Silvio:Ángel para un final' la escribí entre Madrid y La Habana, a finales de los 70. Para más señas, la empecé en la calle Echegaray, donde un amigo me había dado albergue para que pasara las fiebres altas de una faringitis. En aquel barriecito tranquilo, en un 4to piso, me pasé una semana prácticamente solo, porque mi anfitrión regresaba tarde en la noche. Un día recibí una visita con quien estuve conversando un rato, y en ese intervalo ocurrió el silencio que dio motivo a la canción.
Hace un rato me crucé con un video de Peter Capusotto, la policía y la represión. El segmento muestra con una crudeza bastante tierna una problemática muy contemporánea: el padre de un policía le pide disculpas a un manifestante porque su hijo le tiró gas pimienta.
Capusotto es un poco mucho la miseria cotidiana y ese fragmento muestra la tensión incómoda entre defender el status quo como cosa genuina y las razones por las cuales un policía se vuelve policía.
El tema es complejo porque dentro de las fuerzas policiales hay mucha clase trabajadora o de los sectores más vulnerables de la sociedad. Ser policía es un trampolín directo al progreso y si además te gusta el poder, un arma en la cintura viene muy bien para su ejercicio. Pura ganancia.
En épocas en donde las redes se llenan de videitos de gente que los mira a los ojos y le habla, ese cruce entre el cuidadano de a pie y las fuerzas de seguridad queda marcado por la tecnología y la conciencia de clase. Y cada vez que sucede, sacamos al menos una conclusión: la empatía no tiene nada que ver con las cachiporras.
Los intentos heróicos de contacto visual se representan con desesperación en las redes sociales mientras que del otro lado la violencia estatal se festeja porque, en definitiva, parece ser exactamente lo que votaron.
Como funcionaria de seguridad poder negar una situación de violencia estatal nunca fue tan fácil, solo necesitás negarlo. ¿Aunque hayan imágenes que lo confirmen? Aunque hayan imágenes que lo confirmen.
Y si bien creo que abortaría si saliera policía, los videos de gente habándoles e intentando convencerlos de que elijan otro destino o que sean, al menos, lo menos canas que puedan ser, emocionan.
Pienso que en ese intento tan directo y casi anacrónico que es hablarle a los ojos a alguien, queda explícita la idea de la revolución como anhelo colectivo. Esas ganitas locas de que aún en los momentos más difíciles, todavía haya chances de que vos, maldito policía, cambies de opinón y dejes de ser tan antipueblo.
Hay una canción de Silvio Rodriguez que resuena en estos días y cristaliza esa sensación de esperanza áspera que dan esos cruces tan tremendos. Porque aunque esté todo tan picado y pueda parecer necio, creer que siempre se puede hacer algo más, es un poquito cambiarlo todo.
al defender el evento del 26 de febrero 2025 en el Capitolio de La Habana,nos sitúa preocupantemente es el espíritu que se levanta desde el corazón de estas nuevas generaciones de la “izquierda”latinoamericana y que forma parte de la llamada Nueva Izquierda (posmoderna) en contraposición a la Vieja Izquierda (racionalista y moderna). En Chile ya lo hemos experimentado con el Frente Amplio y el actual presidente Gabriel Boric, que no ha dejado compromiso de campaña sin cumplir y ha emigrado desde cuestionar duramente al mundo de los grandes empresarios multimillonarios a considerarles como un aporte al desarrollo nacional y al empleo, tal como lo hizo su ministra del trabajo del Partido Comunista, Jeannette Jara, en relación a la muerte de Horst Paulmann, uno de los más ricos del mundo y de reconocido pasado en las filas del nacional-socialismo alemán.
Esta “nueva izquierda latinoamericana”, léase izquierda posmoderna, en definitiva abusa del discurso de la deconstrucción posmoderna, que finalmente no ha sido más que una desautorización y silenciamiento del proyecto histórico de liberación que han levantado los oprimidos desde tiempos inmemoriales, soslayando la cuestión de la hegemonía del proyecto capitalista que hoy se ha fortalecido a falta de una izquierda contestataria y revolucionaria. Raya para la suma: «servidores de pasado en copa nueva, eternizadores de dioses del ocaso» y cuando esta “nueva izquierda latinoamericana” borre los vestigios de la revolución en Cuba, seguirán ahí los pobres del mundo que ese 26 de febrero 2025 no tenían ni luz ni pan, pero, esta vez el mismísimo discurso posmoderno de Leticia ya no será utilizado para “defender la revolución” sino más bien el “progreso”, el “desarrollo”, y toda esa larga lista de fetiches ideológicos que ha instalado el capitalismo para someter la conciencia de los pobres.
