miércoles, enero 28, 2026

Lanzamiento digital del documental Silvio Rodriguez-mi primera tarea

 



Silvio Rodríguez, fotógrafo

Sospecho que, a lo largo de su vida, una cámara lo ha acompañado incluso más tiempo que una guitarra. Kaloian Santos enero 24, 2026.
Silvio Rodríguez. Foto: Kaloian.


El Festival de Trovadores “Longina”, celebrado en Santa Clara, dedicó hace apenas un par de semanas su edición número 30 Silvio Rodríguez El homenaje se desplegó en varios planos: un conversatorio con el trovador, un capítulo especial —con formato de concierto— del programa televisivo. 

Entre manos donde compartió escenario y canciones con compañeros de oficio de distintas generaciones, y la inauguración de Retratos, una exposición fotográfica que revela una faceta menos difundida pero constante de su trayectoria: la de Silvio fotógrafo. Escuché por ahí que la fotografía, para Silvio, era su violon d’Ingres, esa expresión francesa que alude a una afición secundaria practicada con devoción, más allá de la actividad principal de una persona. Comprendo el razonamiento: su oficio y su reconocimiento público están asociados, de manera indiscutible, a la creación de canciones —las canciones—. Sin embargo, discrepo. No creo que la práctica fotográfica sea secundaria en Silvio. Más bien al contrario: sospecho que, a lo largo de su vida, una cámara lo ha acompañado incluso más tiempo que una guitarra.

Quien se lo haya cruzado alguna vez puede dar fe de ello. En un concierto, en una reunión entre amigos, como espectador en cualquier actividad cultural, caminando por su querido San Antonio de los Baños o manejando por La Habana en la rutina diaria —y dando botella, como sé que suele hacer—, la cámara está ahí. Siempre. Como una extensión natural de la mirada.

Pienso también en la enorme cantidad de imágenes únicas que Silvio ha creado con versos, y en la cámara como otra herramienta posible para dibujar con luz, para hacer emerger otras formas de lo visible. En ese cruce entre palabra e imagen hay un territorio común: la mirada. No es casual que esto me lleva a pensar en el mexicano Juan Rulfo un escritor inmenso y, a la vez, un fotógrafo excepcional. Basta recorrer sus fotografías para sentir que se camina dentro de  

Pedro Páramo: los pueblos detenidos en el tiempo, los silencios densos, los trenes inmóviles, el polvo, sobras y luces, blanco y negro, los rostros atravesados por una historia que no siempre necesita palabras. En Rulfo, como en Silvio, la imagen no ilustra la obra literaria ni la canción: dialoga con ellas desde un mismo núcleo sensible.
Foto: Silvio Rodríguez.

En ambos casos, lo que cambia no es la intención, sino la herramienta. A veces es el verso el que condensa una escena y la vuelve inolvidable; otras, es el encuadre el que fija una emoción que no admite explicación. La cámara y la palabra funcionan como extensiones de una misma necesidad expresiva: capturar aquello que conmueve, que interpela, que deja una marca. Por eso la fotografía en Silvio no puede leerse como un gesto accesorio ni como un simple registro de lo que lo rodea. Es, más bien, otra forma de pensar el mundo, de ordenarlo, de interrogarlo.

En esencia, se trata de lo mismo: disponer de un instrumento que permita materializar aquello que emana de la sensibilidad. No importa tanto si la imagen nace de una guitarra, de una libreta o de una cámara fotográfica. Lo decisivo es la mirada que las articula, esa forma singular de recortar la realidad y dotarla de sentido. Al final, lo que permanece no es el medio, sino la imagen lograda: esa que, como una buena canción o una gran fotografía, se queda en la memoria y sigue hablando mucho después de haber sido creada.

“¿Tú sabes por qué empecé con esto de la fotografía?”, me soltó hace poco Silvio y lo que vino después me dejó cavilando. “Fue más o menos a los 17 años, desde que supe que existían los OVNIs. Llevo desde entonces una cámara por si algún día se me cruza uno, que no se me escape”, dijo y sonrió. Entre las manos llevaba su cámara en ese instante. 

Y mientras ese objeto volador no identificado aparece, el hijo de Argelia y Dagoberto va fotografiando lo que encuentra a su paso: lugares, personas, situaciones. No se limita al acto de documentar; va más allá. Como todo fotógrafo, mira más de lo que ve. En ese encuadre, en ese recorte de la realidad, imprime una sensibilidad muy particular.

