viernes, febrero 06, 2026

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Presentación del libro "Silvio Rodríguez, Diario de un trovador. Cartagena, Colombia


Página de Facebook de la tropa cosmica colombiana 

La música de Silvio Rodríguez en la cámara de Daniel Mordzinski: “Los cancioneros de este gran trovador son poemarios”

El fotógrafo argentino presenta en el Hay Festival de Cartagena su nuevo libro sobre el cantautor cubano, con 149 fotos inéditas del artista de gira por América Latina

En septiembre del año pasado, en medio de una de las peores crisis que ha vivido Cuba, su famoso cantautor Silvio Rodríguez (San Antonio los Baños, 79 años) ofreció un concierto para su pueblo que, según escribió en su diario, “superó por mucho lo esperado”. Reconoció que su pueblo tiene una “necesidad de cohesión”, de encontrar “un punto de reencuento. Varias generaciones unidas por la necesidad, parecieron identificarse”. Rodríguez, famoso por cantarle a las revoluciones de izquierda del siglo XX, encontró en las escalinatas de La Habana esa noche al menos a tres generaciones. Y con eso, “el jueves partimos” termina su nota, antes de arrancar una gira por América Latina. Daniel Mordzinski, conocido por muchos como el fotógrafo de los escritores y artistas icónicos del continente, lo ha acompañado a sus giras y presenta en el Hay Festival de Cartagena un nuevo libro con 143 fotografías inéditas sobre lo que representa el cubano para Hispanoamérica: Silvio Rodríguez: diario de un trovador.

“Que te haga un libro de fotografía un fotógrafo como Daniel, sería bobo decir que no”, dice Rodríguez por Zoom, ante un auditorio que lo escucha y donde están el fotógrafo y el actor y director de cine cubano Jorge Perugorría. Admite que no disfruta mucho estar frente a las cámaras, y que ningún otro fotógrafo profesional había entrado a fotografiar a su familia, sus perros, su casa. “No entró ninguno antes porque me estabas esperando a mí”, le respondió el argentino cuando viajó a La Habana hace nueve años, y pidió arrancar por el lugar más íntimo del trovador.

En un texto que envía a EL PAÍS, el fotógrafo explica su misión. “He querido hacer un recorrido visual, emocional y obligatoriamente sentimental por la vida de uno de los cantautores más importante de la lengua española”, escribe. Es una obra “que revela al trovador en su dimensión más humana y comprometida”, añade el fotógrafo. “Un libro para todos los amantes de la música, la fotografía y la palabra. Un talismán para quienes saben que la poesía, el amor y las utopías son armas cargadas de futuro”.

En el libro están también las giras internacionales y en Cuba, los encuentros de Silvio con los músicos Luis Eduardo Aute, Vicente Feliú, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina. “Aute fue un defensor de Cuba a capa y espada”, dice el cubano, recordando a su amigo español fallecido en 2020. La conversación en Zoom se enfoca en los músicos y escritores que tocaron el corazón del cantautor, desde Mario Benedetti a Gabriel García Márquez. “No estuvimos muy cerca, pero nos vimos cuantas veces y teníamos una comunicación muy fácil”, cuenta el cubano sobre el escritor del realismo mágico. Una de esas veces fue en un avión en México, en medio de una tormenta, en la que tomaron alcohol para pasar el miedo en medio de una tormenta, contó Rodríguez.

Las letras de Silvio- a secas, como se le conoce-, son en parte las letras de la historia latinoamericana, insiste Mordzinski en su libro. “Esto no está muerto, no me lo mataron, ni con la distancia, ni con el vil soldado”, cantó por ejemplo en Santiago de Chile, donde fue fotografiado por Mordzinski, en 2018, frente al Palacio de la Moneda. El lugar donde murió el presidente Salvador Allende en 1973 en un violento golpe de Estado.

Muchas de las fotos del cantautor se entremezclan en el libro con las letras de sus canciones y cortos textos de su diario.

Poco después Rodríguez viaja a Argentina, y escribe que le hace ilusión llegar a Córdoba, “una de las cunas del Che.” Por eso mismo prepara entonar en su honor a su vida Tonada del Albedrío ―“Dijo Guevara el humano, que ningún intelectual, debe ser asalariado, del pensamiento oficial”― y El Necio en honor a su muerte―“Yo no sé lo que es el destino, caminando fui lo que fui, Allá Dios, que será divino, Yo me muero como vivi”―.