Lo inquietante de los postulados de esta nueva izquierdaposmoderna es que permiten vislumbrar un escenario en el que no serán los fascistas ni los enemigos de la revolución cubana, sino más bien los profetas del vicio –parafraseando a Sabina- que forman parte de esta “nueva izquierda latinoamericana” rosa y posmoderne-íntegramente funcional al capitalismo- los que arrastrarána Silvio por sobre rocas cuando la Revolución se venga abajo y son ellos quienes machacarán sus manos y su boca. El pueblo Mapuche lo sabe. Y eso, como diría Albert Camus, es lo que da miedo.
Soy una mujer curiosa, defensora de la memoria histórica
La cantautora se presenta en Platz el próximo 29 de marzo. En diálogo con “La Voz”, repasa algunos de los hitos recientes de su carrera y anticipa su regreso a Argentina.
La trovadora cubana Liuba María Hevia regresa a Córdoba como parte de una nueva gira mundial. (Prensa Liuba María HeviaDesde hace más de dos décadas, Liuba María Hevia es una visitante ilustre que cada tanto regresa a Argentina (y a Sudamérica) para compartir su música y su poesía. Una obra de más de 40 años que le ha valido el mote de “la voz femenina de la Nueva Trova Cubana”.Sin embargo, en diálogo epistolar con La Voz (actualmente se encuentra de gira por España), la artista cubana-española prefiere poner las cosas en su lugar. Ante esa etiqueta, nacida a partir de su pertenencia al movimiento impulsado por figuras de la talla de Silvio Rodríguez o Pablo Milanés, Hevia elige la mesura. “Me ruboriza y me compromete, creo que hay muchas voces”, dice primero. Y luego añade: “Siento la responsabilidad de representar a mis maestros y colegas en cada momento de mi carrera”.en cada momento de mi carrera”.
Es que la cantautora nacida en La Habana hace 60 años no sólo es una artesana de las canciones. Además, se ha encargado de revisar géneros y estilos no sólo de su país de origen, sino de otros puntos de Iberoamérica, con el objetivo de dejar registro de habaneras, tangos y canciones infantiles tradicionales.
También es una apasionada de otras disciplinas vinculadas al arte y se define ante todo como una mujer “curiosa”, capaz de involucrarse en el universo editorial o de realizar documentales. De hecho, la gira mundial que la traerá a Córdoba tiene que ver con Canciones que no se extraviaron, recopilatorio de obras propias incluidas en producciones audiovisuales o teatrales que no habían sido editadas previamente
Venís a mostrar “Canciones que no se extraviaron”. ¿Cómo “encontraste” ese repertorio que forma parte de tu más reciente disco?
–Canciones que no se extraviaron es un disco doble. El más reciente es el volumen 2, en ambos habitan temas que fueron creados para documentales, espacios teatrales, algunos se habían dado a conocer por colegas, otros nunca se habían registrado en grabaciones, etcétera. Es un recorrido por esas canciones que conforman mi historia y esperaban el momento de ser aunados en una casa donde pudieran interactuar con fluidez y complicidad. Siempre digo que mis discos son las casas de mis canciones. El tema que da título al disco es reciente, un viaje al pasado, un mirar al nacimiento de mis canciones, un homenaje a poetas, trovadores, juegos, sueños, afectos familiares que conforman mi esencia; pero también interpretaré clásicos de mi repertorio y otras obras más recientes que pertenecen a mi disco anterior, Para volverte a ver.
Enamorada de la cultura
“Será un inmenso placer el poder regresar a Argentina y a Chile, los dos primeros países que visitaré en esta primera etapa de gira por Suramérica”, comenta Hevia, quien rápidamente deja notar su preferencia por los conciertos en esta parte del mundo, un terruño ajeno que se ha vuelto cada vez más propio a lo largo de este siglo.
“Es un enorme gusto estar junto al público argentino, un público conocedor de la canción trovadoresca, emotivo, entrañable, comunicativo, con el que he vivido increíbles momentos desde mi primera visita. Soy una enamorada de la cultura argentina, su música, literatura, cine, teatro, y sobre todo de su gente”, confirma Hevia.
En esa enumeración, la cubana vuelve a dar cuenta de su amplitud a la hora de pensarse como hacedora. De hecho, su más reciente libro, Mi niña imaginada (2022), pensado para las infancias a partir de las letras de algunas de sus composiciones, es un ejemplo de su mirada humanista y de una vocación artística íntimamente ligada al mundo que la rodea.