Pablo Armando Fernández. Foto: Silvio Rodríguez.

Con Retratos, la exposición que podrá visitarse durante enero y febrero en la galería de la Biblioteca Provincial José Martí, en Villa Clara, me ocurrió algo que solo sucede con las fotos que no pasan desapercibidas: me quedé detenido frente a ellas. Una imagen te atrapa, te retiene un tiempo, te obliga a leerla, a apropiarse, incluso a pensar —con una mezcla de admiración, deseo y hasta envidia ¿sana, ja?—: “Hubiese querido hacer yo esa foto”. Y luego la recuerdas. En medio del aluvión de imágenes que consumimos a diario, especialmente en esta época de sobreexposición visual, puede que con el tiempo olvides al autor, pero la fotografía permanece.

Cartel de la muestra “Retratos”.

Mi primer encuentro con algunas de las imágenes de esta muestra fue casual, hace unos años, vagando por Internet. Me aparecieron en Flickr, esa plataforma global de alojamiento de imágenes y videos lanzada en 2004, hoy casi en desuso.

Allí Silvio había abierto un perfil y subido algunas de sus fotos sin avisar a nadie. La que más me impactó entonces —y aún hoy— es el retrato de Alberto Tosca y Xiomara Laugart, cuando la pareja, uno de los dúos más potentes de la música cubana, comenzaba su camino en los años ochenta del siglo pasado.

La fotografía, en blanco y negro, tomada con película de 35 mm, de manera espontánea y sin que sus protagonistas se percataran, no los muestra cantando. Y, sin embargo, da cuenta de la lozanía, la belleza y el impacto de esa dupla, tanto en lo musical como en la vida.

Alberto Tosca y Xiomara Laugart. Foto: Silvio Rodríguez.

Al recorrer el resto de los retratos de la muestra, comprendí que lo que me había ocurrido con la imagen de Tosca y Xiomara no era una casualidad ni una chiripa del fotógrafo. Hay una constante: la capacidad de develar la esencia del retratado.

Ahí está de perfil la inmensa Marta Valdés, también en blanco y negro, con ese gesto tan suyo; la mirada ingenua y tierna de la niña Haydée Milanés, resuelta en un claroscuro técnicamente preciso y conceptualmente luminoso; las imágenes de artistas en barrios, en esa gira interminable y profundamente humana.

Marta Valdés. Foto: Silvio Rodríguez.
Haydee Milanés. Foto: Silvio Rodríguez.

De esa etapa de los barrios está Frank Fernández, el gran pianista concertista y popular, en un gesto de confluencia feroz con el piano, mientras en las azoteas el público escucha atónito. En esos mismos techos donde hoy suena reguetón, emergen Mozart y Lecuona interpretados por uno de los pianistas más importantes del mundo. O la intimidad de un camerino improvisado en el aula de una escuelita en La Timba, cuando Silvio se escabulle sigiloso para fotografiar, minutos antes de salir a escena, a la chelista Amparo del Riego, al guitarrista argentino Víctor Pellegrini y a la flautista Niurka González: el trío ensimismado, las partituras en atriles improvisados, un chorro de luz que organiza la escena.

Frank Fernández. Foto: Silvio Rodríguez.
La chelista Amparo del Riego, al guitarrista argentino Víctor Pellegrini y la flautista Niurka González. Foto: Silvio Rodríguez.

Hay que detenerse también en el legado de los retratos de figuras insignes de la música cubana: César Portillo de la Luz, Ñico Saquito, Leo Brower, Pablo Milanés, Omara Portuondo, Compay Segundo, Ñico Rojas, Miguelito Cuní en plena farra, entre otros. En esas imágenes no hay solemnidad impostada ni rigidez de bronce: hay cercanía, complicidad, admiración y una confianza que solo se da entre pares que comparten un mismo oficio.

Pablo Milanés. Foto: Silvio Rodríguez.

Aparecen también los retratos posados de hermanos de camino como Vicente Feliù y Noel Nicola junto a sus compañeras de vida, Aurora y Liudmila, respectivamente, donde la fotografía funciona casi como un gesto de familia extendida, de pertenencia afectiva más que de registro histórico. 

