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martes, octubre 13, 2026
Silvio Rodríguez, el último trovador cubano, no se rinde y concluye la gira española en Madrid
Movistar Arena, Madrid. Domingo, 4 de octubre del 2026.
Texto: Guillermo García Domingo.
Fotografías: Marián Bujanda Bravo.
Antes de que actuara Silvio Rodríguez
en su último concierto de la gira española (el décimo de la gira) el pasado domingo, lo precedió Pedro Pastor, que interpretó varias canciones militantes (sirva de ejemplo “Los olvidados”) con la intención de iluminar la oscuridad política que nos asedia por todas partes.
El joven cantautor es el hijo de Lourdes Guerra y Luis Pastor, que ya contradijo hace unos años la idea de que los cantautores estaban desapareciendo con la ayuda de su canción recitada “¿Qué fue de los cantautores?”. Las hermosas canciones de Pedro Pastor inciden en la misma idea: la canción de autor ofrece el mejor cauce sentimental y musical para expresar el compromiso y la esperanza en épocas de transformaciones sociales y políticas como la actual.
Los vientos revolucionarios de Cuba llevaron a Silvio en volandas hasta España al mismo tiempo que otros cantautores coetáneos en los años setenta del siglo pasado se hacían eco de lo que estaba pasando en las postrimerías del franquismo. Desde el principio Silvio gozó de una popularidad extensa e intensa en nuestro país que no ha decaído en ningún momento, aunque la trayectoria musical de Silvio haya tenido altibajos.
La voz de Silvio, lo comprobamos en los primeros compases de “Historia de las sillas”, no ha envejecido; su timbre singularísimo es el complemento perfecto para los delicados arreglos que extrae de su guitarra. Ambos instrumentos conforman un órgano indisoluble.
El concierto, no obstante, alternó entre los pasajes musicales acústicos en los que los asistentes que llenaban el recinto cubierto más grande que hay en Madrid se animaban a cantar, y los pasajes orquestales que rezumaban el arte y la tradición de la nueva trova cubana que enardeció a Centroamérica en los años 70, período que coincidió con la consolidación la revolución cubana y la sandinista más adelante.
Los momentos orquestales prevalecieron, lo que definió el destino del concierto y evitó que éste se convirtiera en un homenaje más a Silvio y a sus canciones eternas. No lo necesitan, ellas se defienden por sí solas, aunque adquieran un estilo diferente. Algún tema de siempre como “Escaramujo” (“Rodríguez”, 1994), revivió animada por el espíritu del son cubano en una versión memorable gracias a la orquesta que acompañaba al cantautor. La interpretación de esta canción dedicada a las niñas y niños “pregunteros”, y a los filósofos que se niegan a crecer al igual que Peter Pan, suscitó admiración. Como también lo hizo la “Pequeña serenata diurna” que adoptó la forma de una canción de “bossa nova”.
En la mayoría de las canciones destacaron las tonalidades ofrecidas por la flauta travesera de Niurka González, la aportación de Maykel Elizarde, tocando el tres cubano y sus cuerdas dobles, el fondo del contrabajo de Jorge Reyes, y el piano luminoso de Jorge Aragón. Qué diferente habría sido “Sueño con serpientes” y sus aires orientalizantes sin la contribución de todos ellos. Hicieron lo propio con canciones menos habituales y populares. Me refiero a “¿A dónde van?”, que resultó verdaderamente hermosa o “Virgen de Occidente”. A propósito de esta canción, la crítica imperialista ha sido, es y será un denominador común de todos las veladas a las que nos invita Silvio. Su país es uno de los que con mayor determinación se ha enfrentado al imperialismo yanqui que el presidente actual de USA ha recuperado. La semana pasada anunció en la sede de la impotente ONU que “Cuba caerá” con el tono de matón al que nos tiene acostumbrados. Otro pueblo que ha sufrido las peores consecuencias del imperialismo es el palestino. Cuando todavía estábamos sobrecogidos por culpa de “La canción del elegido”, Silvio leyó un poema de Luis Rogelio Nogueras titulado "Halt!", escrito bajo los efectos perturbadores de la visita que hizo a Polonia y a Auschwitz en 1979, y casi al mismo tiempo que declamaba los últimos versos que apelan directamente a las personas judías de Israel: “Pienso en ustedes/ y no acierto a comprender/cómo/ olvidaron tan pronto/ el vaho del infierno”, la hija del cantante (que forma parte del elenco) le puso una kufiya palestina sobre los hombros, que llevó mientras interpretaba “La era está pariendo un corazón”.
