El mítico artista cubano ofreció en la plaza de toros de Murcia un concierto a la altura de su extraordinaria trayectoria
Silvio Rodríguez, amor y revolución en Murcia
El cantautor cubano, a sus 79 años, ofreció en la Plaza de toros de Murcia un recital de dos horas marcado por la intimidad, la memoria y las canciones que han acompañado a varias generaciones
Entre lágrimas furtivas, fuemás sosegadamente bellos que se hayan presenciado por aquí. Volver a ver en directo a Silvio Rodríguez era una experiencia largamente esperada. Pertenece por méritos a esa jerarquía angélica de elegidos que se pueden permitir el lujo de hacer lo que les da la gana, a sabiendas de que cualquier espíritu sensible va a tomar buena nota de los guiños. Muy a pesar suyo, Silvio es un maestro.
Si bien es una grata sorpresa que conserve su prodigiosa voz, en todo lo demás, el cantante se mantiene fiel a sí mismo de manera inconfundible y maravillosa. Su origen cubano le ha llevado a ser un artista revolucionario, en lucha por la libertad y la cultura, pero él es humilde en el sentido más orgulloso de la palabra, el de los que saben que todos somos seres fugaces y que estamos aquí, en este vértigo, solo de paso. Su retablo de melodías es esplendoroso; interpreta canciones de protesta y romance, extraídas de toda su discografía.
El trovador cubano repasó algunas de sus canciones esenciales, desde Ojalá y Unicornio hasta La belleza, acompañado por un grupo de músicos de gran precisión
Apareció tocado con una gorra donde se leía aprendiz, aunque anoche fue maestro a la hora de expresar lo que siente y desea, aquel "cúmulo de verdades esenciales que caben bajo el ala de un colibrí", como escribió José Martí en el ensayo Maestros ambulantes, del que leyó un fragmento al poco de comenzar con Historia de las sillas, dulce preámbulo a Ala de colibrí'("hoy me propongo fundar un partido de sueños"). Cierta euforia colectiva secundaba algunos versos de un cancionero en el que el anhelo de libertad siempre converge con la delicadeza; espectáculo poético del que pocos podemos salir indemnes, ilesos. Con Sueño con serpientes, llegó el primer estallido de emoción.
Silvio es un hombre de su tiempo, y desde la acción le surgen crónicas, canciones, testimonios. Su lenguaje varía según el timbre de la vida, pero siempre hay un viento épico rondándolo. Lo primero que impresiona es la integridad de su voz, como si no hubieran pasado los años. Lo segundo, el grupo que le acompaña, formando con él un semicírculo, con bellos arreglos de cuerdas y una percusión extendida. Los presentó como el trío Trovarroco, además de la flautista-clarinetista Niurka González Núñez, su hija Malva Rodríguez -voz y teclas-, y el percusionista Oliver Valdés; músicos jóvenes que sonaron compactos y precisos.
Lo paradójico y lo contradictorio añadían un encanto indescifrable. Silvio se mostró contenido; cantando es impuro, conciso y prolijo, simple y profundo, descarnado, sutil y directo. Conserva intactos el don de la música y la poesía, aunque en días como ayer no estuviera totalmente fino de voz, y desgranó canciones sin fecha de caducidad que permanecen en la memoria: Unicornio azul, Canción del elegido, Ojalá… pero, por encima de credos políticos, contó allí su universo poético, ese en el que caben días y noches, soles y lunas, aventuras terrestres y extraterrestres.
El concierto dejó también espacio para la actualidad: Palestina, el recuerdo de Pepe Mujica y Lucía Topolansky
Un universo tan grande que cabe en lo que da de sí el espacio iluminado por un foco de luz. El público las coreó, pero, eso sí, respetuosamente, en un tono más bajo (no como las adolescentes que gritan en los conciertos de Alejandro Sanz), y aplaude cuando no canta para no perderse una sola frase. Y es que pocos autores son capaces de escribir canciones de amor como él, dándolas "como un disparo, como un libro, una palabra, una guerrilla, como doy el amor" (lástima que se dejara fuera Te doy una canción, pese a que se la pidieron). Detrás de esa máscara de tipo corriente se esconde una sensibilidad a flor de piel.
Suena a utopía, a algo imposible. A sus 79 años, ofreció una actuación serena y cercana, sostenida por un repertorio que ha acompañado a varias generaciones y que mantiene intacta su capacidad de reunir al público alrededor de una misma emoción.
La belleza
La velada transcurrió por algunos de sus títulos esenciales: Pequeña serenata diurna (en la que canta "soy un hombre feliz", y tiene protagonismo el clarinete), Quién fuera, Escaramujo (una reflexión poética sobre la búsqueda del conocimiento y la comprensión del mundo)... Cada canción activaba un reconocimiento inmediato entre los asistentes, que respondían con especial intensidad a una obra en la que conviven la intimidad, la reflexión social, la ternura y la mirada crítica, rasgos que han convertido a Silvio en una de las voces fundamentales de la Nueva Trova y de la canción iberoamericana.