–Hacés música, pero también has publicado libros. ¿Qué te dejó el proceso de “Mi niña imaginada” y cómo analizás tu faceta de escritora?
–No me considero formalmente una escritora. Mi niña imaginada es un viaje a algunas de mis obras para niños, esas que circulan por la infancia y hasta por la adolescencia. Son historias nacidas de las canciones. Un libro en el que los niños pueden viajar con los personajes y sus historias a través de la lectura, pero que también pueden colorear, incluso encontrar los QR de los animados de cada tema e interactuar con las canciones gracias a esta oportunidad que ofrece la tecnología actual. Pero lo más importante, Mi niña imaginada (una de mis canciones) es también el nombre de un proyecto social que realizo hace varias décadas en hospitales pediátricos y barrios, o casas de acogida de niños sin amparo familiar. Ha sido este trabajo que hago desde el corazón lo que me ha valido ser embajadora de buena voluntad de Unicef.
Sos referente de la canción de autor, pero también abordás géneros y estilos propios de la Hispanoamérica, incluido el tango. ¿Cómo te relacionas con esas otras músicas?
–Como muchos cantautores, además de hacer música propia, concedemos un pequeño espacio para versionar, celebrar obras de otros autores, de manera que, en un concierto, además de mis canciones regalas uno o dos temas de otros autores a modo de homenaje. Soy una mujer curiosa, defensora de la memoria histórica, y por eso, además de grabar mis canciones, he dedicado varias producciones como tributo a autores y a géneros con el objetivo de dejar registradas obras de gran valor histórico como son las habaneras, las canciones infantiles tradicionales españolas o los tangos. Es un reconocimiento a autores imprescindibles como Gabilondo Soler (México), Teresita Fernández (Cuba), María Elena Walsh o el Grupo de Experimentación Sonora del Icaic (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos), entre otros.
–Después de más de 40 años de trayectoria, ¿qué te motiva para seguir esta misma senda con nuevos desafíos? ¿Cómo pensás tu arte en un mundo cada vez más convulsionado?
–Mi razón de ser es la música. Creo que estoy dentro del grupo de los artistas que viven con el corazón en movimiento, soñando un espectáculo, un disco, ante el nacimiento de canciones que te interrogan, te seducen, te abrazan y hasta te juzgan. Sin abandonar la objetividad y reconocer que el mundo está en uno de sus momentos más convulsos y la soledad es una especie de epidemia de multitudes, yo no logro desvincular el corazón a la esperanza, que es la única fuente que calma la sed del hoy y del mañana.
Para ir
Liuba María Hevia actúa el sábado 29 de marzo a las 21 en Platz-Espacio Cultural Acic (av. Maipú 350). Anticipadas desde $ 18 mil (más cargo por servicio) en Antesala.
Es el marzo más lluvioso en Madrid desde 1893. Es una lluvia que cae a intervalos, que alimenta el regreso del frío y frena la entrada de la primavera.
En el centro de la ciudad un músico cubano le cantará en una hora a un país con canciones que cubren ese vacío que da pie a la nostalgia que la lluvia va dejando cuando se mete en el cuerpo. En una hora le cantará a un país que permanece en el recuerdo del centenar de personas que repetirán sus canciones. Lo harán en un grito para no morir un poco por dentro. Para no sentir ese raro sentimiento de desolación que deja la lluvia sobre el cuerpo como si cada uno estuviera solo sobre la noche o fuera un corredor de fondo que trata de vencer la soledad y seguir sobre la ruta de la supervivencia. De la sobrevivencia a ellos mismos y al sonido de los recuerdos que llegarán en un lugar incierto que poco a poco irán tratando de hacer su lugar o terminarán denostándolo para siempre.
Ahora llueve hacia dentro. Como una tempestad que no deja nada en su sitio. Las memorias se aciclonan y entran en un terreno en que no hay medias tintas porque cuando el amor y el odio se suben a un ring ninguno sale ileso. Las magulladuras solo serán nuevas heridas de las que solo podrá ocuparse la belleza. La culpa la tendrá el hombre de negro que arribó con el pretexto de presentar su nuevo disco, pero en verdad, lo que hará es repasar su vida y la vida de los otros.
Su nombre es Carlos Varela y es un hombre que desde hace mucho se convirtió en un espejo. Y no es sencillo el proceso de vernos en el reflejo. Y mucho menos frente a las canciones que salen del hombre y el cristal.