Esta última canción mencionada sirve para apoyar la idea de que el concierto, pese al ambiente pesimista imperante, no pecó de derrotista ni mucho menos. Varias canciones del repertorio sembraron la esperanza en el público y nos animaron a no dejar de cebar la imaginación política, que es más imprescindible que nunca. Una de ellas fue “Más porvenir”, dedicada a Pepe Mujica, casi tan querido como Silvio por parte del público; también, “Venga la esperanza” y hacia el final el “Reparador de sueños”, protagonizada por esa “personita” que puede “enmendar lo roto”, “trocando lo sucio en oro”.
El momento íntimo de “La belleza” de Luis Eduardo Aute, que vivía por cierto a unos pasos de este lugar, en el encantador barrio de la Fuente del Berro, además de hacer honor a su nombre, no podía ser más pertinente en esta ciudad. Y nos hizo rememorar aquel inolvidable concierto en Las Ventas que se grabó y dio lugar al disco en vivo “Mano a mano” (1993) y a una exitosa gira posterior, que protagonizaron ambos cantautores a finales de los noventa. Este período coincidió con uno de los mejores momentos creativos de Silvio, que se plasmó en una trilogía extraordinaria: “Silvio”, “Rodríguez” y "Domínguez”, que cualquier aficionado del músico debería visitar a menudo. De esta trilogía incluyó en el repertorio el citado “Escaramujo”, “Ala de colibrí”, “Compañera”, “El necio” y “Quien fuera”, lo que remarca la importancia de estos álbumes.
El último trovador cubano, el que compuso “Ojalá” o “Óleo de mujer con sombrero”, que aparecieron cuando más se las esperaba, en los ansiados bises, no se despidió muy efusivamente del público debido a su timidez, o porque, lo que sería todavía mejor, tiene previsto regresar muy pronto.
A sus casi ochenta años, aferrado al mástil de su guitarra y ejecutando sus arpegios con una técnica impecable, Silvio Rodríguez apareció en escena bajo una gorra con una palabra: Aprendiz. Las manos de un artesano que conoce el oficio y la cabeza de alguien que elige subirse al escenario con la humildad de quien todavía tiene todo por aprender. Hay una forma de mirar el mundo que empieza en lo minúsculo: la certeza de que toda transformación nace de la suma de gestos mínimos, de voluntades discretas que se apoyan para sostener lo que jamás se mantendría en pie a solas. A esa lógica respondió su cierre de gira en Madrid, diez sold outs consecutivos en España, demostrando cómo la acumulación de pequeñas decisiones puede terminar convirtiendo un concierto en algo impresionante.
Si algo destacó por encima de la música fue el silencio. Una muestra de respeto y de escucha difícil de encontrar, y más aún en un Movistar Arena desplegado en su formato más amplio, con las gradas llenas hasta el techo y la pista cubierta por una trama ordenada de sillas. Cuando las luces se apagaron, sobre esas miles de personas cayó una quietud física, casi sagrada: el ambiente exacto para abrir dos horas de concierto y casi treinta canciones al compás de «Historia de las sillas».
Sobre el escenario, apoyada en ese clima de respeto, la banda se dispuso en un semicírculo estricto, con él en el centro. Acompañado por media docena de músicos, el sonido priorizó la nitidez acústica, al estilo de la música de cámara, abriéndose con naturalidad desde la trova tradicional hacia la rítmica del tumbao y el latin jazz en temas como «Pequeña serenata diurna» o «Quién fuera». Su mujer, Niurka González, convirtió la flauta en un pilar central que vertebraba y embellecía todo el repertorio; su hija Malva Rodríguez sostuvo las canciones desde el piano y los coros. Silvio apenas soltó el instrumento en contadas excepciones, como cuando se puso en pie para homenajear a Luis Eduardo Aute interpretando «La belleza», dejando por un instante la palabra desprovista de cuerdas.