Noel Nicola y Liudmila Alexeevna Kondakova. Foto: Silvio Rodríguez.

En otro tono, el humor irrumpe sin pedir permiso: Amaury Pérez agarrando al toro —no precisamente por los cuernos— revela esa otra dimensión del retrato, donde la ironía y el juego también forman parte de la identidad del fotografiado y del fotógrafo.

Amaury Pérez. Foto: Silvio Rodríguez.

Hay imágenes que me encantan de manera especial por el decorado, como la del trovador Lázaro García. El gesto risueño de su rostro, captado en un contexto doméstico y profundamente cubano —una tendedera en el portal de una casa, un perrito convertido en aliado silencioso de la escena— condensa una poética de lo cotidiano. Nada sobra, nada se subraya: la fotografía canta sin levantar la voz, como si la escena hubiese estado esperando, desde siempre, ser mirada así.

El trovador Lázaro García. Foto: Silvio Rodríguez.

Y luego está ese encuentro improbable y profundamente simbólico entre Gabriel García Márquez y Alejandro Robaina, el legendario cosechero de tabaco de Vuelta Abajo. Rodeados por las hojas gigantes de un sembrado, la imagen trasciende el retrato individual para convertirse en una metáfora visual: la literatura y la tierra, la palabra y el origen, el Nobel y el guajiro sabio, puestos en un mismo plano de dignidad. Ahí, una vez más, la cámara no solo registra; interpreta, enlaza mundos y propone sentidos.

Gabriel Garcia Márquez y Alejandro Robaina. Foto: Silvio Rodríguez.

La curaduría de esta expo de Silvio estuvo a cargo del fotógrafo Andrés Castellanos, quien debió escoger, entre medio centenar de imágenes, las 30 instantáneas finales. No fue una tarea menor. Castellanos perfiló su lectura desde “la contundencia de los afectos, del poder de una mirada cuando es sincera, de poner ojo, corazón y cerebro en sintonía mientras se mira por el visor. Retratar a otro ser humano es un acto de amor, y ya sabemos que el amor siempre es transformador”, afirmó durante la inauguración.

Olimpia Calderón. Foto: Silvio Rodríguez.

Para conocer un poco más al Silvio fotógrafo, cierro con un fragmento de una entrevista que le envié hace algunos años, en un intercambio de fotógrafo a fotógrafo.

¿Cómo llega Silvio Rodríguez al mundo de la fotografía?

Mi interés por la fotografía es de lo más común: cuando yo era niño muy poca gente poseía una cámara fotográfica. La primera vez que vi una fue en el estudio del fotógrafo de San Antonio, Carlos Núñez, que con los años se convertiría en un relevante fotorreportero. En la adolescencia tuve la suerte de trabajar en diferentes publicaciones y de conocer a muchos fotógrafos. En el semanario Mella fui compañero de Ernesto Fernández y de Peroga; en la revista Venceremos de Andrés Vallín y de Ovidio Camejo; en Verde Olivo de Perfecto Romero, de Sergio Canales, de Eutimio Guerra, de Juan Luis Aguilera. Fui vecino de Mario García Joya y de Marucha durante 18 años. Y durante mucho tiempo fui amigo de Alberto Korda. La verdad es que he tenido la suerte de conocer a muy buenos fotógrafos. De cada uno y de todos fui aprendiendo a querer y a interesarme por la fotografía y, por supuesto, por las cámaras.

César Portillo de la Luz. Foto: Silvio Rodríguez.

En fotografía ¿cuáles son sus instantes precisos, dignos de quedar atrapados en una foto?

Dicen que sobre cualquier cosa se puede escribir, que el problema es dar con el modo. En la fotografía dar con el modo pudiera ser cuando concurre alguno —o varios— de los valores que hacen que una foto sea buena. Hay momentos en los que hay que esperar a que se dé una situación precisa, ciertas condiciones de luz, lo que te obliga a hacer muchos disparos para dar con lo que buscas. Otras veces basta estar ahí con cualquier aparato que pueda registrar lo que pasa.

Miguelito Cuní. Foto: Silvio Rodríguez.

¿Qué puntos de contacto existen entre las canciones y la fotografía?

