verano, a recomenzar todo otra vez.
Ese recomenzar será ciego y mecánico, como la vida de las imágenes que refleja el espejo.
No hay nada que esperar, nada más, ya no.

Tómense la molestia de escuchar las versiones en vivo de esos años.
La versión en Buenos Aires, por ejplo. Cuánto dolor que se oye cuando Silvio canta la parte final, esa del “verano tan laaaaargo y verde se esta secaaaando”.
Y cómo frasea esa parte de “la pupila en el día que llegará el aguacero”.
Estira d-i-i-i-i-i-a de tal forma que uno casi siente el peso de esa espera.
El peso hijueputa de tener que esperar por un día tan jodido.

“El vigía” podría ser, también, una canción dirigida contra cierto anquilosamiento burocrático de la revolución cubana. Desde esa sospecha, “El vigía” debería escucharse junto a “Jalisco Park” y “Guillermo Tell” de Carlos Varela (canciones que serían algo así como la debacle vista con la pupila de los retoños).
Si esta interpretación fuese válida, resultaría impresionante que Silvio haya logrado deslizar esta canción, tan dura, tan jodida, debajo de las narices de la censura y de la asfixiante represión del régimen.
Y que sin embargo poco después, como buen amigo del jardinero, incluso haya llegado a ser diputado.
Se entendería, entonces, por qué ya no la canta en público.

Intuyo que lo que digo acá no le caerá bien a la mayoría de los silviófilos, seguramente ustedes tendrán otra lectura de esta canción. Sólo puedo decir que escucho al semicalvo desde hace más de veinte años y que interpreto “El vigía”, como todas sus canciones, con la mayor buena fe.
Ustedes diran.
LL
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Agua me pide el retoño
que tuvo empezar amargo.
Va a hacer falta un buen otoño
tras un verano tan largo.

El retoño, el hijo, o una idea nueva de sociedad(?) necesita agua, alimento para seguir creciendo. Puede ser que se refiera a la revolucion cubana, por lo del empezar amargo. En toda revolucion armada los costos en vidas humanas iniciales son altisimos. La cosa es que este germen, este retoño necesita agua y el verano ha sido largo y seco y se necesita un buen otoño, muchas lluvias opara alimentar al retoño.

El verde se está secando
y el viento sur se demora
pero yo sigo esperando
que lleguen cantando
la lluvia y mi hora.

La sequía continua (el bloqueo a Cuba?) y el viento sur se demora (otros paises latinoamericanos que se emancipen de EEUU?). En muchos lugares el viento sur es augurio de lluvia. "Y yo sigo esperando", claro porque por más que quieras que llueva, no depende de ti. Difiero con la idea de que el narrador sea pasivo. Simplemente hay cosas que tu esperas que sucedan, tienes la esperanza que sucedan, pero que no dependen de ti (la lluvia, la independencia o solidaridad de otros pueblos)
Que lleguen cantando (la lluvia canta al caer) y mi hora. Es decir que al llegar la hora esperada, sera un momento de alegria (la lluvia, el fin de la sequia) y es SU hora puesto que en ese mismo instante se termina su labor de vigia ("Ya no te espero Ya he liberado a tu patria Hija de una espera larga Ya hay un primero de enero Que funda a sus compañeros Con la sed de mi garganta")

Yo soy de un oficio viejo
como el arroyo y el viento,
como el ave y el espejo,
como el amor y el invento.

El oficio de cantar, de vigilar, de anunciar alboradas, de trovador. Como el arroyo y el viento, que cantan y traen nuevas aguas, nuevas corrientes. El ave y el espejo. El ave tambien canta y el espejo refleja la realidad, que es en gran parte lo que hace un autentico trovador.
El amor y el invento: Labores tambien netamente trovadorescas, cantarle al amor e inventar nuevos versos, nuevas melodias.




Yo sólo soy un vigía
amigo del jardinero
con la pupila en el día
que llegará el aguacero.
Yo sólo soy un vigía
amigo del jardinero.

Yo sólo soy un observador, uno mas del montón,
Recuerdan estos versos a Casiopea: Como una gota fui de la marea
la playa me hizo grano de la arena.
Fui punto en multitud por donde fui
nadie me detectó y así aprendí.

Pero a la vez soy participie de esta esperanza, puesto que ayudare a mi amigo el Jardinero (Fidel?) a buscar esas nubes de esperanza, de alimento para mi retoño, mi revolucion


(1983)

beto juarez
Güije A ver si se acuerdan de otras canciones, pero hallo interesante que en Flores Nocturnas Silvio dice: "¿qué jardinero ha sembrado la quinta avenida?"
Yo creo que es el mismo jardinero de El Vigía.

Ralle Yo no creo que sea el mismo jardinero. Recuerden que "el Vigia" forma parte de la obra Tríptico, que esta dedicado y es un homenaje al primer cuarto de siglo de la Revolución Cubana.

Simplemente en "Flores Nocturnas" se pregunta que jardinero sembró esas flores y por supuesto lo central aqui son las flores, no el jardinero.

En "el Vigia" el jardinero es un creador, es el artifice de toda una esperanza nueva.

Maine Está muy interesante tu interpretación Ralle, gracias por compartirla. Me parece muy atinada esa visión del verso "como el ave y el espejo". Yo tampoco creo que haya pasividad en ese seguir esperando la llegada de las "lluvias", sino esperanza (si, ya sé, esa palabreja la meto hasta en la sopa), obstinación en creer que las cosas buenas van a llegar. El hecho de considerarse "solo" un vigía, me parece un gesto de humildad, más que nada.

Con respecto a los jardineros en las distintas canciones, que no recuerdo ninguna otra; si el jardinero es Fidel, o sea, si coincidimos con eso y pensamos que es el mismo de "Flores nocturnas", entonces lo estamos considerando responsable de la prostitución en Cuba. Eso no me queda muy claro, a no ser que alguna de esas premisas esté errada.
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beto juarez Flores Nocturnas es una canción "política", digamos. Mejor aún: es una de esas que aprueba el poder de la isla. La mención al jardinero ha de ir en ese sentido. No hay vuelta.

El Vigía, como tú dices bien, tiene todos esos elementos.
Tú dices:
"Pero a la vez soy participie de esta esperanza, puesto que ayudare a mi amigo el Jardinero (Fidel?) a buscar esas nubes de esperanza, de alimento para mi retoño, mi revolucion".

Tú, Ralle, sugieres ver en ese jardinero a Fidel.
De ese hilo, muy cerca a tus sugerencias, me preguntaba yo por este otro jardinero.

Y recuerda esta otra imagen, en Paula:
" ... yo pudiera darte un inmenso jardín
si pudiera darte todo mi país".

Ralle Si Beto, pero resulta que el jardinero de El Vigia esta conrtuyendo un jardin de esperanza, de futuro. Y el jardinero de "flores nocturnas" esta sembrando la 5ta avenida de prostitucion. Y ademas conociendo la relacion de amistad entre Silvio y Fidel, y más que amistad. La verdad es que Silvio es hasta diputado por la Revolucion Cubana. Entonces no se puede explicar de ninguna forma que sea el mismo jardinero.

4 comentarios:

floor rugs dijo...

Muy bueno! Saludos!

Marcelo dijo...

Excelente! Grande Silvio

Anónimo dijo...

Siempre pense en el "vigia" como un espantapajaros.

Anónimo dijo...

Siempre pense que el vigia era um espantapájaros