domingo, agosto 30, 2026

 

Ochenta años de Silvio

ANÁLISIS

Tenía once años cuando rompí de un martillazo la alcancía que me había hecho para la comunión mi vecino Juan, uno de los más afamados alfareros de Úbeda, de la familia de los Tito. Seis mil pesetas. Con mi fortuna metida en una bolsa de Cobreros, mis padres me llevaron a la ferretería más grande del pueblo, que, por alguna razón, vendía también guitarras. Me llegó para la más mala, que es a la que más cariño le tengo hoy.

A decir verdad, nunca sentí la llamada de la música, tal como sí me había ocurrido con la pintura. Pero mis amigas se habían apuntado al coro religioso del colegio y, como yo ya había cambiado la voz, sor Dedo –monja que tocaba la guitarra con un solo dedo porque había perdido el resto de la mano derecha– me permitió acompañarlas con la guitarra. El entusiasmo por estar junto a ellas y la disciplina férrea de la hermana hicieron que, en poco tiempo, superara a mi propia maestra. Desarrollé oído absoluto. Cada tarde debía adaptar el tono de las canciones a las voces atipladas e irregulares de mis amigas, y la necesidad hizo de mí un maestro. Aparte de acabar dirigiendo el coro y de tragarme ochocientas misas, por las tardes comencé a cantar en solitario. Me entretenía en el cerro más alto de Úbeda sacando de oído cualquier canción. La previsibilidad armónica de la mayoría de las canciones hizo que pronto perdiera el interés, hasta que mi hermana, con quien me llevo casi una década, me trajo un libro fotocopiado que contenía las canciones de un tal Silvio Rodríguez.

Me puse el único disco de Silvio que tenía mi hermana –que resultó ser el mejor de su carrera, Al final de este viaje – y quedé deslumbrado por sus letras. Sin saberlo, estaba frente a los himnos de mi vida: Canción del elegido , con su verso universal “lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta
la vida”; La era está pariendoun corazón , con un crescendo inolvidable, o las ineludibles Óleo de una mujer con sombrero y Ojalá , que junto a La maza y a Te doy una canción , figuran entre sus obras más emblemáticas. Al día siguiente pedí prestados varios casetes al padre de mi amigo Julio. Con el hijo jugaba a la play y con sus padres charlaba de libros y de música. Un niño viejo. Creo que nunca rebobiné tantas veces una cinta como la de Mujeres . Giraba el lápiz ilusionado por volver a escuchar Ya no te espero , mi favorita.

Lo que más me fascinó de Silvio, más que su poesía, fueron sus complejas armonías. Ensamblar aquellos acordes no iba a ser sencillo. Descubrí que alejarme de los primeros trastes y aventurarme mástil arriba era una tortura; una tortura maravillosa. Así, aprendí con La familia, la propiedad privada y el amor a pasar de los tonos menores a los mayores como si te sacudiera un mar enfurecido, y a hacer dobles voces con Caballo místico , Las ruinas y Lo de más . Silvio me facilitó el don de la música. Le debo tanto como al llanto: el don de poder transformar lo terrible en algo bello.
Silvio Rodríguez en el 2024
Silvio Rodríguez en el 2024Europa Press News / Getty

Dice el trovador en Hoy no quiero estar lejos de la casa y el árbol : “Hoy te quiero cantar más allá de donde ha de llegar la canción”. Lo lograste. Y somos legión los que aprendimos a escuchar el mundo contigo.

Te escucharemos el martes en el Liceu.


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