En la canción puede haber una analogía cuando hablas de la cotidianidad o de una situación extrema, como la guerra o un gran evento humano. En cualquier expresión artística lo excepcional tiene su garra. Pero aunque de todo se pueda hacer una foto, o una canción, el problema siempre va a ser que valga la pena mostrarla.

Ñico Saquito. Foto: Silvio Rodríguez.

¿Cómo logra usted, una persona pública, pasar inadvertido para lograr una foto?

Hay muchos lugares y situaciones en los que un trovador pasa inadvertido, sobre todo cuando anda sin guitarra. Y como hoy en día no es raro que muchos anden con cámaras, mejor que mejor. De todas formas, cuando te conviertas en un fotógrafo demasiado famoso, te recomiendo el zoom.

Silvio Rodríguez. Foto: Kaloian.

Durante la travesía en el barco Playa Girón vivió momentos impresionantes. Fue testigo de un desfile de cachalotes, escena quizá para dejar en fotografía y no en canciones. ¿Qué lo hizo llevar además de la guitarra, una grabadora y libros, una cámara fotográfica?

Desde que era un adolescente andaba con cámaras, generalmente prestadas. Al viaje en barco me llevé una Kiev, que era la imitación soviética de la Leica clásica; una cámara con muy buen mecanismo, todavía de telémetro acoplado. Los cartuchos me los rellenaron los amigos fotógrafos del ICAIC con película virgen de 400 ASA. Llevé alrededor de 20 rollos. Un par de ellos me los revelaron en Mar y Pesca, porque a mi regreso me hicieron una entrevista y me pidieron fotos para ilustrarla. El resto de los rollos se los di a un amigo fotógrafo que tiempo después murió y nunca supe en qué paró el revelado. Lo de los cientos de cachalotes fue cierto. Estuvimos al pairo todo un día, a mitad del Atlántico, esperando a que terminara la caravana. Aquel día tiré tres o cuatro rollos, pero nunca vi las fotos.

Liuba María Hevia: “La Nueva Trova cubana está atravesada por la emigración y la memoria”


Durante años la cantautora cubana, que ha compartido escenario con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, buscó las huellas de su pasado familiar en España.


Almudena Iglesias


Publicado: 23 ene 2026 - 00:28 — Actualizado: 23 ene 2026 - 07:54

La artista cubana Liuba María Hevia en una imagen promocional | Liuba María Hevia

La voz de Liuba María Hevia es una de las más reconocidas y respetadas de la música cubana contemporánea. Cantautora, guitarrista y compositora, forma parte del movimiento de la Nueva Trova desde 1982 y ha compartido camino artístico con figuras esenciales como Silvio Rodríguez o Pablo Milanés. Pero más allá de su trayectoria musical, su obra está atravesada por una historia personal marcada por la emigración y por la figura de su abuelo asturiano, al que ha convertido en símbolo, inspiración y raíz permanente.

Liuba María Hevía tocando la guitarra | Liuba María Hevia


Asturias yo la tengo dentro por mi abuelo”, asegura a La Región Internacional, resumiendo una relación profunda con una tierra en la que no nació, pero que siente como propia. Liuba nació en La Habana y es nieta de un emigrante de Belmonte de Miranda, una historia familiar que se transformó en poesía y canción. Una de sus letras más conocidas lo expresa con delicadeza y memoria infantil: “Niña, nunca te enamores, si hay luna en cuarto menguante, que puede robarte el sueño un asturiano emigrante”.

La artista explicó que esa canción dedicada a su abuelo nace del juego y del recuerdo: “Es un poco ese juego de la infancia y ese regalo de juguetear delante de uno esas vivencias con mi abuelo, que adoró su tierra hasta el último día de su vida”. Para Hevia, la emigración es una experiencia común que trasciende geografías. “Para mí los emigrantes son unos solos, no importa  Yo aprendí ese misterio de amar desde la distancia y el imaginario gracias a mi abuelo, se lo debo a mi abuelo”, subrayó.

Durante años, la cantautora buscó las huellas de ese pasado familiar en Asturias. “Yo vine mucho antes a España a festivales y caminaba por cualquier rincón preguntándome: ¿dónde habrá nacido mi abuelo? A lo mejor pasó por aquí, a lo mejor pasó por allá”, recordó. No fue hasta que llegó a sus manos la inscripción de nacimiento cuando pudo localizar el lugar exacto. “Hoy estoy a unos minutos de donde nació mi abuelo, donde queda solamente alguna pared de su casa. Yo tenía que conocer ese lugar”.