Al hombre de negro se le puede quitar la categoría de músico, de cantautor, de creador de canciones canónicas que de alguna forma tienen mucho que ver con la lluvia. Parece que comenzó a escribir sus canciones mientras el país, ventana afuera, era un diluvio que 43 años después sigue golpeando la puerta con la fuerza de siempre.
Carlos Varela llegó y su voz se confundió con las voces al unísono que pronunciaban la palabra del recibimiento. “Buenas noches Madrid”, dijo pero él sabía que allá abajo, entre el sudor y la gloria, no estaba Madrid, que allí había crecido un árbol que ya no llegaba a Miami, sino a la Habana. Y el árbol seguía siendo el enigma de las ciudades. Varela vino con todo. Sonó “El niño, los sueños y el reloj de arena”, “Muros y Puertas” y remató su entrada con “Como los peces”.
El público sintió de golpe la electricidad de los afectos conocidos y dejó a un lado la zozobra, la incertidumbre y el espacio en blanco que esperan cubrir tomando distancia de la lejanía, si algo así fuese posible. Algunos escuchaban las canciones en silencio. Parecía que reafirmaban en su letra la condición que los llevó a escuchar al cantautor desde la distancia. Otros más jóvenes solo las coreaban, las repetían con la certeza de que estaban siendo parte de algo que tal vez no comprendían del todo, pero sabían que era en verdad importante. Todos, de alguna manera, reconocían que aquel hombre era parte insustituible de su vida, ya sea en La Habana, Miami o Madrid. O dicho con palabras grandes, parte insustituible de la memoria de Cuba.
Carlos Varela está sobre el escenario, pero también está entre los que lo escuchan. Puede ser la pareja que se trasladó en un bus ocho horas desde Galicia, la periodista alta de pelo rizado que sobresalía entre la muchedumbre y después publicó en sus redes “Varela, Nostalgias de Cuba” o podía ser ser sencillamente aquel chico, menudo, que trataba de levantar la cabeza para mirar de frente al “gnomo”, porque ya se había cansado de mirar al cielo para encontrar las respuestas que hoy les entregaba sin ambages aquel hombre de negro. O incluso Varela podía perderse entre la multitud para observar los ojos del trovador en el escenario con la certidumbre de que el trabajo ya estaba hecho.
Nada es como antes
El músico arrancó el concierto a las 8:30 p.m. de Madrid -y a las 2:30 pm hora de Cuba- en la sala de conciertos Teatro Eslava, en el centro de la ciudad, para presentar su nuevo disco «Nada es como antes».
El sonido no era el mejor para un concierto tan expansivo como lo es cualquier presentación de Varela, pero el público solo prestaba atención a las palabras. A las canciones. A lo que decía el cantautor antes de golpear la guitarra y volver a hacer la magia. Todo lo que necesitaban las personas, los cubanos que estaban a los pies de las canciones era ese pedazo de noche para luego publicar en sus redes alguna frase alusiva al “yo estuve ahí”. Para regresar a Cuba al menos una hora, aunque fuera a la Cuba del dolor y del desarraigo, a la Cuba que les recuerda porque hoy estaban viajando a la isla desde Madrid en una noche anclada al otro lado del océano.
Varela intercaló temas antológicos con los estrenos de su nuevo disco. Intercaló “Como los peces” con “Demasiado tiempo”, “Foto de Familia” con “Elefantes” y “Una palabra” con “Libre”. Son canciones separadas por décadas, pero con un trasfondo común. La búsqueda de la libertad del ser humano y la búsqueda del ser humano dentro de la libertad.
Cualquiera que lo escuchara por primera vez y conociera al menos una pincelada de Cuba podría decir que Varela miente cuando dice que lleva 43 años componiendo canciones, que los himnos que interpretaba en Madrid tenían años en la carretera. Pero la isla no sabe sino repetirse y aquellas canciones parecían acabadas de escribir. Es el pasado que regresa a un presente que le impiden mirar al futuro. Y Varela, con la materia expresiva de sus obsesiones, no hace sino seguir dando testimonio de la belleza desde ese lugar tan doloroso que es escribir sobre el desvanecimiento de la esperanza y la lluvia que no termina de caer.
Al concluir algunas canciones gritaba “Viva Cuba libre” y las personas hacían estallar las manos. La frase ha acompañado al músico, al hombre de negro, desde hace mucho pero hoy cobra la dimensión de la circunstancia. De la vida fuera de la vida conocida y de la obligada reinvención.
