viernes, enero 09, 2026

Me asusta el odio y la cobardía acumulada por tanto tiempo en tanta gente.

Miguel Fernández Martinez

Me asusta, no por miedo, pero si por ver hasta donde se puede degradar el ser humano. Pedir la muerte de los suyos desde lejos, es el acto más cobarde y deleznable que pueda cometerse. Nunca pidas a otro lo que no puedes hacer tú por falta de coraje.

   Las diferencias políticas, los vaivenes ideológicos, el enfrentamiento a las injusticias en criterios de algunos, no pueden llevar al límite del barbarismo. La tierra es sagrada, la familia y los amigos son sagrados. No concibo que la destrucción y la muerte sea la “solución” de los cobardes para disipar sus propios miedos.

  La inmensa mayoría de los que ahora piden el terror y las bombas como recurso para conseguir sus propósitos “libertarios” en la Patria que los vio nacer y que ahora reniegan, jamás tuvieron un ápice de coraje para expresarlos –ni de forma tibia-, cuando lo vivieron en la tierra que ahora piden arrasar con misiles. Su eterna cobardía los mantuvo siempre en silencio por miedo.

   Ahora, cuando suponen sentirse seguros en otras tierras, no dudan en pedir que alguien “les haga el favor” para conseguir lo que nunca tuvieron pantalones ni calzoncillos de hacer por ellos mismos.

   Solo un ruin cobarde puede pedir masacres como alternativa. Y eso no tiene nada que ver con ideologías ni políticas fallidas. Solo define la pobreza espiritual de quienes piden la muerte como solución, o mejor, como alternativa a su cobardía.

   Dijo una vez Silvio Rodríguez, que “todos los tipos de muerte hacen cola/ ante mi puerta, esperando su hora/ el instrumento es quien cambia de rostro/ pero yo sé que hay un único odio…”

   En estos tiempos de salvajismo político, todo es previsible, todo puede suceder. Y muchos de los que alguna vez fueron hermanos, hijos de una misma tierra, se transforman en bestias salvajes, sedientas de sangre, pero que sueñan con que otros le hagan la tarea que su miedo perpetuo les impide resolver.

   “…Siempre que un hombre le pega a otro hombre/ no es al cuerpo al que le quiere dar/ dentro del puño va el odio a una idea que lo agrede,/ que lo hace cambiar...”, aseguró Silvio en su canción “Nunca he creído que alguien me odia”.

   Pido a Dios que mi tierra no sea agredida. Que los huesos de mis ancestros no se conviertan en polvo quemado, esparcidos al aire. Que mi gente pueda encontrar soluciones a sus conflictos sin que el “amo supremo” del mundo intervenga con fuego y muerte. Y lo pido con la certeza que esas pobres almas envilecidas por el odio y que reclaman desgracias para los suyos, tampoco se libraran de la muerte.



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