Las nuevas revoluciones del siglo XXI persiguen a Rodríguez en las fotos. En un momento Mordzinski mira al público en Buenos Aires y encuentra allí mujeres jóvenes levantando los pañuelos verdes que han representado al rebelde movimiento feminista que ha peleado el derecho al aborto. Rodríguez agarra su diario tras el concierto: “Lo revolucionario se caracteriza por halar hacia delante. La Revolución fue revolucionaria porque empujó al pueblo hacia delante. A lo mejor en este siglo lo revolucionario le corresponda al pueblo”.

Mordzinski, argentino como aquellas feministas, conoció de Silvio Rodríguez en Paris hace décadas, tras mudarse a la capital de Francia a sus 18 años, durante la dictadura argentina. El día de su cumpleaños en 1980, celebrando con el arquitecto dominicado Eric Genao, “recibí el regalo de un casete con las canciones del último disco de su músico favorito”. Ahí estaban los clásicos como Ojalá y Al final de este viaje. Mordzinski lo cantaba entonces a todo pulmón, al punto que sus vecinos le pedían bajar la voz. “En esos tiempos de carencias y de sueños, los temas de Silvio fueron bálsamo y me aportaron un ancla de afecto, poesía y amor”. En estos nuevos tiempos de carencias, la música de Silvio Rodríguez, para muchos, sigue siendo el mismo bálsamo.

Silvio Rodríguez: diario de un trovador


Un libro de Daniel Mordzinski presente en el Hay Festival Cartagena 2026.


Por:

Datéate
31 enero, 2026
3 min.
Silvio Rodríguez: Diario de un trovador es un recorrido fotográfico, narrativo y emocional por la década reciente de uno de los cantautores más importantes de la lengua española. Daniel Mordzinski el llamado “fotógrafo de los escritores” retrata a Silvio Rodríguez en los paisajes esenciales que han marcado su obra: sus giras internacionales, sus recitales en Cuba, sus encuentros con otros creadores y su vida en familia.

Desde San Antonio de los Baños, el pueblo que lo vio nacer, hasta los grandes escenarios del mundo, las fotografías de Daniel entran en diálogo con los textos de Silvio, algunos tomados de su diario personal, creando un fértil diálogo artístico. Un libro imprescindible para todos los amantes de la música, la fotografía y la palabra. Un talismán para quienes saben que la poesía, el amor y las utopías son armas cargadas de futuro.



Silvio Rodríguez presentará ‘Silvio Rodríguez, diario de un trovador’. Foto: AFPF
“Mi interés por la fotografía es de lo más común: cuando yo era niño, muy poca gente poseía una cámara. La primera vez que vi una fue en el estudio del fotógrafo de San Antonio de los Baños, Carlos Núñez, que con el tiempo se convertiría en un relevante fotorreportero. Después, en la adolescencia, tuve la suerte de trabajar en diferentes publicaciones y de conocer a excelentes fotógrafos. En el semanario Mella fui compañero de Ernesto Fernández y de Peroga; en la revista Venceremos de Andrés Vallín y de Ovidio Camejo; en Verde Olivo de Perfecto Romero, de Sergio Canales, de Eutimio Guerra, de Juan Luís Aguilera.

Fui vecino de Mario García Joya (Mayito) y de María Eugenia Haya (Marucha) durante 18 años. Y, hasta que falleció, fui amigo de Alberto Korda. La verdad es que he tenido la suerte de conocer a fotógrafos muy buenos. De cada uno y de todos fui aprendiendo a querer y a interesarme por la fotografía y, por supuesto, por las cámaras Lo anterior, dicho en una entrevista de 2019, explica, un poco el porqué de estas palabras como introducción a un libro de fotografías de Daniel Mordzinski (a pesar de que el objeto de las mismas sea yo). Lo cierto es que Daniel es un fotógrafo con una imaginación poco común, lo que ha quedado explícito en su extraordinario catálogo con autores literarios de la talla de Cortázar, Borges, García Márquez, Vargas Llosa, Luis Sepúlveda y de cubanos como Fina García Marruz, Cintio Vitier, Roberto Fernández Retamar, Eduardo Heras León, Senel Paz y otros.



Daniel, aplicado e intenso, hizo fotos de giras y de encuentros en diversos lugares del mundo y un día nos sorprendió con esta idea generosa. Consciente de que era un privilegio, puse debajo de sus fotos detalles de mi diario e inventé otros, porque las imágenes pueden convertirse en ficción según la distancia y el tiempo.

