por Marcela Pérez Silva
Era mayo de 1984, Leonardo y yo habíamos presentado nuestro espectáculo de poesía musicalizada "Y América y el hombre dignos sean" en la sala Hubert de Blanck de La Habana, gracias a la solidaridad de Corina y la generosidad de la gran Raquel Revuelta que hicieron posible el sueño.
Silvio Rodríguez y Pablo Milanés acaban de regresar de una muy exitosa gira por Argentina y el Ministerio de Cultura los homenajeaba: Fidel recibiría al Movimiento de la Nueva Trova en la Casa de las Américas. Leonardo y yo no estábamos invitados, pero acompañamos a nuestros amigos hasta la entrada. Vimos llegar el carro negro de Fidel. Pasó a nuestro lado: alto como una montaña, rodeado de aquellos locos lindos armados de guitarras y saxofones y, tras ellos, se cerró la puerta. Las horas de espera me parecieron larguísimas. Al cabo salió el Comandante, volvió a abordar su carro y tras la cortina de la ventanilla lo vimos encender su luz y sumergirse en una montaña de papeles, mientras se alejaba.
El siguiente en salir fue Vicente Feliú. Estaba eufórico. Gritaba:
—¡Échenme ron y préndanme fuego. He visto al Caballo. Puedo morir!
Y yo, como siempre, le creí.
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