Uno de los momentos de mayor conexión llegó con La belleza, interpretada de forma conmovedora, tan solo acompañada por la magistral flauta de Niurka González, su esposa, y el piano de Malva Rodríguez. Se escuchó un grito de "¡Viva la revolución!" y un "¡Aute, te queremos!", dedicado al autor de la canción. Siguieron Virgen de occidente (nacida con vocación de clásico), Viene la cosa (donde bromea con el término que en Cuba se utiliza para referirse a la nefasta situación política sin mencionarla) y En cuál de esos planetas, antes de Más porvenir, que dedicó a dos personas extraordinarias: Pepe Mujica y su compañera, Lucía Topolansky.
Con Me acosa el carapálida apuntó al imperialismo, mientras La era está pariendo un corazón miró al genocidio palestino recitando antes de cantarla el poema Halt!, del cubano Luis Rogelio Nogueras, escrito tras su visita a Auschwitz en 1979: "Pienso en ustedes, judíos de Jerusalén y Jericó... y no acierto a comprender cómo olvidaron tan pronto el vaho del infierno". La emoción era total. A solas con su guitarra interpretó ¿A dónde van?. Si la belleza aturdía momentáneamente, el sentimiento devolvía rápidamente a la realidad.
El recital acabó con Por quien merece amor (dejando la sensación agridulce de algunas canciones ausentes) entre aplausos y lágrimas, marcado por la sensibilidad, el encanto, la sutileza y la memoria, pero sobre todo emocionó con las canciones que han hecho soñar con un mundo mejor a varias generaciones. El cantautor que hizo poesía de la lucha demostró ayer que la palabra y la música, cuando son universales, nunca envejecen. Silvio Rodríguez devolvió la esperanza.
Murcia vivía el primer atardecer de octubre a la vez que la plaza de toros de la ciudad abría sus puertas para recibir a los espectadores de Silvio Rodríguez, el "Aprendiz de Brujo". A su vez, frente a esas puertas, se daban cita decenas de personas para pedir fin al bloqueo que mantiene Estados Unidos sobre Cuba, patria del "Aprendiz". Era la previa de lo que iba a llenar el ruedo un rato después.
Seis décadas de Silvio Rodríguez 'a golpe de himno' en la plaza de toros de Murcia
Silvio recitó los poemas 'Maestros ambulantes' de José Martí, para reivindicar la importancia de la educación y la cultura; y 'Halt!' de Luis Rogelio Nogueras, para recordar el horror del holocausto
MURCIA, 2 Oct. (EUROPA PRESS) -
Es imposible quedarse con unas pocas canciones de Silvio Rodríguez (Cuba, 1946) después de 59 años sobre los escenarios y 21 discos de estudio, el último en 2024 ('Quería saber') y el siguiente, según anunció el propio cantante, en camino. El concierto de Murcia, dentro de su tour por España de 2026, es buen ejemplo de ello: porque, a pesar de cantar algunos de sus grandes himnos, el público se quedó con ganas de más.
Alexis Díaz-Pìmienta, escritor, repentista y maestro de décimas, fue el encargado de abrir la noche junto a su hijo Alex, mientras el coso de La Condomina se iba llenando a la espera de que el reloj diera las 20.30 horas. Unos minutos después aparecía entre aplausos el cantante cubano junto a un elenco de músicos entre los que se encontraba su mujer Niurka (flauta y clarinete) y su hija Malva (coros, teclados). También Jorge Aragón (piano), Rachid López (guitarra), Maykel Elizarde (tres), Jorge Reyes (contrabajo), Emilio Vega (vibráfono) y Oliver Valdés (batería/percusión).
La emoción estaba muy contenida en esas primeras canciones (Viene la cosa, Sueño con serpientes, Nuestro después, En mi calle, Me acosa el Carapálida, Más porvenir o ¿A dónde van?) pero con 'La belleza', canción de Luis Eduardo Aute, se encaró una parte central llena de himnos, de reivindicaciones y de poesía. Temas como Eva, Quien fuera, Escaramujo, Pequeña serenata diurna o Canción del Elegido pusieron al público en pié en varias ocasiones.
Silvio recitó dos poemas durante su concierto. El primero 'Maestros ambulantes' del escritor José Martí, para reivindicar la importancia de la educación y la cultura para poder ser libres; y el otro de Luis Rogelio Nogueras (1944-1985), poeta cubano que falleció con apenas 40 años. El cantante leyó 'Halt!', escrito por Nogueras tras visitar el campo de concentración de Auschwitz, con su pañuelo palestino, en el que fue uno de los momentos más emocionantes de la noche, ya que el poema dio paso a otra de sus icónicas canciones 'La era está pariendo un corazón'.
Tras los versos del poema de Nogueras, con ese final "no acierto a comprender/ cómo olvidaron tan pronto/ el vaho del infierno", el cantante cubano encaró esta última parte del concierto con una selección que bien podría ser una llamada a la esperanza: 'El necio' dio paso a 'Venga la esperanza', 'Ojalá' o 'Unicornio Azul'. Y cuando parecía que el concierto había terminado, Silvio volvió a aparecer para despedirse de Murcia con 'Te molesta mi amor'.



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