Recuerdo que un día íbamos Niurka y yo por la Plaza de la Bastilla (París), buscando una heladería, y me pareció ver a Daniel a lo lejos, cruzando una calle. Grité su nombre y… ¡era él! Unos minutos después, en un zaguán que queda al lado de la heladería, le hice una foto que, según he visto, ha usado para identificarse. Eso sólo lo hace un buen amigo, siendo el fotógrafo extraordinario que es Daniel. Deduzco, por lo tanto, que este libro viene a ser como la canción que le tocaría hacerme, después de aquella foto. Es obvio que salí ganando. Gracias, Daniel”

| Nota del editor *
Si usted tiene algo para decir sobre esta publicación, escriba un correo a: jorge.perez@uniminuto.edu

Destacan Silvio Rodríguez, Kidd Voodoo y Chayanne: Los conciertos más exitosos de Movistar Arena en 2025


El recinto acumuló 1.7 millones de asistentes. Uno de los eventos en Movistar Arena logró reunir más de 180.000 fanáticos.

Por Paz Henríquez

30 Ene, 2026. 13:24 hrs


Movistar Arena


Con el paso de los años, Movistar Arena ha logrado consolidarse como uno de los recintos de espectáculos más importantes de Chile.


Solo en 2025, el espacio de Parque O'Higgins logró reunir a más de 1.7 millones de asistentes. Todo esto, en un total de 180 eventos.


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Cabe destacar que no solo tuvimos conciertos en Movistar Arena, sino que también, eventos que mezclaron lo teatral y deportes.


Los conciertos más exitosos en Movistar Arena


De acuerdo a lo consignado por The Clinic, el artista que logró reunir a una mayor cantidad de fanáticos en el espacio es chileno. Por supuesto, se trata de Kidd Voodoo, intérprete que agotó 12 fechas en Movistar Arena.


A continuación, te dejamos un listado con los eventos que reunieron a más personas en el recinto:


10. Beéle: Con dos fechas en el recinto, reunió 29.884 asistentes


9. Rauw Alejandro: Con tres fechas en el recinto, junto 39.878 fanáticos


8. Incubus: Con tres noches en el recinto, reunió 41.000 asistentes


7. Monster JAM: Con cinco funciones en el recinto, reunió 45.000 asistentes


6. Disney On Ice: Con nueve funciones en el recinto, junto más de 45.000 asistentes


5. Silvio Rodríguez: Con cuatro fechas en el recinto, junto 51.430 fanáticos


4. El Mundo de Fede Vigevani: Con cinco funciones en el recinto, reunió más de 58.000 asistentes


3. Simply Red: Con cinco fechas en el recinto, reunió más de 70.000 asistentes


2. Chayanne: Con ocho fechas en el recinto, reunió más de 98.000 asistentes


1. Kidd Voodoo: Con doce fechas en el recinto, junto más 180.000 fanáticos

miércoles, enero 28, 2026

Lanzamiento digital del documental Silvio Rodriguez-mi primera tarea

 



Silvio Rodríguez, fotógrafo

Sospecho que, a lo largo de su vida, una cámara lo ha acompañado incluso más tiempo que una guitarra. Kaloian Santos enero 24, 2026.
Silvio Rodríguez. Foto: Kaloian.


El Festival de Trovadores “Longina”, celebrado en Santa Clara, dedicó hace apenas un par de semanas su edición número 30 Silvio Rodríguez El homenaje se desplegó en varios planos: un conversatorio con el trovador, un capítulo especial —con formato de concierto— del programa televisivo. 

Entre manos donde compartió escenario y canciones con compañeros de oficio de distintas generaciones, y la inauguración de Retratos, una exposición fotográfica que revela una faceta menos difundida pero constante de su trayectoria: la de Silvio fotógrafo. Escuché por ahí que la fotografía, para Silvio, era su violon d’Ingres, esa expresión francesa que alude a una afición secundaria practicada con devoción, más allá de la actividad principal de una persona. Comprendo el razonamiento: su oficio y su reconocimiento público están asociados, de manera indiscutible, a la creación de canciones —las canciones—. Sin embargo, discrepo. No creo que la práctica fotográfica sea secundaria en Silvio. Más bien al contrario: sospecho que, a lo largo de su vida, una cámara lo ha acompañado incluso más tiempo que una guitarra.