Esa misma escala de lo concreto sirvió para abordar la realidad política y el compromiso social. La defensa de Palestina llegó, por ejemplo, desde la intimidad: a través de la lectura de «Halt», presentando a Luis RogelioNogueras como el mejor poeta de su generación, y del gesto de su hija al colocarle una kufiya sobre los hombros antes de «La era está pariendo un corazón». Un gesto mínimo que el público convirtió en algo mucho mayor, acompañándolo con cánticos contra el genocidio. Del mismo modo, las historias personales que contó entre tema y tema revelaron cómo se formaron sus canciones a partir de grietas domésticas. «Viene la cosa» nació al ver un papel pegado en el espejo de su barbería de confianza en La Habana donde alguien había escrito «no hablemos de la cosa», en alusión a la coyuntura sociopolítica de la isla; en «Nuestro después», la reflexión sobre la migración familiar y la Cuba actual se anudó al recuerdo de no volver a ver al rey carpintero, un ave endémica de la
A pesar de durar más de cien minutos, el recital pudo permitirse dejar en el tintero composiciones históricas como «Unicornio» o «La maza», cuya ausencia, aunque no llegara a convertirse en una deuda, sí dejó la sensación de cierta tristeza. Aun así, el concierto demostró la dimensión de un cancionero histórico y, al mismo tiempo, la capacidad de una banda para volver sobre esas canciones sin tratarlas como piezas de museo. En «Ala de colibrí», Maykel Elizarde alargó los desarrollos desde el tres cubano, estirando la canción hasta convertir sus pasajes instrumentales en un espacio propio. Cada instrumento encontraba su lugar y, precisamente por eso, la música terminaba siendo más grande que cualquiera de ellos por separado.
Habían pasado más de cien minutos de concierto. La voz llevaba toda la noche atravesando canciones, recuerdos y arreglos, y todavía quedaba una última prueba escondida en algo que para casi cualquiera habría podido pasar inadvertido. Pancho Varona ha señalado que la versión original de «Ojalá», grabada en 1978, está en Do menor. Cuarenta y ocho años después, Silvio la cantó en Madrid en Si menor. Un semitono apenas. Y, sin embargo, ahí estaba condensada una parte de la noche: después de casi dos horas de actuación, aquel hombre seguía entrando en una canción escrita en su juventud y solo había necesitado bajarla medio tono, manteniendo intacta la fuerza y el control de una voz que, después de casi cinco décadas, continúa sonando plenamente vigente. Todo ello acompañado por un coro multitudinario del público, que convirtió aquel «Ojalá» en uno de esos momentos que se quedan grabados a fuego en la memoria.
Si me tuviera que quedar con una, sería «La canción del elegido», mi favorita personal de todo su repertorio. Silvio la introdujo recordando cómo conoció la historia del revolucionario Abel Santamaría Cuadrado a través del relato directo de su hermana Haydée. Cuando la melodía avanzó y resonaron los versos «Lo más terrible se aprende enseguida / Y lo hermoso nos cuesta la vida», pareció una sentencia que todos deberíamos leer varias veces para volver a mirar el mundo que nos rodea.
Hace ya muchos años, Atahualpa Yupanqui dejó una de esas reflexiones capaces de cambiar la forma de mirar la música y la vida, que en ocasiones no dejan de ser lo mismo: “La guitarra, antes de ser instrumento, fue árbol, y en él cantaban los pájaros. La madera sabía de música mucho antes de ser guitarra”. Una forma de entender que la música existe mucho antes de llegar a las manos del artesano. Y quizá sea precisamente esa mirada la que mejor explique a Silvio Rodríguez. Pocos músicos han sabido llevar esa idea tan lejos, haciendo de ella una forma de entender la canción y construyendo, a partir de esa mirada, algunas de las mejores canciones escritas en nuestro idioma. La certeza de que lo minúsculo rara vez lo es, de que una canción puede pasar de mano en mano hasta dejar de pertenecer a quien la escribió. Es a través de esas alianzas invisibles como se conmueven las conciencias, se habita la belleza y se transforma el mundo.
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