Ese encuentro con el territorio fue revelador. “Yo tengo sentido de pertenencia desde que pisé esta tierra, y en Asturias particularmente. No lo puedo explicar, es algo intraducible, pero es como algo que es de uno”, confesó. Un sentimiento que, a su juicio, se repite en muchas familias asturianas marcadas por la emigración: “El asturiano tiene un sentimiento de pertenencia a pesar de no haber estado nunca en Asturias, y a pesar de que hayan pasado generaciones”.

La figura de su abuelo atraviesa su vida cotidiana y su carrera artística. “Mi abuelo es un referente, un símbolo, un amuleto de viaje”, afirmó. Recordó cómo la llevaba a la escuela, cómo le hablaba del río que corría detrás de su casa, un río que hoy ella misma recorre. “Yo he buscado el aroma de mi abuelo, que existe. Le debo mucho, muchísimo”.

Aunque no pudo obtener la nacionalidad española por la vía familiar —su abuelo se cambió el nombre al llegar a Cuba, lo que rompió la cadena documental—, resta importancia a ese hecho. “Eso no es lo más importante. Yo lo que tengo de mi abuelo es todo. Lo que mi abuelo me ha dejado es infinito”, afirmó con rotundidad.

En el plano musical, Liuba María Hevia recordó que la Nueva Trova fue la banda sonora de su infancia. “Yo nací en 1964 y la Nueva Trova surge en el 68 o 69. Crecí escuchando esas canciones, esos poemas de esos grandes autores”. La vida la llevó después a compartir escenario y grabaciones con quienes habían sido sus referentes. “Grabar mi canción Ausencia con Silvio Rodríguez fue un regalo que yo no esperaba”,  confesó. Junto a Silvio, citó a Joan Manuel Serrat como uno de sus grandes paradigmas: “Eso fue con lo que yo crecí”.

Con 22 discos publicados, la artista asegura que la creación sigue siendo un proceso casi inconsciente. “La canción es una consecuencia de mi vida. Yo escribo canciones porque soy una cronista de mi vida”,  explicó. Actualmente trabaja en un nuevo álbum que podría titularse A pesar del poder, en el que reflexiona sobre “este mundo inexplicable, deshumanizado y frío, donde la tecnología supera al amor y los poderosos aplastan”, aunque sin renunciar a la poesía ni al amor.

Paralelamente, prepara un nuevo disco infantil, un terreno al que lleva años dedicando atención y sensibilidad. “Es un trabajo que hago hace muchos años y que me gusta mucho”,  señaló. Embajadora de Buena Voluntad de UNICEF, recordó también su labor social con niños en hospitales y salas de oncología en distintos países.

Con una voz serena y una palabra cargada de memoria, Liuba María Hevia demuestra que la emigración no solo deja ausencias, sino también herencias profundas. En su caso, una herencia que se convirtió en música, identidad y pertenencia. “Lo que mi abuelo me ha dejado es infinito”,concluyó.

miércoles, enero 21, 2026

Canción para mi soldado(video)


 

Concierto de homenaje en el festival de "Longina a Corona"(+imagenes-videos)









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Silvio en el Festival Longina y las canciones que hay que seguir cantando

Cubainformación 


Roxana Soto del Sol/ ACN 

 Por segunda vez, tras casi una década de su primera presentación en el Festival de Trovadores Longina Canta a Corona, el cantautor cubano Silvio Rodríguez se unió en la noche de este viernes a las voces jóvenes y experimentadas del evento, como parte de la grabación del programa Entre Manos en el cine Camilo Cienfuegos de Santa Clara


Dedicada en esta ocasión al destacado compositor de El Necio, la edición 30 del encuentro le permitió coincidir con Marta Campos, Rey Montalvo, Annabell López, Maykel Elizalde, Leonardo García, Alejandro Valdés, Roly Berrío, el Dúo Cantares y el Trío Palabras, quienes interpretaron canciones de Silvio que, en sus propias palabras, siempre habrá que seguir cantando. En declaraciones a la prensa, Juan Carlos Travieso, director y realizador del programa, explicó que el concierto-homenaje es un canto que Silvio se merece y en el que confluyeron varios amigos y la gente del público que lo quiere. 