Quien se lo haya cruzado alguna vez puede dar fe de ello. En un concierto, en una reunión entre amigos, como espectador en cualquier actividad cultural, caminando por su querido San Antonio de los Baños o manejando por La Habana en la rutina diaria —y dando botella, como sé que suele hacer—, la cámara está ahí. Siempre. Como una extensión natural de la mirada.

Pienso también en la enorme cantidad de imágenes únicas que Silvio ha creado con versos, y en la cámara como otra herramienta posible para dibujar con luz, para hacer emerger otras formas de lo visible. En ese cruce entre palabra e imagen hay un territorio común: la mirada. No es casual que esto me lleva a pensar en el mexicano Juan Rulfo un escritor inmenso y, a la vez, un fotógrafo excepcional. Basta recorrer sus fotografías para sentir que se camina dentro de  

Pedro Páramo: los pueblos detenidos en el tiempo, los silencios densos, los trenes inmóviles, el polvo, sobras y luces, blanco y negro, los rostros atravesados por una historia que no siempre necesita palabras. En Rulfo, como en Silvio, la imagen no ilustra la obra literaria ni la canción: dialoga con ellas desde un mismo núcleo sensible.
Foto: Silvio Rodríguez.

En ambos casos, lo que cambia no es la intención, sino la herramienta. A veces es el verso el que condensa una escena y la vuelve inolvidable; otras, es el encuadre el que fija una emoción que no admite explicación. La cámara y la palabra funcionan como extensiones de una misma necesidad expresiva: capturar aquello que conmueve, que interpela, que deja una marca. Por eso la fotografía en Silvio no puede leerse como un gesto accesorio ni como un simple registro de lo que lo rodea. Es, más bien, otra forma de pensar el mundo, de ordenarlo, de interrogarlo.

En esencia, se trata de lo mismo: disponer de un instrumento que permita materializar aquello que emana de la sensibilidad. No importa tanto si la imagen nace de una guitarra, de una libreta o de una cámara fotográfica. Lo decisivo es la mirada que las articula, esa forma singular de recortar la realidad y dotarla de sentido. Al final, lo que permanece no es el medio, sino la imagen lograda: esa que, como una buena canción o una gran fotografía, se queda en la memoria y sigue hablando mucho después de haber sido creada.

“¿Tú sabes por qué empecé con esto de la fotografía?”, me soltó hace poco Silvio y lo que vino después me dejó cavilando. “Fue más o menos a los 17 años, desde que supe que existían los OVNIs. Llevo desde entonces una cámara por si algún día se me cruza uno, que no se me escape”, dijo y sonrió. Entre las manos llevaba su cámara en ese instante. 

Y mientras ese objeto volador no identificado aparece, el hijo de Argelia y Dagoberto va fotografiando lo que encuentra a su paso: lugares, personas, situaciones. No se limita al acto de documentar; va más allá. Como todo fotógrafo, mira más de lo que ve. En ese encuadre, en ese recorte de la realidad, imprime una sensibilidad muy particular.

Pablo Armando Fernández. Foto: Silvio Rodríguez.

Con Retratos, la exposición que podrá visitarse durante enero y febrero en la galería de la Biblioteca Provincial José Martí, en Villa Clara, me ocurrió algo que solo sucede con las fotos que no pasan desapercibidas: me quedé detenido frente a ellas. Una imagen te atrapa, te retiene un tiempo, te obliga a leerla, a apropiarse, incluso a pensar —con una mezcla de admiración, deseo y hasta envidia ¿sana, ja?—: “Hubiese querido hacer yo esa foto”. Y luego la recuerdas. En medio del aluvión de imágenes que consumimos a diario, especialmente en esta época de sobreexposición visual, puede que con el tiempo olvides al autor, pero la fotografía permanece.

Cartel de la muestra “Retratos”.

Mi primer encuentro con algunas de las imágenes de esta muestra fue casual, hace unos años, vagando por Internet. Me aparecieron en Flickr, esa plataforma global de alojamiento de imágenes y videos lanzada en 2004, hoy casi en desuso.

Allí Silvio había abierto un perfil y subido algunas de sus fotos sin avisar a nadie. La que más me impactó entonces —y aún hoy— es el retrato de Alberto Tosca y Xiomara Laugart, cuando la pareja, uno de los dúos más potentes de la música cubana, comenzaba su camino en los años ochenta del siglo pasado.

