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| La manifestación para denunciar el bloque que sufre Cuba pasa ante un cartel que anuncia el concierto de Silvio Rodríguez (Mikel MARTÍNEZ DE TRESPUENTES | FOKU) |

La historia de los pueblos también se dicta, y se proyecta, a través de sus canciones. Una función para la que parece concebido el extenso repertorio de Silvio Rodríguez (1946), alojado a lo largo de más de una veintena de discos y una biografía artística que se acerca a las seis décadas de actividad. Melodías y textos que han ejercido, y lo siguen haciendo, como relato oral transmitido de generación en generación, una cronología discurrida entre los pliegues de una pequeña, pero insurrecta isla caribeña. Enunciadas bajo un intimismo individual tras el que se hospeda un retrato colectivo, las composiciones del ya casi octogenario autor siguen consolidándose tras una ecuación que conjuga la elegante sensibilidad con el fervor revolucionario.
Desde las dos orillas se observa una misma realidad
Lejos ya, si atendemos a las cifras del calendario, de ese joven que configuró, junto a entre otros Pablo Milanés, Noel Nicola o Sara González, el movimiento de la Nueva Trova, banda sonora del alzamiento popular contra la dictadura de Fulgencio Batista, sin embargo, la realidad y el indudable talento artístico que le convierte en universal, sigue confiriendo a su legado un incunable acento actual. Herencia que convierte cada uno de sus conciertos en un acto que trasciende lo estrictamente musical, comportándose como un ejercicio de solidaridad transoceánica.
Una materialización escuchada desde minutos antes del recital, por medio de las concentraciones que en los alrededores del recinto protestaban contra el injusto y sanguinario bloqueo, y visible en las ikurriñas, banderas de Palestina, Cuba o con la efigie del Che Guevara que lucían los palcos del palacio Euskalduna.
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| Las banderas de Cuba y Palestina, hermanadas en el Euskalduna. (Mikel MARTÍNEZ DE TRESPUENTES | FOKU) |
Un eslabón de enganche entre puntos –solo geográficamente– distantes que asumió el bertsolari Jon Maia, que, en forma de conciso pero jugoso entremés, hizo de su admiración por el trovador latinoamericano un emocionante homenaje que, previo paso por la interpretación del tema ‘Itsasoa gara’, coronó con un desgarrado poema que situó a La Habana como principal exportador de utopías.
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| Jon Maia ha hecho un conciso pero jugoso entremés en el concierto. (Mikel MARTÍNEZ DE TRESPUENTES | FOKU) |
Aunque imposible de atisbar desde este rincón del Cantábrico la arena de las playas caribeñas o los malecones habitados por paseos rítmicos, durante casi dos horas, el Palacio Euskalduna mudó el sábado su espíritu para presentarse como capital del sueño tropical.
Una ‘transformación’ asumida con el fin de recibir a un Silvio Rodríguez que, escoltado por un septeto de músicos, se situaba en el centro de un escenario en el que oficiaba de maestro de ceremonias que, pese a ‘ocultarse’ tras una gorra y auriculares, mantiene agilidad con la guitarra –demostrada en la desnuda ‘A dónde van’– y en sus cuerdas vocales –inevitablemente cuarteadas por el paso del tiempo– una profunda calidez; la necesaria para hacer de sus canciones historias compartidas donde las rosas y los fusiles son elementos obligados a convivir cuando se trata de recuperar una libertad arrebatada.
El presente de lo universal
En esa cercanía emocional exhibida por un sobresaliente concierto, mucho tiene que ver también que el mítico compositor comparezca ante el público flanqueado por su propia mujer, Niurka González, encargada de la flauta, e hija, Malva Rodríguez, intercalando piano y celestiales coros.
Un entorno familiar –especialmente perceptible en la conjura de los tres entorno a ‘La belleza’, original de Luis Eduardo Aute– que logra hacer del escenario de cualquier ciudad, por muy remota que sea, su salón de casa. Una habitación, en este caso colmada de público y de imponentes techos, en la que desplegó un repaso de una carrera que, al contrario que otros veteranos, no descuida su obra más contemporánea.
Tanto es así que su último álbum, ‘Quería saber’, fechado en el 2024, tuvo representación en canciones como ‘Viene la cosa’, pese a su luminoso paso, retrato de un oscuro futuro que ya habita nuestro presente, o la más recogida ‘Nuestro después’.
Capturas del más cercano entorno creativo que retrocedió pocas fechas, todavía en pleno siglo XXI, para dar espacio a ‘En cuál de esos planetas’, una colorida coreografía melódica casi pop danzada como reclamo de humanidad al (des)orden cósmico.
La condición más trovadoresca, esencial para configurar en su totalidad el perfil del músico, se presentó al recurrir a los escritos de José Martí, pertenecientes a ‘Maestros ambulantes’, o con la lectura del poema de Luis Rogelio Nogueras, ‘Halt!’, una vinculación entre la ‘fábrica de horror’ que fue el campo de concentración de Auschwitz y el genocidio palestino a la que dio continuidad, con una kufiya sobre sus hombros, a través de la épica ‘La era está pariendo un corazón’.
Palabras de compromiso que tomarían cuerpo a través del nombre de ‘Pepe’ Mujica, y su compañera sentimental Lucía Topolansky, en la bucólica ‘Más porvenir’ y que extenderían los honores al guerrillero Abel Santamaría, destinatario de la juglaresca ‘Canción del elegido’.
Retrato de un mundo en pie de guerra perpetua contra los desheredados que encuentra en la agilidad rítmica de ‘Me acosa el Carapálida’ el explícito señalamiento, igualmente pertinente por desgracia a día de hoy, a ese territorio que hace de su bandera hecha de barras y estrellas un eclipse para cualquier esperanza de justicia.
Como era de esperar, en ese recorrido por la extensa carrera del compositor en que transformó su concierto, los espacios más demandados respondieron al nombre de temas ilustres que ya se han agazapado, silenciosos pero emocionantes, en el imaginario colectivo.
Un ejercicio de confraternización con el público, madrugador con la hipnótica ‘Sueño con serpientes’ y la melancólica acogida a todos los vagabundos del orden establecido que es ‘Ala de colibrí’, que se repetiría progresivamente en diferentes episodios de la velada hasta la llegada de los bises.
En ese intervalo se presentaron, entre otras, el arrebatador tribalismo de ‘El necio’; la amable coralidad –convertida en sinfonía desde las butacas– de ‘Quién fuera’ o una ‘Eva’ que abdica de ser exclusivamente la costilla de la historia.
Ya presentadas en el regreso al escenario, el momento de las despedidas vino introducido por la icónica ‘Ojalá’, que demostró su condición compartiendo interpretación con las gargantas de los asistentes, y la acogedora nostalgia de ‘Venga la esperanza’. Magníficos y demostrativos fragmentos de un arraigo popular transformado en arte mayor.
Cerrar una insuperable noche con ‘Te doy una canción’, además de tratarse de uno de sus títulos más emblemáticos, resulta un exacto resumen de lo que supone la figura de Silvio Rodríguez. Una carrera, compendiada durante esta jornada sabatina, determinada a contrariar a quienes sepultan la capacidad de la música para alterar el rumbo del mundo, porque sus composiciones, pequeñas pero extraordinarias estampas, ilustran que no existe acto humano que no se escriba y se relacione en plural. Ya que, como nos ha instruido –y lo sigue haciendo– durante años su voz, un suspiro romántico también inhala el clamor revolucionario y una llamada a la insubordinación puede ser remitida en una carta perfumada.



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