 El documentalista destacó que la elección de Santa Clara y del Festival Longina no fue casual, puesto que, en esta misma ciudad y hace 17 años, fue que surgió la idea de crear este espacio televisivo sobre la trova y la llamada música de descarga. Travieso, quien también forma parte del comité organizador del Festival, subrayó el valor simbólico de esta grabación. 

 Para el equipo, dijo, es un sueño que el programa sea un puente para que Silvio esté aquí nuevamente en Santa Clara. Aseguró, además, que el espacio televisivo, conocido por su tono informal e intimista que favorece compartir emociones singulares, logra así cumplir su misión de realzar el patrimonio trovadoresco de la nación, tendiendo un lazo directo entre el legado de un artista fundamental como Silvio Rodríguez y el vibrante semillero de jóvenes valores que confluyen en la capital villaclareña. 

 Iniciado el miércoles 7 de enero de 2026, el XXX Festival de Trovadores Longina Canta a Corona se extenderá hasta el próximo domingo con el firme propósito de homenajear a Manuel Corona Raimundo, figura fundacional de la trova tradicional cubana. 

Silvio Rodríguez animó festival de trovadores en el centro de Cuba



Santa Clara, Cuba, 11 ene (Prensa Latina) La presencia del cantautor Silvio Rodríguez llenó de aplausos la trigésima edición del encuentro de Trovadores Longina canta a Corona que culminó hoy en esta ciudad en el centro de Cuba El fundador de la nueva trova cubana y autor de emblemáticas canciones como La gota de rocío, Unicornio azul, Óleo de una mujer con sombrero, El necio y otras, también inauguró una exposición de fotografías con imágenes de su autoría realizadas en la reciente gira por Chile, Argentina, Uruguay, Perú y ColombiaEn un primer espectáculo, en el cine Camilo Cienfuegos junto a otros trovadores invitados, Silvio formó parte del programa televisivo Entre manos, conducido por Marta Campos y Rey Montalvo. 

 Interpretaron canciones de Silvio, entre otros, Alejandro Valdés, Anabel López, Irina González, Roly Berrío, el virtuoso del tres Maikel Elizarde, Leonardo García, el Trío Palabras, el Kikere de Cisneros, y llegó desde México el saludo del Maestro Rachid López En este espectáculo Silvio Rodríguez, acompañado en la voz o al piano por su hija Malva y su esposa Niurka González en la flauta, recordó las letras de entrañables trovadores con sus canciones como Noel Nicola y Pablito Milanés. 

 El sábado, por su parte, en la sala Caturla de la Biblioteca provincial José Martí, Silvio accedió a una entrevista presenciada por el público que le hizo el periodista, investigador y crítico musical Joaquín Borges Triana.

 El desconcierto que a veces uno tiene cuando está creando, si lo está haciendo bien o no. Esa angustia acompaña a cada una de las canciones que he hecho; es esa inconformidad, a no querer equivocarse, que es humano», argumentó Silvio. Reveló que siempre ha sido muy hogareño, pero todos los días tiene algo pendiente en el estudio Ojalá; la parte de su trabajo que le gusta no es mostrar lo que hace, sino hacerlo. Y si tuviera algún asunto inconcluso es ser mejor orquestador, aseguró. En el evento Longina canta a corona en homenaje al legendario guitarrista y compositor Manuel Corona Raimundo (Caibarién 17 de junio de 1880 – La Habana, 9 de enero de 1950) también participó el premio nacional de música 2025, Amaury Pérez, quien actuó en el centro cultural El Mejunje, acompañado del guitarrista Abel Acosta. Organizado por la Asociación Hermanos Saíz (AHS) de Villa Clara el certamen contó con destacados trovadores extranjeros como los venezolanos Ernesto Luis y Rodolfo Castelbondo, los mexicanos Xóchitl Ramos y Darío Parga, Ella trova, de Colombia; Anita Tripodi Paz, de Argentina, y Tobías Thiele, de Alemania. Como cada año se realizó la tradicional peregrinación hasta la tumba del bardo Manuel Corona y su musa Longina O’ Farrill, en el cementerio de Caibarién, distante a más de cincuenta kilómetros de esta ciudad.