La fotografía, en blanco y negro, tomada con película de 35 mm, de manera espontánea y sin que sus protagonistas se percataran, no los muestra cantando. Y, sin embargo, da cuenta de la lozanía, la belleza y el impacto de esa dupla, tanto en lo musical como en la vida.

Alberto Tosca y Xiomara Laugart. Foto: Silvio Rodríguez.

Al recorrer el resto de los retratos de la muestra, comprendí que lo que me había ocurrido con la imagen de Tosca y Xiomara no era una casualidad ni una chiripa del fotógrafo. Hay una constante: la capacidad de develar la esencia del retratado.

Ahí está de perfil la inmensa Marta Valdés, también en blanco y negro, con ese gesto tan suyo; la mirada ingenua y tierna de la niña Haydée Milanés, resuelta en un claroscuro técnicamente preciso y conceptualmente luminoso; las imágenes de artistas en barrios, en esa gira interminable y profundamente humana.

Marta Valdés. Foto: Silvio Rodríguez.
Haydee Milanés. Foto: Silvio Rodríguez.

De esa etapa de los barrios está Frank Fernández, el gran pianista concertista y popular, en un gesto de confluencia feroz con el piano, mientras en las azoteas el público escucha atónito. En esos mismos techos donde hoy suena reguetón, emergen Mozart y Lecuona interpretados por uno de los pianistas más importantes del mundo. O la intimidad de un camerino improvisado en el aula de una escuelita en La Timba, cuando Silvio se escabulle sigiloso para fotografiar, minutos antes de salir a escena, a la chelista Amparo del Riego, al guitarrista argentino Víctor Pellegrini y a la flautista Niurka González: el trío ensimismado, las partituras en atriles improvisados, un chorro de luz que organiza la escena.

Frank Fernández. Foto: Silvio Rodríguez.
La chelista Amparo del Riego, al guitarrista argentino Víctor Pellegrini y la flautista Niurka González. Foto: Silvio Rodríguez.

Hay que detenerse también en el legado de los retratos de figuras insignes de la música cubana: César Portillo de la Luz, Ñico Saquito, Leo Brower, Pablo Milanés, Omara Portuondo, Compay Segundo, Ñico Rojas, Miguelito Cuní en plena farra, entre otros. En esas imágenes no hay solemnidad impostada ni rigidez de bronce: hay cercanía, complicidad, admiración y una confianza que solo se da entre pares que comparten un mismo oficio.

Pablo Milanés. Foto: Silvio Rodríguez.

Aparecen también los retratos posados de hermanos de camino como Vicente Feliù y Noel Nicola junto a sus compañeras de vida, Aurora y Liudmila, respectivamente, donde la fotografía funciona casi como un gesto de familia extendida, de pertenencia afectiva más que de registro histórico. 

Noel Nicola y Liudmila Alexeevna Kondakova. Foto: Silvio Rodríguez.

En otro tono, el humor irrumpe sin pedir permiso: Amaury Pérez agarrando al toro —no precisamente por los cuernos— revela esa otra dimensión del retrato, donde la ironía y el juego también forman parte de la identidad del fotografiado y del fotógrafo.

Amaury Pérez. Foto: Silvio Rodríguez.

Hay imágenes que me encantan de manera especial por el decorado, como la del trovador Lázaro García. El gesto risueño de su rostro, captado en un contexto doméstico y profundamente cubano —una tendedera en el portal de una casa, un perrito convertido en aliado silencioso de la escena— condensa una poética de lo cotidiano. Nada sobra, nada se subraya: la fotografía canta sin levantar la voz, como si la escena hubiese estado esperando, desde siempre, ser mirada así.

El trovador Lázaro García. Foto: Silvio Rodríguez.

Y luego está ese encuentro improbable y profundamente simbólico entre Gabriel García Márquez y Alejandro Robaina, el legendario cosechero de tabaco de Vuelta Abajo. Rodeados por las hojas gigantes de un sembrado, la imagen trasciende el retrato individual para convertirse en una metáfora visual: la literatura y la tierra, la palabra y el origen, el Nobel y el guajiro sabio, puestos en un mismo plano de dignidad. Ahí, una vez más, la cámara no solo registra; interpreta, enlaza mundos y propone sentidos.

Gabriel Garcia Márquez y Alejandro Robaina. Foto: Silvio Rodríguez.