Varela y la bandera
A muy poca distancia del artista una joven que no parecía sobrepasar los 30 años agitaba una bandera cubana para que todas la vieran en el recinto. Varela dedicó entonces “Grafiti de amor” a las madres cuyos hijos fueron detenidos durante las protestas del 11 de julio del 2021 en Cuba. Detrás, en una pantalla gigante, pasaban imágenes que aumentan el valor de símbolo de cada tema y de la propia historia de Varela. Se escucharon además “Telón de fondo”, “Siete” y “Habáname”, en esta última el silencio fue la mejor respuesta.
En varias ocasiones mencionó a su papá “Pablo Milanés” y le dedicó canciones con las que ambos tuvieron total concordancia. El cantautor le dio una orden tajante a la nostalgia para que reinara. Pero aquí esa palabra se actualiza y deja de estar anclada en los recuerdos. Es como un grito desesperado para frenar el desamparo y recordar que en La Habana siempre estará Jalisco Park y El cementerio chino y una Gretel que quizás todos hemos dejado atrás, pero que quedó impresa en la ruta que llevará a algunos de vuelta a casa. Porque, como el trovador, muchos ya conocieron New York, Madrid o París, pero la felicidad siempre estará en el regreso.
Desde Galicia a Madrid para una noche con Varela
Uno de los muchachos que llegó desde Galicia pregunta cuándo llegará “Memorias” y la canción del “Rey”. A su lado otro le recuerda que es el clásico “Leñador sin bosque”. Ambos tienen unos 40 años y los une la generación, una profesión y un pasado.
En la canción Varela sin saberlo dibujó su futuro y ahí precisamente están varias de las interrogantes y las respuestas que lanza desde el escenario. “Viva Cuba libre”, repite una vez más. Se agitan los cuerpos y la bandera. El músico invita al percusionista Yury Nogueira y al cantante Joao del Monte, y todos, con Elefantes, arman la fiesta de la metáfora y el guiño.
Varela habla de un reloj que mide el tiempo del concierto. Se apura como un delantero que sabe que es ahora o nunca. Esta noche es su mundial y no sabe cuándo podrá repetirla. El reloj que menciona es el mejor ejemplo de su nueva vida y de la nueva vida de la mayoría de los que lo escuchan. Sabe que no debe perder un minuto para entregarle la victoria a sus hinchas. A él mismo. Hace dos años no cantaba en Madrid y sabe que quizá pase algún tiempo más para embarcarse en un viaje a La Habana con los mismos que en La Habana lo siguieron. O con una parte de ellos.
Cae la noche sobre la noche y Varela se retira. Los gritos no cesan. Se escuchan las exigencias de otra canción. Del regreso, El público sabe que aquello no podía quedar ahí. Que el tiempo extra era necesario, aunque ya habían estallado los recuerdos y se había divisado a Cuba no solo desde las canciones, las imágenes en la pantalla, sino desde su presente. No era la Cuba que conocíamos, pero es la Cuba que permanece y que los llevó a la distancia. En verdad es la Cuba que siempre ha estado en Varela, aunque tuviera 10 años menos y pasara la noche sentado sobre una mesa escribiendo desaforadamente al ritmo de U2 para hablar precisamente del país detrás de la ventana o el país que se fugaba desde el Malecón.
Varela en tiempo extra
El trovador regresó con la banda y le dedicó a Olivia, su pareja desde hace años, Tú alma y la mía. La muchacha tomaba fotos casi furtivamente desde una esquina o desde la segunda planta del escenario. Ella quería que ese amor no fuera solo de ambos sino de todos los que tienen a una Olivia en sus vidas, en su pasado o en el país donde a esta hora alguien podía estar pasando una noche alumbrado solo con las canciones del trovador. Porque siempre hay una luz entre las grietas de la oscuridad, parafraseando a Cohen. De eso sabemos los que nacimos en los 80, los que nacieron años después y los que conozcan en un futuro el país a través de esas canciones que a veces pasaban en la radio, a veces nada más.
Olivia le preguntó a un amigo por su madre y él señaló como ella tomaba fotos en una esquina. Como si también hubiera crecido con Varela. Aunque en verdad lo hizo mientras su hijo, en su cuarto de la vida, crecía como lo hizo Jalisco Park o Monedas al aire. La fotógrafa sonrió y siguió dejando testimonio de la noche.
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Antes Varela atacó con “La Feria de los tontos”. Las personas lo acompañaron en la letra, y gritaron y pronunciaron el nombre de Cuba. Han saboreado el sabor de la victoria sobre la nostalgia durante una noche. Han vuelto a escuchar el sonido de memoria, el de su país y la orden tajante de los reclamos. Luego sabrán que ganar les sabe a poco. Porque afuera sigue la lluvia. Y en La Habana tampoco ha parado de llover.