La curaduría de esta expo de Silvio estuvo a cargo del fotógrafo Andrés Castellanos, quien debió escoger, entre medio centenar de imágenes, las 30 instantáneas finales. No fue una tarea menor. Castellanos perfiló su lectura desde “la contundencia de los afectos, del poder de una mirada cuando es sincera, de poner ojo, corazón y cerebro en sintonía mientras se mira por el visor. Retratar a otro ser humano es un acto de amor, y ya sabemos que el amor siempre es transformador”, afirmó durante la inauguración.

Olimpia Calderón. Foto: Silvio Rodríguez.

Para conocer un poco más al Silvio fotógrafo, cierro con un fragmento de una entrevista que le envié hace algunos años, en un intercambio de fotógrafo a fotógrafo.

¿Cómo llega Silvio Rodríguez al mundo de la fotografía?

Mi interés por la fotografía es de lo más común: cuando yo era niño muy poca gente poseía una cámara fotográfica. La primera vez que vi una fue en el estudio del fotógrafo de San Antonio, Carlos Núñez, que con los años se convertiría en un relevante fotorreportero. En la adolescencia tuve la suerte de trabajar en diferentes publicaciones y de conocer a muchos fotógrafos. En el semanario Mella fui compañero de Ernesto Fernández y de Peroga; en la revista Venceremos de Andrés Vallín y de Ovidio Camejo; en Verde Olivo de Perfecto Romero, de Sergio Canales, de Eutimio Guerra, de Juan Luis Aguilera. Fui vecino de Mario García Joya y de Marucha durante 18 años. Y durante mucho tiempo fui amigo de Alberto Korda. La verdad es que he tenido la suerte de conocer a muy buenos fotógrafos. De cada uno y de todos fui aprendiendo a querer y a interesarme por la fotografía y, por supuesto, por las cámaras.

César Portillo de la Luz. Foto: Silvio Rodríguez.

En fotografía ¿cuáles son sus instantes precisos, dignos de quedar atrapados en una foto?

Dicen que sobre cualquier cosa se puede escribir, que el problema es dar con el modo. En la fotografía dar con el modo pudiera ser cuando concurre alguno —o varios— de los valores que hacen que una foto sea buena. Hay momentos en los que hay que esperar a que se dé una situación precisa, ciertas condiciones de luz, lo que te obliga a hacer muchos disparos para dar con lo que buscas. Otras veces basta estar ahí con cualquier aparato que pueda registrar lo que pasa.

Miguelito Cuní. Foto: Silvio Rodríguez.

¿Qué puntos de contacto existen entre las canciones y la fotografía?

En la canción puede haber una analogía cuando hablas de la cotidianidad o de una situación extrema, como la guerra o un gran evento humano. En cualquier expresión artística lo excepcional tiene su garra. Pero aunque de todo se pueda hacer una foto, o una canción, el problema siempre va a ser que valga la pena mostrarla.

Ñico Saquito. Foto: Silvio Rodríguez.

¿Cómo logra usted, una persona pública, pasar inadvertido para lograr una foto?

Hay muchos lugares y situaciones en los que un trovador pasa inadvertido, sobre todo cuando anda sin guitarra. Y como hoy en día no es raro que muchos anden con cámaras, mejor que mejor. De todas formas, cuando te conviertas en un fotógrafo demasiado famoso, te recomiendo el zoom.

Silvio Rodríguez. Foto: Kaloian.

Durante la travesía en el barco Playa Girón vivió momentos impresionantes. Fue testigo de un desfile de cachalotes, escena quizá para dejar en fotografía y no en canciones. ¿Qué lo hizo llevar además de la guitarra, una grabadora y libros, una cámara fotográfica?

Desde que era un adolescente andaba con cámaras, generalmente prestadas. Al viaje en barco me llevé una Kiev, que era la imitación soviética de la Leica clásica; una cámara con muy buen mecanismo, todavía de telémetro acoplado. Los cartuchos me los rellenaron los amigos fotógrafos del ICAIC con película virgen de 400 ASA. Llevé alrededor de 20 rollos. Un par de ellos me los revelaron en Mar y Pesca, porque a mi regreso me hicieron una entrevista y me pidieron fotos para ilustrarla. El resto de los rollos se los di a un amigo fotógrafo que tiempo después murió y nunca supe en qué paró el revelado. Lo de los cientos de cachalotes fue cierto. Estuvimos al pairo todo un día, a mitad del Atlántico, esperando a que terminara la caravana. Aquel día tiré tres o cuatro rollos, pero nunca vi las fotos.